Archivo para agosto, 2010

Laguna de Uña

La Serranía de Cuenca tiene su particular oasis perdido entre los riscos y el Puntal de San Roque, en una zona jalonada de barrancos, peñascos y desniveles. Esta gran charca, laguna llamada, tiene origen natural, aunque la mano del hombre intervino para darle mayor volumen. Hoy hacemos un alto en el camino para dejarnos seducir por la tranquilidad de este rincón castellano manchego escondido del visitante.

Encajonada entre la Laguna de Uña y el Río Júcar encontramos una colina de gran altura sobre la que se erige la pequeña villa de Uña, de poco más de un centenar de vecinos. Con las sierras de las Majadas al norte y la de Valdecabras al sur, nos encontramos protegidos por paredes de piedra verticales que parecen observarnos desde su privilegiada altura e inmortal naturaleza. Uno no puede más que sentirse pequeño rodeado por las fuerzas de la naturaleza, quizá lentas, pero más poderosas que el propio hombre. Son ellas quienes han creado estos parajes, con el viento, la lluvia y los ríos como constructores invitados. Hoy, el pequeño pueblo no es más que un alto en la carretera comarcal, pero esconde paisajes salvajes que despiertan nuestros sentidos. El Parque Natural de la Serranía de Cuenca se encargó en 2007 de preservar el entorno, donde ni siquiera se permite la práctica de deportes acuáticos ni el baño, lo que ha permitido la conservación perfecta de la laguna; muchos otros lugares deberían haber seguido su mismo ejemplo, y hoy hablaríamos de situaciones mejores, por ejemplo, en las Lagunas de Ruidera, donde el turismos desmesurado y sin control ha arrasado gran parte del paraje.

Esta no es una visita prevista: regresamos de ver Vega del Codorno y del cercano Nacimiento del Río Júcar (del que más adelante haremos su propio reportaje), y tras pasar el embalse de la Toba, decidimos parar en un pequeño pueblo que se recuesta sobre la carretera, como no queriendo separarse mucho de su única vía de comunicación y sustento. Sólo hay silencio. Algunos vecinos descansan al aire libre. La villa se engalana por donde pasa la carretera para dar una buena impresión al visitante e invitarle a parar para reponer fuerzas en sus tierras. Pese a su pequeño tamaño, Uña tiene trajín de turistas, y hay numerosos restaurantes y bares. Varios autobuses parecen monstruos reposando junto a la laguna, y decidimos unirnos a ellos. Altos y frondosos árboles resguardarán nuestro vehículo mientras emprendemos a pie un pequeño recorrido hasta el mirador de Uña. El color verde será, a partir de ahora, el protagonista, bañado a veces por añiles y ocres otoñales.

Uña, “hoz” en su sentido etimológico, hace aquí gala de su nombre. De las dos hectáreas originalmente encharcadas por el Arroyo del Rincón se ha pasado a las más de quince de la actualidad, tras la construcción de un dique en 1925 para aprovechamiento de un salto hidroeléctrico. Pero poco importa: nadie podría dudar de la naturaleza del lugar, perfectamente conservado y prácticamente intacto. Tenemos caminos bien señalizados y rutas programadas para cada tipo de dificultad que aguante el caminante. Quienes se atrevan a subir hasta lo alto de las muelas se toparán con vistas inigualables. Nosotros, hoy, no tenemos tiempo, y nos conformamos con ver el lugar a ras de agua.

Los buitres leonados nos acompañan incesantemente, sobrevolando nuestras cabezas. En el agua, una buena representación de flora y fauna fluvial. De regreso al coche, tenemos la impresión de haber descubierto un pequeño refugio reservado sólo a quienes deciden, porque sí, parar un momento el plan de viaje y dejarse seducir por los caminos que se bifurcan de la ruta principal. Repetiremos.

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Tiempo de crisis

Tiempo de crisis.

 


El muro de las liberaciones

Paseaba despreocupada, arropada por el pesado beso del calor del sol. Ya había dejado atrás la Fonte Frida, el manantial donde las más jóvenes se apresuraban a buscar no sólo agua, sino la ronda de algún mozo avispado. En un momento de locura podría haberse tirado por el precipicio; pero ni estaba loca ni quería parecerlo. Así que ascendió paso a paso el camino olvidado, aquél que el pueblo entero recorriera una y otra vez, mucho tiempo atrás, para llegar a la cima del cerro sin nombre, donde dormían las ruinas del castillo abandonado. El polvo de la tierra ascendía como vapores calientes de un río de piedras y guijarros. Paso a paso fue culminando su pequeña hazaña, vislumbrando a lo lejos el pueblo, cada vez más pequeño, y el bosque, cada vez más grande. El cielo parecía apagarse lentamente según iba ascendiendo, como un degradado de una fotografía en blanco y negro. En algunos tramos tuvo que afinar sus recuerdos para imaginar por dónde discurría el paso de sus antepasados, que labraron sobre roca y tierra el sendero que llega hasta aquí. Y en lo alto, sin no muchas caídas ni arañazos de ortigas y malas hierbas, contempló el secarral sobre el que aún se erigían los restos de la muralla que ya nada protegía, que ya nada defendía, a quien ya nadie espantaba. Allí arriba, en el cerro que dominaba toda la comarca, se deshizo de todos los murmullos, de todos los comentarios, de todas las envidias, de todas las malas lenguas, de todas las habladurías, de toda la maldad que sus vecinos habían vertido en su persona. El grito se escuchó a varias leguas de distancia. Reconfortada, se sacudió las manos levantando una pequeña nube de polvo, se enjugó el sudor de su frente y reemprendió el camino de vuelta. Quizá ahora sí la tomarían por loca.
Sobre el pueblo, dicen, sobrevoló de repente la sombra de un enorme águila que tapó casi todo el pueblo. Los cazadores pensaron en su majestuosidad sin ni siquiera haber podido ver el cuerpo que produjo semejante silueta. Nadie, ni el alcalde ni los consejeros más viejos, pudieron ver el águila, que pronto cobró forma de leyenda, que es como se justifican las cosas que están delente de nosotros y no comprendemos. El gran águila invisible pronto pasó a formar parte de la superstición popular.

