Archivo para noviembre, 2010

El cielo que no cambia

Cambian los reflejos, pero no los espejos. Cambian las luces, pero no la noche. Cambian los recuerdos, pero no la historia. Cambian las farolas, pero no las estrellas. Cambian nuestras vidas, pero no tus besos.

Cambian las nubes, pero no el cielo.

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Que tampoco se nos olvide…

Cuando todo va bien, las autoridades y los gobiernos se encargan de mostrarnos estas fotografías de paisajes bonitos, agua en abundancia y una supuesta y perfecta gestión. Pero al igual que en el blog “Salvenos las Tablas” advertimos que no se nos deben olvidar algunas imágenes de hace muy poco tiempo. Ahora Las Lagunas de Ruidera están magníficas, y “los de arriba” se cuelgan ellos mismos medallas de cartón. Pero, en realidad, si el agua ha vuelto no ha sido gracias a ellos, sino más bien pese a ellos. Así que, justo ahora que Ruidera está mejor que nunca, que no se nos olviden estas imágenes que, tarde o temprano (si no se cambian las leyes que rigen este maravilloso rincón) volverán. Pero entonces ellos no harán fotografías; las haremos nosotros. Que no SE OS OLVIDE:

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Extraños peces

En el océano más profundo.
En el fondo del mar.
Tus ojos.
Me encienden.

¿Por qué debería quedarme aquí?
¿Por qué debería quedarme?
Sería un loco si no continuara.
Te seguiré adonde me lleves.

Tus ojos.
Me encienden.

Me convierten en un fantasma.
Sigo hasta el final del mundo.
Y caigo.

Todo el mundo abandona.
Si tienen la oportunidad.
Y esta es mi oportunidad.

Me comen los gusanos.
Extraños peces.
Elegido por los gusanos
Extraños peces, extraños peces, extraños peces…

Pero toco fondo y escapo.

(Weird Fishees, Radiohead)

 


Turno de noche

Es domingo, a penas son las seis de la mañana y ya despierto. Es tan temprano que la noche aún cubre el horizonte. El cambio de turno me descuadra el organismo y da un puñetazo a mis biorritmos. Ya no soy un murciélago. Ahora tengo que acostumbrarme a dormir por la noche y despertarme por las mañanas; algo nuevo para mí tras quince días trabajando con la luna como compañera. Así que llegado este momento, el organismo hace “click” y me destroza literalmente. Es automático: cada último fin de semana del turno de noche me ataca sin piedad. Y sabe mejor que nadie que mi punto débil es mi cabeza. Así que descarga toda su mala sangre con un persistente dolor que me atraviesa de sien a sien. Es su manera de decir: “Tío, no aguando más: las noches son para dormir. O te vas ahora mismo a la cama o hago que te explote la cabeza.” Y sé de buena tinta que cumpliría su promesa; si anoche no hubiera obedecido,  hoy probablemente asomaría mi tráquea por mi cuello como en un episodio de “Rasca y Pica”. Así que, aunque era sábado por la noche, el menda ya estaba con Morfeo a eso de las doce. Por alguna extraña razón, mi organismo (acostumbrado a pasar toda la noche trabajando sin pasar sueño) se descarga durmiendo profunda y plácidamente (cosa rara) la primera noche que tengo libre. Aunque, también extrañamente, no dura más de seis horas. Entonces entra en ebullición: me despierta y comienzo a darle vueltas a mil cosas mentalmente. Sé que no voy a volver a dormirme, así que es mejor levantarse. Cuando me quiero dar cuenta, no son ni las ocho de la mañana de un domingo libre y ya estoy desayunando. El ciclo se cierra.
Ahora tengo turno de tarde. Mi organismo se ha recompuesto. Se ha reseteado. Ahora veo nacer el sol por la ventana y todo se ve con más luz. Me gusta ver cómo cambian los reflejos, los rayos y el ambiente de mi casa según va naciendo el nuevo día: el sol pasa de un lado a otro de la casa, cambiando las luces y los destellos sobre las cortinas. Los árboles se encienden con los colores del otoño. Es mucho mejor; más natural. Normal. Bonito. Simple. Saludable.
Pero echaré de menos trabajar sin jefes…


La magia del otoño en Aranjuez

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No quería despedirme de octubre sin pasear por entre sus hojas secas, entre colores humildes sin pretensión de primavera, entre fogonazos de ocres fundiéndose con tonos imposibles, entre árboles majestuosos que susurran al solitario caminante, que hablan con el aire y se mecen con su viento. No quería perderme el tardío llegar de un otoño especial, y me perdí esta tarde en la que todos se quedaron en casa. Y paseé entre ardillas traviesas que jugaban a no verme, saltando de un lado a otro, mostrándose y ocultándose como fantasmas reales que aparecen y desaparecen a su antojo. Y vi un mágico juego de luces y sombras con nubes que iban y venían, como grandes manadas de ovejas descarriadas, que chocaban, se desvanecían y se quemaban con el sol, iluminándose por dentro como lámparas maravillosas cargadas con genio y deseos. Tanto me entretuve disfrutando del último día de octubre que el sol desapareció de repente y una plomiza lluvia estremeció el bosque. Quizá esté empapado de naturaleza y agua, pero sé que valió la pena salir hoy de casa.