Perseidas

Una de las noches mágicas de mi vida llegaba siempre en agosto. El mundo dormía aplastado por el calor del verano, pero nosotros salíamos afuera para redescubrir un espectáculo del que el ser humano se ha divorciado definitivamente: el cielo nocturno. Y allí, tumbados boca arriba, sin farolas, coche, calles ni edificios, sólo con cerros y árboles como vecinos, admirar los astros era algo tan simple pero a la vez tan mágico que casi nunca perdíamos la ocasión. Éramos tan pequeños que era fácil dejarnos atrapar por cualquier pátina de irrealidad. Y dejábamos que la madrugada nos envolviera tenuemente sin darnos cuenta, cuando los mayores dormían, cuando trasnochar estaba prohibido, e incluso teníamos que abrigarnos con alguna toalla protectora. Esa mezcla de luces, sombras, verano, calor, frío… Sólo las Lágrimas de San Lorenzo lo hacían posible.
Esas noches, cuando la Luna no nos estropeaba el espectáculo con su potente luz, la bóveda celeste era un inmenso techo negro sobre el que podíamos distinguir millones de luceros resplandecientes. El ambiente era único: podía escuchar sin esforzarme la sinfonía de la naturaleza: podía oír las aves nocturnas en su eterno cantar errático y sosegado. El frescor de la laguna ascendía por el cerro, mezclándose con juncos, romeros y tomillo.  A veces veíamos esas linternas vivas y mágicas que llamamos luciérnagas: esos puntos amarillos luminosos como pequeñas bombillas, como auténticos fantasmas que esperan a que todo el mundo esté durmiendo para salir y lucir todo su increíble ser.
Mi padre, aficionado a la astronomía tras horas y horas de paciente contemplación y lectura (cosa que yo nunca logré heredar) nos descubría que en el cielo también existen rincones: el pequeño cinturón de Orión, la gran W de Casiopea , la difícilmente reconocible Andrómeda, el grandioso Cignus dominando el cielo… Pero nada como Perseo en agosto: era bombardeado por estrellas fugaces que atrapábamos con la vista como ovnis que se estrellaban irremisiblemente. Nunca era como en las películas ni como en la televisión: la frecuencia era francamente paupérrima, y cada estrella fugaz no atravesaba el cielo de lado a lado; pero cuando podíamos ver alguno de esos meteoros escurridizos, las exclamaciones de júbilo nos mantenían despiertos. Y así pasábamos las horas despertando la imaginación y aprendiendo a ver más allá sin complejos. No tardábamos mucho en irnos a la cama, rendidos por el cansancio propio de la temprana edad, pero nos íbamos contentos por haber visto, sólo por una noche, las entrañas del universo en todo su esplendor.
Hoy veo niños en la ciudad, que a penas han dejado de ser bebés, acurrucados en los brazos de sus padres, muertos de sueño, “disfrutando” en un pub a las tres de la mañana del egoísmo de sus progenitores, que no quisieron ser papás sin renunciar a los sacrificios que ello conlleva. Esa total falta de responsabilidad ni siquiera es recompensada por una actividad mínimamente interesante o estimulante para un infante. En su lugar: ruido, gritos, bebidas, humos… El niño se rinde harto del jaleo. O, en el peor de los casos, se espabila y aguanta las horas intempestivas integrándose en una actividad que no debería conocer hasta bastantes años después.
A veces pienso si ya seré mayor al pensar todo esto y recordar mi infancia como algo lejano y extraño en los tiempos que corren. Hoy busco el mismo cielo que me regalaba el mayor espectáculo jamás conocido por el hombre, pero casi nunca lo encuentro. Quizá, asomado a alguna laguna al atardecer, vea reflejos desperdigados, como si fueran estrellas fugaces que se han estrellado contra el agua, donde ahora flotan como islas de luz en medio de un océano negro de agua infinita. Entonces, sólo entonces, volveré a ser un niño y todo tendrá sentido.

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