El martillo de cristal

Sigue entrando. Penetra dulcemente susurrando que quizá mañana no vuelva. Y me quedo mojado. Mojado y solo. Esta noche no saldrá el sol como hizo ayer. El mañana será sólo una promesa perdida en sueños rotos por un martillo de cristal. Quizá debería dejar de llorar, para secarme sin tu ayuda, para dejar de beber tu silencio que me pudre el pensamiento.
Esta noche no ha salido el sol. Ya lo habías prometido, y tú nunca rompes una promesa. Sólo, quizá, con un martillo de cristal. Quizá nunca me digas la verdad, pero esa será tu mayor mentira. Tengo que dejar de salir a la calle cuando llueve. Mi casa se cae a trozos entre nubes acumuladas en el techo del salón. Abro un paraguas con goteras, y vuelve a arreciar la tormenta que nadie predijo, de la que nadie me avisó, bajo la que nadie más que yo se moja.
Esta tarde quedé solo sobre la cama. Pude ver el silencio mirándome fijamente colgado del techo de mi habitación. Y ese mismo silencio me dijo que todo había pasado. Pero cuando te llamé, el silencio desapareció. Se rompió como un martillo de cristal. En sólo siete segundos volverá a llover. A lo lejos, asomado a la ventana, ya veo en el cielo las culebras luminosas. Escribo sin pensar, sabiendo que nadie pensará que me está leyendo. Porque este texto volverá a quedar perdido en ningún lugar, en ningún libro, en ninguna mente, en ningún recuerdo. Como la pesada carga de mi espalda. A penas he cerrado los ojos y ya te veo. “Te dije que volvería, ¿recuerdas?” Muevo los labios dormido, pero no me oigo. “Yo nunca rompería una promesa.”
Esta noche tampoco ha salido el sol. Pero mañana lloverá. Y por si tengo que salir a flote, agarro con fueza el martillo, casi sin darme cuenta de que también es de cristal. Y pronto se romperá.

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