Archivo para octubre, 2010

Otoño

No es el otoño el que llega. Somos nosotros los que nos vamos. En el susurro del silencio podrás oír mi voz. En el eco del pasado escucharás a quienes ya se fueron. En el amarillo de las copas encontrarás el sentido al paso del tiempo. Y si no lo encuentras, es que ya te has ido, y formas parte del olvido.

Nos veremos en la próxima vida, compañero.


Lloró

El hombre de hielo regresó en el tiempo. Se apoyó sobre la valla de madera, húmeda, áspera y olvidada, como sus recuerdos. El frío del invierno caló  hasta sus huesos. Se escuchó a lo lejos un piar tímido y sincero. Pero el hombre de hielo no levantó la cabeza. En sus ojos, sólo el color blanco de la nieve que le rodeaba. En su cabeza, demasiados pensamientos.
El río se mostraba manso aquella tarde pintada de gris sobre un lienzo marchito. Serpenteaba como un reptil al acecho. El olor fresco del viento tras penetrar en el bosque llegó al corazón del hombre de hielo. El mar de nubes que cubría el cielo difuminaba la luz de un sol de invierno que a veces quemaba, que a veces enfriaba, que aquella vez no le hacía sentir nada.
Sólo al mirar al suelo y ver la huella profunda de sus zapatos sobre la nieve virgen despertó; esa huella desproporcionada, esa huella grande y deformada, esa huella que en nada se parecía al contorno de sus descalzos pies desnudos de cuando, siendo niño, corría para ser un águila desafiando a la madre naturaleza (que por alguna sabia razón no quiso que el ser humano volara), con los brazos abiertos, el viento como aliado y la cabeza llena de sueños. Recordó la casa de sus abuelos, no muy lejos de allí, fabricada por ellos mismos con piedras, adobe y madera. Recordó los desayunos en la chimenea, calentando mendrugos de pan duro para transformarlos en ricas tostadas para la mermelada casera. Recordó a su fiel y suave perro Moi y al burro de la simpática mujer del alcalde. Recordó las calles del pueblo que abandonó nada más cumplir 16 años. Recordó todo lo que había olvidado. Y le pareció que algo lejos, muy lejos, le había llamado en susurros. Quizá sólo fuera el viento.
En medio de aquella visión de su ya lejana infancia, el hombre de hielo alzó su vista hasta perderla en un horizonte de montes blancos, despoblados y solitarios que, al contrario que él, no había cambiado en cincuenta años. Haciendo un formidable esfuerzo se miró las arrugas de las manos. Poco a poco, la nieve a sus pies fue fundiéndose lentamente, como la escarcha al amanecer. El suelo blanco y helado en contacto con sus zapatos negros empezó a resquebrajarse. Se formaron regueros de agua que corrieron monte abajo. Él lo miró todo sin sobresalto, pausada y parsimoniosamente. Hasta que, casi sin darse cuenta, como el que muere dormido, él también se derritió.

Aquella tarde, el hombre de hielo lloró por primera vez.


El martillo de cristal

Sigue entrando. Penetra dulcemente susurrando que quizá mañana no vuelva. Y me quedo mojado. Mojado y solo. Esta noche no saldrá el sol como hizo ayer. El mañana será sólo una promesa perdida en sueños rotos por un martillo de cristal. Quizá debería dejar de llorar, para secarme sin tu ayuda, para dejar de beber tu silencio que me pudre el pensamiento.
Esta noche no ha salido el sol. Ya lo habías prometido, y tú nunca rompes una promesa. Sólo, quizá, con un martillo de cristal. Quizá nunca me digas la verdad, pero esa será tu mayor mentira. Tengo que dejar de salir a la calle cuando llueve. Mi casa se cae a trozos entre nubes acumuladas en el techo del salón. Abro un paraguas con goteras, y vuelve a arreciar la tormenta que nadie predijo, de la que nadie me avisó, bajo la que nadie más que yo se moja.
Esta tarde quedé solo sobre la cama. Pude ver el silencio mirándome fijamente colgado del techo de mi habitación. Y ese mismo silencio me dijo que todo había pasado. Pero cuando te llamé, el silencio desapareció. Se rompió como un martillo de cristal. En sólo siete segundos volverá a llover. A lo lejos, asomado a la ventana, ya veo en el cielo las culebras luminosas. Escribo sin pensar, sabiendo que nadie pensará que me está leyendo. Porque este texto volverá a quedar perdido en ningún lugar, en ningún libro, en ninguna mente, en ningún recuerdo. Como la pesada carga de mi espalda. A penas he cerrado los ojos y ya te veo. “Te dije que volvería, ¿recuerdas?” Muevo los labios dormido, pero no me oigo. “Yo nunca rompería una promesa.”
Esta noche tampoco ha salido el sol. Pero mañana lloverá. Y por si tengo que salir a flote, agarro con fueza el martillo, casi sin darme cuenta de que también es de cristal. Y pronto se romperá.


