Archivo para septiembre, 2010

Hayedo de Montejo

No hace falta salir de Madrid para disfrutar de la Naturaleza salvaje. Hay que viajar, eso sí, muy al norte; tanto que para entrar en Guadalajara sólo hay que cruzar unas piedras sobre un recién nacido y poco caudaloso Jarama. Estamos en la Sierra del Rincón, reserva de la biosfera y paraíso para el naturista silencioso, solitario y enamorado de verdad de la tranquilidad y las tradiciones. Aquí no es difícil encontrarse con pueblos de diez habitantes. Hoy visitamos las hayas más meridionales de Europa: Montejo. ¿Qué mejor que un chubasquero y una cámara de fotos?

[RECUERDA: Pinchando en cada foto, se amplía]

El principal reclamo de la Sierra del Rincón es el Hayedo de Montejo. Un reducto de varios ejemplares de hayas, árbol no protegido, pero sí en esta zona, pues se trata de los ejemplares más meridionales de Europa. De hecho, el bosque no es en realidad un hayedo, sino una masa mixta de rebollo y hayas, con más presencia de rebollos (robles) que de hayas. Pero indudablemente le da más valor y nombre “hayedo”, pues es realmente infrecuente encontrarlo en estas latitudes, lo que atrae a un buen número de visitantes cada año.
En cualquier caso, el lugar infunde su magia al visitante, que siente adentrarse en un lugar especial. De hecho, visitarlo sólo es posible pidiendo permiso previo y llevando el pase el día de la visita. Hasta hace poco sólo se podía hacer telefónicamente o en Montejo (pueblo cercano), pero actualmente es tan fácil como rellenar un formulario en la página oficial. Los grupos son, como máximo, de veinte personas, y las visitas incluyen un guía que nos enseña gran cantidad de características del hayedo, cómo distinguir los árboles, el proceso de crecimiento y conservación y demás curiosidades de interés general.
Tenemos dos tipos de sendas disponibles: fácil y difícil. Nosotros escogimos esta vez la fácil, aunque prometemos que repetiremos con la difícil. Cualquier persona con movilidad normal puede acceder a la senda fácil, abuelos incluidos. Siempre sin salirnos del camino marcado, vamos recorriendo el precioso valle siempre acompañados del rumor del joven y limpio Jarama. La umbría del lugar y su extrema humedad han posibilitado la conservación del bosque, además de suelos frescos y profundos, enriquecidos por el desfronde.  Y no sólo eso: la mano del hombre, también. Lejos de actividades destructivas, nuestros antepasados ayudaron al desarrollo de nuevos ejemplares mediante su empleo como dehesa boyal durante siglos, manteniendo estable el número de ejemplares adultos.

 

Es raro el día que no cae una llovizna en estos lugares; hoy no será una excepción. El chaparrón dura sólo unos diez minutos y no nos achanta. Para cuando el recorrido ha comenzado, las nubes parecen querer dejarnos disfrutar, y han refrescado agradecidamente el ambiente. El campo huele a vida. El sonido del agua se mezcla con nuestras pisadas, con las primeras hojas caídas. Pero el otoño todavía no ha desplegado sus llamativos colores; hay verde por todos lados. Un verde sincero, radiante, limpio y refrescante. Paseamos por el Chaparral y la Solana, dos montes que componen este espacio protegido de 250 hectáreas, de las que en sólo 122 encontramos hayas.
Según avanza el paseo nos topamos con algunos ejemplares realmente llamativos, como el de la izquierda, fallecido este mismo año tras un esperanzador pero finalmente estéril rebrote. La edad calculada para este y otros ejemplares suele sobrepasar con creces los trescientos años. Los terribles daños en su corteza anuncian una muerte inminente al ser incapaces de bombear más savia a lo largo del árbol.

 

 

El recorrido, de una hora y media de duración aproximadamente (ida y vuelta) da una buena muestra de un bosque del que, en realidad, no vemos ni la mitad. La fragilidad de estos ejemplares es tal que es necesaria su protección extrema. Encontramos varias hayas transplantadas que ahora crecen con ayuda humana, mezclándose con ejemplares salvajes de crecimiento mucho más lento. Y es que, para que un haya alcance una altura y embergadura relativamente pequeñas hacen falta décadas. Para sobrevivir, estos árboles extienden sus ramas a lo ancho para imposibilitar la penetración de los rayos solares, desterrando así a otras especies competidoras.
Seguimos nuestro camino y nos encontramos con el cadáver de lo que fue un gran ser vivo: un ejemplar caído naturalmente en 2004. Tres siglos de vida descansando plácidamente a nuestros pies. El concepto de tiempo y espacio pierden su tradicional significado en nuestras pequeñas mentes humanas. Uno no puede más que sentirse pequeño, muy pequeño, ante seres como este. Uno no puede más que sentir respeto y admiración por la Naturaleza y su majestuosa creación. Uno no puede más que intentar pasar por aquí sin dejar ningún rastro. Para que tierra y madera, cielo y agua, vida y muerte… sigan disputándose la eternidad ignorando nuestra propia y egocéntrica existencia. 

