Archivo para agosto, 2011

Las veletas del siglo XXI

Pueblan nuestros tejados y tienen forma de flecha, pero no son veletas. Al hombre ya no le importa saber ni la intensidad ni la dirección del viento. Ya no hay Don Quijotes de madera ni siluetas de ciervos moviéndose al compás del aire. Ahora hay antenas. Antenas de televisión. Miremos por donde miremos, se adivina su inconfundible esqueleto ramificado en varas metálicas. Más altas, más potentes, más eficientes. Digitales y en alta definición. Y todo para ver ¿qué? ¿Informativos manipulados y famosos de plástico vacíos por dentro? ¿Insultos, discusiones y los peores seres humanos idolatrados para deleite de nuestra juventud? Nada ha cambiado: creo que fue hace ya veinte años cuando escuché por primera vez aquella expresión de mi profesora de primaria: “caja tonta”. La calificación más manida jamás empleada. Pero, sinceramente, desde aquella primera vez que mi profesora llamó así a la televisión, nunca la he compartido: incluso la televisión de entonces (aunque fuera tan prehistórica que no tuviera teletexto, TDT, HD y sólo escupiera cuatro canales) era maravillosa. Y lo sigue siendo. Igual que Internet. Igual que la radio. El problema, como siempre, es el uso que le demos. Pero lo más triste de todo es que grandes historias ignoradas y las infinitas posibilidades de un gran invento se pierdan ante audiencias millonarias empeñadas en ver las bazofias de siempre. Quizá haya que desterrar de una vez lo de la “caja tonta” y empezar a acuñar, de una vez por todas, otra más ajustada a la realidad: “audiencia tonta.”

Hasta septiembre.


Islas Cíes

“Vivimos en una montaña, justo en el borde. Hay una preciosa vista desde lo alto. Cada mañana me levanto para tirar pequeñas cosas y ver cómo se estrellan. Y vuelvo a casa antes de que despiertes, Así me siento más feliz, por estar a salvo y a tu lado. Temprano empiezo el día de la misma manera. Imagino cómo sonaría mi cuerpo al caer, y pienso si mis ojos estarían cerrados o abiertos. Y así me siento más feliz, por estar a salvo y a tu lado.”

Björk. La voz más increíble.


Un mes, una canción: agosto (Amaral)

<<Dices que tengo la cabeza como un saco de centellas, pero te gustan mis pies mojados.
Botas de terciopelo, nubes de caramelo, cubren el sol de agosto, botas de terciopelo.
Y mientras estas palabras acababa de escribirte, cayó la última lluvia del verano.
Y así quedó comprobado lo que trato de decirte: tengo el poder de atraer los rayos.
Te espero con los brazos abiertos para decir “te quiero”.
Lo que creció en agosto se marchará en invierno.>>


Construye tu ciudad

Joel no quería pasar cinco años de su vida en ese pueblo de mala muerte. Maldecía cada día por gastarlo en aquellas callejuelas aburridas, solitarias y perdidas de la mano de dios. Y ponía de manifiesto su descontento tanto como podía. Siempre. Con todos. Un día tras otro, y otro, y otro. 
Una fría tarde de invierno, cuando Joel por fin se marchó de aquella triste villa, no pudo evitar que una lágrima resbalara por su mejilla. Pero no era nostalgia, ni empatía por los amigos que dejaba atrás, sino arrepentimiento por no haber contribuido ni siquiera mínimamente a la historia cotidiana del lugar que le había acogido durante aquel período de su vida. Tardó demasiado en comprender que las ciudades no las hacen las calles, sino sus habitantes. Porque lo realmente importante no es el tiempo que se pasa en un lugar, sino lo que se hace en él durante ese tiempo. Y si algo es aburrido, triste o monótono, antes deberíamos preguntarnos si lo somos nosotros mismos y si hemos hecho algo para cambiarlo.


El fin del mundo

Contigo, hasta Finisterre.


Puntos de vista


Canciones perdidas

De repente suena una canción. Una canción perdida hace mucho tiempo. Una canción que creía haber olvidado. Pero seguía ahí, en mi subconsciente. Y ha vuelvo. Y resuena en mi cabeza despertando miles de sensaciones que también creía perdidas. Pero vuelvo a sentirlas. Vuelvo a ser un niño. Y el niño vuelve a correr, a saltar, a jugar. Vuelve el aroma del café recién hecho del abuelo, por la mañana, en vacaciones, subiendo por las escaleras. Vuelve el piar de pájaros a los que nunca más volví a prestar atención. Vuelve a colarse el anaranjado saludo de un nuevo día. Y abro las ventanas de la imaginación, que no es imaginación, sino recuerdo. Y ahí estoy: libre, otra vez. Despreocupado, de nuevo. Sin prejuicios, como siempre.
Hoy descubro una canción que creía perdida. Como mi infancia. Y cierro los ojos. Escucho notas arpegiadas y compases pegadizos. Con ellos, también escucho la voz que una vez tuve, los sueños que una vez soñé, las metas que una vez fijé, las promesas que una vez me hice, los ideales que una vez sentí… Pero son sólo cuatro minutos. Vuelve el silencio. Y, con él, todo se vuelve negro.

Porque el problema no es olvidar quién eres. Sino no querer saberlo.