El hombre que no quería cumplir años

El hombre que no quería cumplir años quiso detener también el río. Colocó una piedra encima de otra, con cuidado, con la innata capacidad de construcción que el hombre tiene, muy similar a la de destrucción. A pesar de su avanzada edad, las arrugas en su frente y sus casi inmóviles articulaciones, el hombre que no quería cumplir años fue completando pausada y eficazmente su propósito. El flujo de la vida, cantarín y ronroneante, fue silenciándose poco a poco según las piedras rodadas, lisas como la piel de un recién nacido, fueron deteniendo su líquido ser, como una presa improvisada. El hombre que no quería cumplir años sumergía sus manos en el lecho del río, ahuyentando a renacuajos y ranas, que contemplaban con estupor cómo aquel ser (mitad Dios, mitad demonio) era capaz de desafiar la fuerza de la naturaleza moviendo la tierra a su antojo. Y aun así era infeliz.
Cuando la fila de piedras, guijarros y ramas finalmente detuvo el transcurrir del río, todo quedó en silencio. Los pájaros, sin el compás del agua murmurando a los pies de los altos árboles del bosque, cerraron sus picos desconcertados. Los peces, atrapados en el muro de piedras, no pudieron seguir su curso diario. Las plantas situadas río abajo sintieron sus raíces resecarse por la falta del cauce constante que les dio la vida. Todo el bosque pareció estremecerse de repente. El hombre que no quería cumplir años estaba satisfecho; era inmortal.
Pero el Dios de todos (que no es dios, sino diosa: la Naturaleza) no podía permitir que la soberbia e inmadurez de una sola criatura de su propia creación infundiera miseria sobre el resto, perfectamente equilibrado hasta su llegada. Así que el cauce del río aumentó y colmó la balsa de agua formada en la presa artificial. El nivel fue subiendo y subiendo, hasta que rebosó por todos lados. El río volvió a cantar; y con él, el resto de la sinfonía de la naturaleza.
El hombre que no quería cumplir años lo observó todo desde el margen del río: vio cómo el agua destruía su creación egoísta, y se aproximó a la orilla. Entonces, de repente, en sus ojos brilló un rayo de luz que iluminó sus pensamientos. Abrió sus pequeños ojos como nunca los había abierto, dio un paso al frentre sin titubear, sobre las piedras que él mismo había colocado, y cruzó el río hasta la otra orilla.

Aquél fue su mejor cumpleaños.


Sierra del Rincón

Madrid no son sólo coches, autopistas, atascos y humos. Hay que ir al extremo nororiental de la comunidad para encontrarse con maravillas como la Reseva de la Biosfera de la Sierra del Rincón: pueblecitos perdidos en valles y montes donde el noventa por ciento del territorio está protegido. Aquí las calles y la naturaleza conviven en armonía para darle otro sentido a la palabra “progreso”. Muchos políticos deberían aprender a respetar la cultura rural en vez de transformarla en nombre del dinero.

[RECUERDA: pinchando en cada foto, se amplía]

Progreso no es sacrificar un bosque para construir una urbanización. Progreso no es arrasar árboles para proyectar un aparcamiento. Progreso no es asfaltar un refugio de fauna para ahorrarnos diez minutos de trayecto. Progreso no es sobresaturar un planeta ya de por sí sobre saturado de humanos con prisas, ruidos y malos humos. Progreso también es conservar una forma de vida que, a este ritmo, será objeto de veneración no dentro de mucho tiempo. Progreso es vivir del campo sin que ello cause vergüenza o descalificativos. Progreso es apostar decididamente por usos tradicionales y sostenibles de aprovechamiento ecológico de la naturaleza. Progreso es proteger un hayedo, un bosque singular, una cascada, un río, un arroyo… y convertirlo en un bien de interés nacional. Progreso es pensar en el futuro aprovechando los recursos disponibles con cabeza, en vez de convertirlo todo en una ciudad y, luego, quejarnos de nuestra calidad de vida. Progreso es la Sierra del Rincón.

Hace dos entradas visitamos el Hayedo de Montejo, el principal atractivo de la Sierra del Rincón (al menos así lo pintan las guías), pero no el único. Es posiblemente imposible visitar en profundidad las más de quince mil hectáreas de terreno que forman parte de la Biosfera, con todos sus pueblos. Pero hemos intentado, al menos, aproximarnos para tener una idea. Horcajuelo de la Sierra, La Hiruela y Montejo son sólo tres de los cinco municipios que están dentro de la Reserva; son los que nosotros hemos visitado. Los tres, cortados por el mismo patrón, nos presentan calles prácticamente desérticas, con excepción de Montejo, donde la actividad de sus vecinos y el número de éstos es mayor.