Entre restos de carboneras, abundantes en tiempos pretéritos del pasado siglo, llegamos al final del recorrido. La amable y simpática guía nos deja toda la vuelta conversar tranquilamente, con el sonido del viento y el agua como hilo musical de fondo. Aquí ya no se pesca, ni se caza, ni se carbonea, ni se corta leña, ni se cultiva las solanas… Ahora la naturaleza ha recuperado su territorio y nos lo muestra a su antojo, invitándonos (eso sí) a repetir (al menos) una vez en cada estación, pues la nieve, las hojas secas y las flores silvestres juegan a pintar con colores imposibles un lienzo ya de por sí cambiante y maravilloso. Sólo nos queda apuntar en la agenda pedir los permisos (gratuitos) y estar dispuestos a pasar un buen rato en el campo, concienciados de la fragilidad del entorno y el regalo que supone para nuestros sentidos. Quizá no sea casual que el sol salga en medio de un día gris y húmedo, cuando ya salimos del hayerdo, sin querer decirnos adiós, sino invitándonos a descubrir cómo hay más sorpresas guardadas para cuando decidamos regresar por la serperteante y solitaria carretera que nos vio llegar y que ahora es escenario de nuestra despedida.

 

Notas: es imprescindible acudir con calzado apropiado (deportivas o botas, nada de chanclas o tacones), ropa impermeable por su llueve y mucho respeto. Nada de comidas, bebidas ni desperdicios varios. Está prohibido recoger muestras de ninguna clase, fumar e introducir animales. Y, en general, todo lo que nuestro sentido común nos diga. Y que nadie se moleste si una tormenta cancela la excursión: los rayos aquí no son una broma, por mucho que nos fastidie irnos sin ver nada.

Agradecimientos: A Rocío, nuestra guía: amable, comprensiva y muy didáctica. A Carlos, nuestro “chófer”, por descubrirnos unos lugares tan cercanos y desconocidos.

Para Miri, para que siga luchando por su sueño y pasión, y de paso nos ilustre con sus conocimientos. ¡Ánimo con tu proyecto!


Los Secretos en Aranjuez

Mi retina de cristal ha podido inmortalizar un buen número de conciertos que, por suerte, he tenido la oportunidad de disfrutar, pues eran de grupos que admiraba. Pero pocas veces me pasó lo de ayer: normalmente la fotografía eclipsaba el disfrutar del concierto. En otras palabras: no degustaba en toda su expresión el concierto por estar pendiente de hacer fotografías, por mucho que me gustara el grupo que actuara. Pero Los Secretos han conseguido algo curioso: tenía más ganas de cantar las canciones, disfrutar la música y mezclarme con el ambiente que estar pendiente del obturador. Será porque el concierto de anoche en Aranjuez, prácticamente en primerísima fila, era especial: treinta años de música concentrados en hora y media de grandísimos músicos, con temas míticos… es como si tocaran la banda sonora original de tu vida a cuatro metros de ti. Todas las canciones, desfilando una a una delante de nosotros, tenían un sabor personal en los oídos de cada uno de nosotros. Cada nota, cada solo de guitarra, cada estribillo… tiene un significado, un recuerdo, un sentimiento, una pasión… Aún así, mi retina de cristal sacó 250 instantáneas de las que os presento las 75 mejores. Ojalá lo disfrutéis.

Gracias a Los Secretos no sólo por su música, sino por su calidez, honestidad y humildad. Gracias por elegirnos.

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Ganar o perder

Este año, cuando el invierno llegue con su pesado frío, se cumplirán quince años desde que me partí la rodilla siendo aún un niño. Las tres operaciones posteriores no sirvieron para terminar de arreglar una compleja articulación que, desde entonces, dijo adiós a cualquier actividad física que no fuera natación o ciclismo. En aquel diciembre de 1995, mis jóvenes y pequeñas alas se cortaron de cuajo. Hasta entonces, ya había probado el fútbol, el baloncesto, el tenis, el badminton y hasta el ping pong. Y, aún así, no me sentía “deportista”. Porque, para mí, todos aquellos juegos no eran más que eso: juegos. Jamás me planteé ir más allá que apuntarme en el club del cole del barrio para jugar después de las clases, o inscribirme en el de tenis siendo un niño para poder acceder a las pistas los viernes, o a las clases de ping pong para usar el polideportivo cada jueves por la tarde. En realidad yo no quería competir, ni jugar ligas… Era demasiado tímido y mi sueño no era ser deportista profesional. ¡Era sólo un juego! Aquellas tardes eran fantásticas: juegos, diversión, amigos… Me lo pasaba en grande. ¿Por qué estropearlo compitiendo en serio? Nunca me enfadaba si perdía; nunca lloraba si llegaba el último; nunca le pedía revancha al adversario… porque me había brindado un gran momento de diversión. Y eso nadie me lo ha quitado, aunque llegara el último.
Hoy no puedo ni echar una carrera por culpa de mi rodilla. Y veo a esos deportistas profesionales ganándose la vida jugando. Y pienso: qué suerte tienen. Pasa a mi lado un grupo de escapados de una vuelta ciclista regional. El calor es insoportable, pero ellos van tan concentrados que ni me ven. Quieren ganar; para eso se han esforzado, han entrenado, luchado y sufrido. Y entonces comprendo que la vida es tan compleja que cada uno la vive a su manera. Es mejor, entonces, no pretender ser más ni mejor que nadie. Ni pretender que lo que yo veo como una diversión sea sólo un juego para otros. Porque ganar o perder puede tener significados diferentes según quien juegue a nuestro juego.