Calle Peseta

Miraba extraño a mi abuelo cuando, ya anocheciendo alguna tarde de verano, nos explicaba qué era una “perra chica” y una “perra gorda”, y me preguntaba cómo podía entender precios entre comas y decimales. Hoy los chavales preguntan el significado de esta calle perdida en algún pueblo blanco, y nos miran confundidos cuando decimos que comprábamos chicles “a duro”, que nuestra paga no solía ir más allá de mil “pelas”, y se ríen cuando, al enfadarnos, les decimos: “¡Que os den dos duros!”
Supongo que uno se hace mayor cuando se pierden nombres comunes y pasan a ser nombres extraños. Pero mientras queden historias por contar, ¿qué más da la edad de nuestro monedero?

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