El muro de las liberaciones

Paseaba despreocupada, arropada por el pesado beso del calor del sol. Ya había dejado atrás la Fonte Frida, el manantial donde las más jóvenes se apresuraban a buscar no sólo agua, sino la ronda de algún mozo avispado. En un momento de locura podría haberse tirado por el precipicio; pero ni estaba loca ni quería parecerlo. Así que ascendió paso a paso el camino olvidado, aquél que el pueblo entero recorriera una y otra vez, mucho tiempo atrás, para llegar a la cima del cerro sin nombre, donde dormían las ruinas del castillo abandonado. El polvo de la tierra ascendía como vapores calientes de un río de piedras y guijarros. Paso a paso fue culminando su pequeña hazaña, vislumbrando a lo lejos el pueblo, cada vez más pequeño, y el bosque, cada vez más grande. El cielo parecía apagarse lentamente según iba ascendiendo, como un degradado de una fotografía en blanco y negro. En algunos tramos tuvo que afinar sus recuerdos para imaginar por dónde discurría el paso de sus antepasados, que labraron sobre roca y tierra el sendero que llega hasta aquí. Y en lo alto, sin no muchas caídas ni arañazos de ortigas y malas hierbas, contempló el secarral sobre el que aún se erigían los restos de la muralla que ya nada protegía, que ya nada defendía, a quien ya nadie espantaba. Allí arriba, en el cerro que dominaba toda la comarca, se deshizo de todos los murmullos, de todos los comentarios, de todas las envidias, de todas las malas lenguas, de todas las habladurías, de toda la maldad que sus vecinos habían vertido en su persona. El grito se escuchó a varias leguas de distancia. Reconfortada, se sacudió las manos levantando una pequeña nube de polvo, se enjugó el sudor de su frente y reemprendió el camino de vuelta. Quizá ahora sí la tomarían por loca.
Sobre el pueblo, dicen, sobrevoló de repente la sombra de un enorme águila que tapó casi todo el pueblo. Los cazadores pensaron en su majestuosidad sin ni siquiera haber podido ver el cuerpo que produjo semejante silueta. Nadie, ni el alcalde ni los consejeros más viejos, pudieron ver el águila, que pronto cobró forma de leyenda, que es como se justifican las cosas que están delente de nosotros y no comprendemos. El gran águila invisible pronto pasó a formar parte de la superstición popular.

En algún lugar de vuelta a casa, ella sonrió.

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Una respuesta

  1. ¡Qué poeta eres, crack!

    22 agosto, 2010 en 16:58

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