Sierra del Rincón

Madrid no son sólo coches, autopistas, atascos y humos. Hay que ir al extremo nororiental de la comunidad para encontrarse con maravillas como la Reseva de la Biosfera de la Sierra del Rincón: pueblecitos perdidos en valles y montes donde el noventa por ciento del territorio está protegido. Aquí las calles y la naturaleza conviven en armonía para darle otro sentido a la palabra “progreso”. Muchos políticos deberían aprender a respetar la cultura rural en vez de transformarla en nombre del dinero.

[RECUERDA: pinchando en cada foto, se amplía]

Progreso no es sacrificar un bosque para construir una urbanización. Progreso no es arrasar árboles para proyectar un aparcamiento. Progreso no es asfaltar un refugio de fauna para ahorrarnos diez minutos de trayecto. Progreso no es sobresaturar un planeta ya de por sí sobre saturado de humanos con prisas, ruidos y malos humos. Progreso también es conservar una forma de vida que, a este ritmo, será objeto de veneración no dentro de mucho tiempo. Progreso es vivir del campo sin que ello cause vergüenza o descalificativos. Progreso es apostar decididamente por usos tradicionales y sostenibles de aprovechamiento ecológico de la naturaleza. Progreso es proteger un hayedo, un bosque singular, una cascada, un río, un arroyo… y convertirlo en un bien de interés nacional. Progreso es pensar en el futuro aprovechando los recursos disponibles con cabeza, en vez de convertirlo todo en una ciudad y, luego, quejarnos de nuestra calidad de vida. Progreso es la Sierra del Rincón.

Hace dos entradas visitamos el Hayedo de Montejo, el principal atractivo de la Sierra del Rincón (al menos así lo pintan las guías), pero no el único. Es posiblemente imposible visitar en profundidad las más de quince mil hectáreas de terreno que forman parte de la Biosfera, con todos sus pueblos. Pero hemos intentado, al menos, aproximarnos para tener una idea. Horcajuelo de la Sierra, La Hiruela y Montejo son sólo tres de los cinco municipios que están dentro de la Reserva; son los que nosotros hemos visitado. Los tres, cortados por el mismo patrón, nos presentan calles prácticamente desérticas, con excepción de Montejo, donde la actividad de sus vecinos y el número de éstos es mayor.

Tras atravesar de punta a punta la Comunidad Autónoma de Madrid, el perfil de la Sierra aparece en el horizonte con su negra figura desafiante. Al abandonar la autopista y adentrarnos por las carreteras comarcales, prácticamente desiertas y demasiado retorcidas, nos sentimos perdernos por lugares demasiado desconocidos por los propios madrileños. Nuestra primera parada es Horcajuelo. Con un centenar de vecinos es difícil toparse con alguno por la calle ahora que el otoño empieza a refrescar. Estamos a 1.140 metros de altitud y no es casualidad que prácticamente todas las construcciones luzcan en sus fachadas preciosas composiciones de piedra, pizarra, adobe y madera: son los mejores materiales para protegerse del desafiante y siempre fiel frío invernal. Esto otorga al pueblo un aspecto típicamente rural, despojado de artificios y, al mismo tiempo, gozando de una belleza intrínsecamente natural y original.

Ni demasiado cerca ni demasiado lejos: cogemos el coche y en poco tiempo, bastantes curvas y alguna que otra vaca llegamos a La Hiruela. Pueblo enamorado de su propio medio, de su paisaje, de su tranquilidad. Tenemos varias rutas disponibles para descubrir la frondosa naturaleza circundante, aunque simplemente pasear por sus calles es una experiencia placentera. El asfalto deja paso al empedrado, e incluso a la tierra en algunos tramos ajardinados. Sus habitantes se jactan, con razón, de sobrevivir del campo gracias a la ganadería y agricultura, siempre sostenibles, especialmente conservadas gracias a las regueras, obras de ingeniería hidráulica pretérita y popular que ha sobrevivido a lo largo de las décadas hasta nuestros días, desafiando las técnicas más modernas.
El perfecto estado de conservación de la mayoría de las casas del pueblo convierte a este mini municipio en uno de los mejores conservados de la comunidad.

En Montejo sólo paramos para recoger los pases y ver el Hayedo de Montejo. Pero el pueblo rebosaba más vida que el resto de la comarca. Aún así, no hay que engañarse: esto le parece muy bonito al dominguero de paso, pero la vida en estas tierras, en estos pueblos y en estas montañas es dura. No es lo mismo pasar unos días de vacaciones en las numerosas casas rurales bien acondicionadas que sobrevivir permanentemente de lo que la tierra nos ofrece en unas condiciones no siempre agradables. Pero aún queda gente que comprende que la calidad de vida bien lo merece. Desde luego, aquí no se respira estrés ni contaminación. Parce que el tiempo se para a nuestros pies mientras callejeamos entre susurros de silencio, rotos sólo por el desperezar de algún árbol dormido que, al compás del viento, vuelve a la vida gimiendo y retorciéndose. La biodiversidad de la zona, con centenares de especies inventariadas, le confiere un alto valor ya protegido.
La subida al puerto de La Puebla pone el broche final a un pequeño recorrido que, prometemos, ampliaremos más adelante. Porque regresar a estos pueblos es una sana terapia sin efectos secundarios. Una dosis de aire puro y una lección a los urbanitas acostumbrados a llevar siempre razón, y a no ver más allá que el triste horizonte de edificios que ofrecen sus ventanas. Pero, en realidad, el mundo es mucho más grande.

Gracias a Carlos Velasco por regalarnos nuestro único día de vacaciones.

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