En algún lugar de vuelta a casa, ella sonrió.


El embarcadero real

El embarcadero real, Aranjuez.

 


La rabia bajo la calma

Todos los años Ruidera se enfada. Esta vez has sido tú, Colgada. ¿Quién dijo que bajo tus mansas aguas no escondes torrentes de rabia? Hasta los más calmados tienen su momento de locura. Las lagunas, también. Descanse en paz.

Muere un submarinista en las Lagunas de Ruidera


Perseidas

Una de las noches mágicas de mi vida llegaba siempre en agosto. El mundo dormía aplastado por el calor del verano, pero nosotros salíamos afuera para redescubrir un espectáculo del que el ser humano se ha divorciado definitivamente: el cielo nocturno. Y allí, tumbados boca arriba, sin farolas, coche, calles ni edificios, sólo con cerros y árboles como vecinos, admirar los astros era algo tan simple pero a la vez tan mágico que casi nunca perdíamos la ocasión. Éramos tan pequeños que era fácil dejarnos atrapar por cualquier pátina de irrealidad. Y dejábamos que la madrugada nos envolviera tenuemente sin darnos cuenta, cuando los mayores dormían, cuando trasnochar estaba prohibido, e incluso teníamos que abrigarnos con alguna toalla protectora. Esa mezcla de luces, sombras, verano, calor, frío… Sólo las Lágrimas de San Lorenzo lo hacían posible.
Esas noches, cuando la Luna no nos estropeaba el espectáculo con su potente luz, la bóveda celeste era un inmenso techo negro sobre el que podíamos distinguir millones de luceros resplandecientes. El ambiente era único: podía escuchar sin esforzarme la sinfonía de la naturaleza: podía oír las aves nocturnas en su eterno cantar errático y sosegado. El frescor de la laguna ascendía por el cerro, mezclándose con juncos, romeros y tomillo.  A veces veíamos esas linternas vivas y mágicas que llamamos luciérnagas: esos puntos amarillos luminosos como pequeñas bombillas, como auténticos fantasmas que esperan a que todo el mundo esté durmiendo para salir y lucir todo su increíble ser.
Mi padre, aficionado a la astronomía tras horas y horas de paciente contemplación y lectura (cosa que yo nunca logré heredar) nos descubría que en el cielo también existen rincones: el pequeño cinturón de Orión, la gran W de Casiopea , la difícilmente reconocible Andrómeda, el grandioso Cignus dominando el cielo… Pero nada como Perseo en agosto: era bombardeado por estrellas fugaces que atrapábamos con la vista como ovnis que se estrellaban irremisiblemente. Nunca era como en las películas ni como en la televisión: la frecuencia era francamente paupérrima, y cada estrella fugaz no atravesaba el cielo de lado a lado; pero cuando podíamos ver alguno de esos meteoros escurridizos, las exclamaciones de júbilo nos mantenían despiertos. Y así pasábamos las horas despertando la imaginación y aprendiendo a ver más allá sin complejos. No tardábamos mucho en irnos a la cama, rendidos por el cansancio propio de la temprana edad, pero nos íbamos contentos por haber visto, sólo por una noche, las entrañas del universo en todo su esplendor.
Hoy veo niños en la ciudad, que a penas han dejado de ser bebés, acurrucados en los brazos de sus padres, muertos de sueño, “disfrutando” en un pub a las tres de la mañana del egoísmo de sus progenitores, que no quisieron ser papás sin renunciar a los sacrificios que ello conlleva. Esa total falta de responsabilidad ni siquiera es recompensada por una actividad mínimamente interesante o estimulante para un infante. En su lugar: ruido, gritos, bebidas, humos… El niño se rinde harto del jaleo. O, en el peor de los casos, se espabila y aguanta las horas intempestivas integrándose en una actividad que no debería conocer hasta bastantes años después.
A veces pienso si ya seré mayor al pensar todo esto y recordar mi infancia como algo lejano y extraño en los tiempos que corren. Hoy busco el mismo cielo que me regalaba el mayor espectáculo jamás conocido por el hombre, pero casi nunca lo encuentro. Quizá, asomado a alguna laguna al atardecer, vea reflejos desperdigados, como si fueran estrellas fugaces que se han estrellado contra el agua, donde ahora flotan como islas de luz en medio de un océano negro de agua infinita. Entonces, sólo entonces, volveré a ser un niño y todo tendrá sentido.


Plaza mayor

Me entrego a la locura
porque al fin he comprendido
que amar sin amargura
es buscar algo sin haberlo perdido.

Me escondo en cualquier rincón
sabiendo que soy invisible.
Aunque quisiera suplicar mi perdón
Sé que no sonaría creíble.

El preso sin condena ha decidido escapar.
Después de muchos caminos remotos
erró al soñar sin pensar
que los barrotes ya estaban rotos.

Peligro: sigo libre.
Cuidado: sé que estoy loco.
Tranquilo: es sólo por amor.  
Posdata: Nos vemos en la Plaza Mayor.