Lloró

El hombre de hielo regresó en el tiempo. Se apoyó sobre la valla de madera, húmeda, áspera y olvidada, como sus recuerdos. El frío del invierno caló  hasta sus huesos. Se escuchó a lo lejos un piar tímido y sincero. Pero el hombre de hielo no levantó la cabeza. En sus ojos, sólo el color blanco de la nieve que le rodeaba. En su cabeza, demasiados pensamientos.
El río se mostraba manso aquella tarde pintada de gris sobre un lienzo marchito. Serpenteaba como un reptil al acecho. El olor fresco del viento tras penetrar en el bosque llegó al corazón del hombre de hielo. El mar de nubes que cubría el cielo difuminaba la luz de un sol de invierno que a veces quemaba, que a veces enfriaba, que aquella vez no le hacía sentir nada.
Sólo al mirar al suelo y ver la huella profunda de sus zapatos sobre la nieve virgen despertó; esa huella desproporcionada, esa huella grande y deformada, esa huella que en nada se parecía al contorno de sus descalzos pies desnudos de cuando, siendo niño, corría para ser un águila desafiando a la madre naturaleza (que por alguna sabia razón no quiso que el ser humano volara), con los brazos abiertos, el viento como aliado y la cabeza llena de sueños. Recordó la casa de sus abuelos, no muy lejos de allí, fabricada por ellos mismos con piedras, adobe y madera. Recordó los desayunos en la chimenea, calentando mendrugos de pan duro para transformarlos en ricas tostadas para la mermelada casera. Recordó a su fiel y suave perro Moi y al burro de la simpática mujer del alcalde. Recordó las calles del pueblo que abandonó nada más cumplir 16 años. Recordó todo lo que había olvidado. Y le pareció que algo lejos, muy lejos, le había llamado en susurros. Quizá sólo fuera el viento.
En medio de aquella visión de su ya lejana infancia, el hombre de hielo alzó su vista hasta perderla en un horizonte de montes blancos, despoblados y solitarios que, al contrario que él, no había cambiado en cincuenta años. Haciendo un formidable esfuerzo se miró las arrugas de las manos. Poco a poco, la nieve a sus pies fue fundiéndose lentamente, como la escarcha al amanecer. El suelo blanco y helado en contacto con sus zapatos negros empezó a resquebrajarse. Se formaron regueros de agua que corrieron monte abajo. Él lo miró todo sin sobresalto, pausada y parsimoniosamente. Hasta que, casi sin darse cuenta, como el que muere dormido, él también se derritió.

Aquella tarde, el hombre de hielo lloró por primera vez.

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