Tras atravesar de punta a punta la Comunidad Autónoma de Madrid, el perfil de la Sierra aparece en el horizonte con su negra figura desafiante. Al abandonar la autopista y adentrarnos por las carreteras comarcales, prácticamente desiertas y demasiado retorcidas, nos sentimos perdernos por lugares demasiado desconocidos por los propios madrileños. Nuestra primera parada es Horcajuelo. Con un centenar de vecinos es difícil toparse con alguno por la calle ahora que el otoño empieza a refrescar. Estamos a 1.140 metros de altitud y no es casualidad que prácticamente todas las construcciones luzcan en sus fachadas preciosas composiciones de piedra, pizarra, adobe y madera: son los mejores materiales para protegerse del desafiante y siempre fiel frío invernal. Esto otorga al pueblo un aspecto típicamente rural, despojado de artificios y, al mismo tiempo, gozando de una belleza intrínsecamente natural y original.

Ni demasiado cerca ni demasiado lejos: cogemos el coche y en poco tiempo, bastantes curvas y alguna que otra vaca llegamos a La Hiruela. Pueblo enamorado de su propio medio, de su paisaje, de su tranquilidad. Tenemos varias rutas disponibles para descubrir la frondosa naturaleza circundante, aunque simplemente pasear por sus calles es una experiencia placentera. El asfalto deja paso al empedrado, e incluso a la tierra en algunos tramos ajardinados. Sus habitantes se jactan, con razón, de sobrevivir del campo gracias a la ganadería y agricultura, siempre sostenibles, especialmente conservadas gracias a las regueras, obras de ingeniería hidráulica pretérita y popular que ha sobrevivido a lo largo de las décadas hasta nuestros días, desafiando las técnicas más modernas.
El perfecto estado de conservación de la mayoría de las casas del pueblo convierte a este mini municipio en uno de los mejores conservados de la comunidad.

En Montejo sólo paramos para recoger los pases y ver el Hayedo de Montejo. Pero el pueblo rebosaba más vida que el resto de la comarca. Aún así, no hay que engañarse: esto le parece muy bonito al dominguero de paso, pero la vida en estas tierras, en estos pueblos y en estas montañas es dura. No es lo mismo pasar unos días de vacaciones en las numerosas casas rurales bien acondicionadas que sobrevivir permanentemente de lo que la tierra nos ofrece en unas condiciones no siempre agradables. Pero aún queda gente que comprende que la calidad de vida bien lo merece. Desde luego, aquí no se respira estrés ni contaminación. Parce que el tiempo se para a nuestros pies mientras callejeamos entre susurros de silencio, rotos sólo por el desperezar de algún árbol dormido que, al compás del viento, vuelve a la vida gimiendo y retorciéndose. La biodiversidad de la zona, con centenares de especies inventariadas, le confiere un alto valor ya protegido.
La subida al puerto de La Puebla pone el broche final a un pequeño recorrido que, prometemos, ampliaremos más adelante. Porque regresar a estos pueblos es una sana terapia sin efectos secundarios. Una dosis de aire puro y una lección a los urbanitas acostumbrados a llevar siempre razón, y a no ver más allá que el triste horizonte de edificios que ofrecen sus ventanas. Pero, en realidad, el mundo es mucho más grande.

Gracias a Carlos Velasco por regalarnos nuestro único día de vacaciones.


Calle de la Soledad

El eco sólo es aire. Lo sabía mucho antes de emprender mi viaje. El sonido, mi voz, el trueno, el llanto de un niño… sólo es aire que se mueve. Lo importante no es su sonido, las ondas elásticas que recorren el mundo de norte a sur, ni las oscilaciones de presión de este a oeste, atravesando bosques, ciudades y desiertos, transmitiendo y transportando un mensaje, un quejido o una advertencia. Lo importante es qué lo produce; qué es capaz de mover la mezcla de gases que nos da la vida y, al mismo tiempo, hace vibrar nuestros tímpanos. Por eso sé que el eco sólo es aire y no debo prestar atención si escucho su voz susurrándome dulcemente verdades disfrazadas de golosina.
Hoy he llegado a esta calle empedrada de olvido. Y me siento bien. Los muros se extienden hasta donde termina la vista. Se escapa el olor fresco del campo regado por la lluvia. Me acompaña mi sombra desproporcionada, como siempre; desnivelada, como siempre; deformada, como siempre… Fiel, como siempre. Excepto ella, nada ni nadie me conoce, así que nada ni nadie puede juzgarme con acierto. Nada ni nadie espera nada de mí. No puedo defraudar a nada ni a nadie. Pero el viento, insistente, se empeña en seguir moviendo el aire:

“Tu vida es sólo un sueño.”

Es aire, sólo aire que se mueve, repitiendo dulcemente lo que alguien ya ha dicho. Por eso hoy no quiero escucharle. Porque el eco es un fiel enemigo en la calle de la Soledad.