La Mezquita de Córdoba

Una mezquita que no mira a la Meca. Una mezquita donde está prohibido el culto musulmán. Una mezquita que llaman “catedral.” Pero una mezquita única en el mundo. Córdoba guarda en el corazón de su ciudad una joya arquitectónica que diferentes religiones y culturas se  han ido pasando hasta llegar a nuestros días con prácticamente toda su belleza. Un colorido bosque de arcos que se despliega ante nosotros para darnos la bienvenida, independientemente de nuestro credo. ¿Qué mejor lugar para darnos la mano?

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Vista desde fuera, la mezquita de Córdoba parece una inmensa caja fuerte que guarda un gran tesoro. Sólo si nos alejamos oteamos la catedral desde fuera, construida años más tarde tras la reconquista cristiana, pues asoma desde el centro como queriendo imponerse y alzarse más alto, mimetizándose con la primigenia mezquita. Los arcos adornan las diversas fachadas, con especial importancia de sus puertas, como la del Perdón y la de Las Palmas. En el muro Este, sorprende el colorido de algunos adornos eminentemente árabes, y diversas puertas en desuso. Es sólo un aperitivo de lo que encontraremos dentro.

En el año 785 dieron inicio las primeras obras de la mezquita, levantada sobre los restos de la antigua Iglesia de San Vicente, de la que en la actualidad sólo quedan algunos cimientos y mosaicos en el subsuelo, conservados por el actual credo para demostrar el primer uso cristiano del lugar. Abd Ar-Rahman I (Abderramán I), ante la creciente población cordobesa, quiso levantar un lugar apropiado para el culto musulmán, y proyecta diez naves sustentadas por ciento treinta columnas de doble arcada, abiertas sobre un patio rectangular de setenta y cuatro metros de longitud (el Patio de los Naranjos). Las columnas, en su mayorías recicladas de construcciones romanas anteriores, soportan a su vez otro pilar superior, novedad arquitectónica en la época. Cada columna está unida a su contigua por dos arcos: uno inferior para evitar desplazamientos horizontales, y otra superior para aguantar la techumbre. El doble material empleado (piedra y ladrillo) confiere a todo el conjunto un vistoso colorido.
Es un hecho bastante desconocido por el público y muy curioso, pero aún se desconoce con total certeza por qué el primer arquitecto no orientó la mezquita a la Meca (tiene una desviación de 51º). Algunos opinan que es debido a que realmente mira a la mezquita de Damasco, origen de Abd Ar-Rahman. Pero la mayoría cree que se debe a la imposibilidad de una total orientación por el cercano río Guadalquivir. Recientemente, excavaciones arqueológicas han descubierto que la mezquita sigue el trazado originario de la ciudad, por lo que pudo adaptarse a éste, sacrificando su orientación hacia la Meca. Pero como algunas sorpresas de la Historia, quizá nunca sepamos la verdad.

El hijo de Abderramán I, Hiyam I, concluyó las obras levantando el en el año 788 el alminar original, actualmente desaparecido. Abderramán II amplía la sala de oraciones en el año 833 hacia el Guadalquivir con siete nuevas salas y la portificación del Patio de los Naranjos, sumando ochenta columnas más al “bosque” de piedra. Ello le obliga a construir un nuevo mihrab. Abderramán III derriba el alminar original y levanta una segunda torre en el mismo lugar. La sala de oraciones sufre otra ampliación añandiéndose ciento veinte columnas más, de nuevo en dirección al Guadalquivir. Almanzor lleva a cabo la última ampliación, y también la más extensa, pero se realiza hacia oriente, pues la proximidad del Guadalquivir impide seguir construyendo. Esta vez sólo utiliza un material en los arcos de la sala de oraciones, por lo que los pinta de rojo para seguir el diseño original.
En 1523, el bobispo Alonso Manrique ordena levantar la Catedral cristiana justo en el centro de la sala de oración. Con la transformación de la mezquita a catedral se dañó notablemente uno de los edificios más emblemáticos del mundo. No faltó la polémica en su día, a lo largo del siglo XVI, que precisó de la intervención de Carlos V, quien autorizó finalmente la construcción cristiana basándose en diseños góticos y renancentistas. Al poco tiempo de visitar el lugar con las obras acabadas, se dice, se lamentó profundamente hasta el punto de asegurar: “Habéis destruido lo que era único en el mundo para levantar lo que se puede ver en todas partes.” Sea como fuere, hoy podemos disfrutar de una espectacular mezcla de arquitectura, culturas y credos en un único edificio, poniendo de manifiesto la rica cultura histórica y artística de nuestro país.

El juego de luces y sombras sorprende al visitante. El silencio respetuoso lo inunda todo, ante caras de asombro y profunda admiración. La diferencia de temperatura respecto al exterior es extrema: calor, fuera; frío, dentro. El sol juega a colarse por los escasos recovecos que encuentra para llegar adentro. El misterio de la oscuridad siempre ha planeado por entre las columnas. La intervención cristiana añadió luz por ventanas y vidrieras en su parte central, más tarde tapiadas y recientemente recuperadas en una costosa rehabilitación.

 

A la mezquita sólo le falta un folleto completamente riguroso para los turistas, en vez del panfleto católico que se entrega a la entrada, con información sesgada, subjetiva y totalmente parcial. Uno comprende que está ante un templo católico, pero por muchos cimientos originarios cristianos, este podría ser un buen ejemplo de convivencia e historia, y por el notable precio de la entrada bien podrían informar de forma más exquisita a los visitantes sobre un conjunto Patrimonio de la Humanidad, en vez de barrer para casa y contar una película de “buenos” y “malos”. Eso sí que sería grandioso, y no la custodia de doscientos kilogramos que guardan en el interior.

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