Calle de la Soledad

El eco sólo es aire. Lo sabía mucho antes de emprender mi viaje. El sonido, mi voz, el trueno, el llanto de un niño… sólo es aire que se mueve. Lo importante no es su sonido, las ondas elásticas que recorren el mundo de norte a sur, ni las oscilaciones de presión de este a oeste, atravesando bosques, ciudades y desiertos, transmitiendo y transportando un mensaje, un quejido o una advertencia. Lo importante es qué lo produce; qué es capaz de mover la mezcla de gases que nos da la vida y, al mismo tiempo, hace vibrar nuestros tímpanos. Por eso sé que el eco sólo es aire y no debo prestar atención si escucho su voz susurrándome dulcemente verdades disfrazadas de golosina.
Hoy he llegado a esta calle empedrada de olvido. Y me siento bien. Los muros se extienden hasta donde termina la vista. Se escapa el olor fresco del campo regado por la lluvia. Me acompaña mi sombra desproporcionada, como siempre; desnivelada, como siempre; deformada, como siempre… Fiel, como siempre. Excepto ella, nada ni nadie me conoce, así que nada ni nadie puede juzgarme con acierto. Nada ni nadie espera nada de mí. No puedo defraudar a nada ni a nadie. Pero el viento, insistente, se empeña en seguir moviendo el aire:

“Tu vida es sólo un sueño.”

Es aire, sólo aire que se mueve, repitiendo dulcemente lo que alguien ya ha dicho. Por eso hoy no quiero escucharle. Porque el eco es un fiel enemigo en la calle de la Soledad.

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