El rey de las extremidades

Tarde de domingo. Sol y silencio. Mi cámara y yo solos. Bosque y árboles. Música en mi cabeza. Por primera vez juego a inspirarme con mi reproductor de audio susurrándome en los oídos. Suena Radiohead y su último disco. No es el mejor. No es el peor; sólo es. Y eso me basta. Auténtico. Libre. Perfecto. Sus ritmos atropellados son sólo un fondo sobre el que descubro melodías perdidas. Bajos hipnóticos. Guitarras escondidas. Voces y coros haciéndole el amor al silencio y dando por culo al convencionalismo. Y yo, en medio del bosque, lo veo todo con otros ojos: la tarde, el domingo, el sol y mi silencio. Con premeditación, sin prejuicios. “Poco a poco, por las buenas o por las malas. Soy como un engaño; y tú, como un coqueteo. Para una vez que te hirieron ya tuviste suficiente.”
El rey de las extremidades puede ser un árbol. Es un árbol. Un viejo roble inglés que cuenta su vida por siglos. Aquí no hay robles tan viejos. Pero sí hay reyes. Muchos reyes en una república de madera donde no existen vasallos, sino hermanos. El rey de las extremidades se sentiría bien aquí. Mi cámara se mueve acompasada por la música que sólo yo escucho. Thom hace lo que quiere. Como si nadie le oyera ¿Y por qué no? Nadie nos detendrá por romper reglas.
Sin duda, hoy la foto tiene que ser borrosa.

“Poco a poco, por las buenas o por las malas.
Sin vivir en serio, sin ser nunca juzgado.
No sé dónde debo buscar.”

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