La magia del otoño en Aranjuez

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No quería despedirme de octubre sin pasear por entre sus hojas secas, entre colores humildes sin pretensión de primavera, entre fogonazos de ocres fundiéndose con tonos imposibles, entre árboles majestuosos que susurran al solitario caminante, que hablan con el aire y se mecen con su viento. No quería perderme el tardío llegar de un otoño especial, y me perdí esta tarde en la que todos se quedaron en casa. Y paseé entre ardillas traviesas que jugaban a no verme, saltando de un lado a otro, mostrándose y ocultándose como fantasmas reales que aparecen y desaparecen a su antojo. Y vi un mágico juego de luces y sombras con nubes que iban y venían, como grandes manadas de ovejas descarriadas, que chocaban, se desvanecían y se quemaban con el sol, iluminándose por dentro como lámparas maravillosas cargadas con genio y deseos. Tanto me entretuve disfrutando del último día de octubre que el sol desapareció de repente y una plomiza lluvia estremeció el bosque. Quizá esté empapado de naturaleza y agua, pero sé que valió la pena salir hoy de casa.

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