Archivo para julio, 2010

Espíritu de águila

Hay veces que una buena conversación es tan placentera que la recuerdas durante días. Hay personas propensas a crearlas. Es maravilloso encontrarlas porque no sólo tienen temas variados, casi inagotables, sino que tienen la mente abierta y están dispuestas a escuchar opiniones encontradas. Una conversación no deja de ser un intercambio de ideas que enriquece a ambas partes, donde es tan importante hablar como escuchar; verlo así es fundamental. Sin embargo, hay ocasiones en que da igual lo que digas: nuestro interlocutor está demasiado ocupado oyéndose a sí mismo como para atender nuestras palabras. Es difícil llegar a distinguir a esas personas, pero al final se descubren: cuando no te dejan hablar, cuando te pisan las frases, cuando ni tan siquiera miran a los ojos mientras les cuentas algo… En esos momentos puedes decir lo que sea, porque no se enterarán: “Soy un delfín extraterrestre y me he meado en los pantalones”. Dará igual.
Quizá esta cigüeña que fotografié en Ávila fuera un águila en otra vida. Quizá nosotros mismos fuimos águilas en otras vidas. Pero ¿sabes realmente lo que es tener un espíritu de águila? En mucho tiempo no he encontrado una manera más pacífica, elegante y bonita de decirle a alguien: “Cierra tu maldita boca y escucha al resto del mundo.” Viva Doctor en Alaska:


Muros

“Contra un muro puedes darte y romperte la cabeza, repetir sin parar hasta ver cómo se cae.” Si rompemos cabezas o ladrillos es cuestión de tiempo. Quizá mucho pasó y mucho tiene que pasar. Pero los muros van cayendo y nosotros seguimos con la cabeza medio entera. Y siempre que vuelvan a temblar los cimientos, bailaremos sobre ellos aprovechando el ritmo de su meneo. Y si alguien o algo nos vuelve a levantar un muro delante de nuestras cabezas, nos pondremos el casco y afinaremos la puntería. Mientras no sean los muros de nuestra propia casa, seguiremos estrellándonos contra los ladrillos más firmes que se presenten hasta que podamos ver el oto lado. Y através de ese agujero, aunque quizá no sea el más confortable ni guste a todo el mundo, volveremos a pasar, cogidos de la mano, igual o más enamorados, para volver a besarnos desnudos y eternamente entrelazados.

Dedicado a Pequeña Luna, para que vuelva a sonreir.


Carlos Núñez (y su banda)

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Aranjuez, 27 de mayo de 2007.

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Demostración empírica de un boceto autodestruido

Voy cayendo sin control, ladera abajo, rebozando de barro y piedras este cuerpo mortal que se niega a morir. Me dejo vencer por la inmisericorde gravedad. Soy la manzana de la humanidad abollando su piel en caída libre. Soy la prueba empírica que desobedece fórmulas y teoremas. Prácticamente soy una teoría abstracta. Teóricamente soy un cero a la izquierda. Un boceto inacabado que se autodestruye antes de haber nacido. Y caigo, y caigo, y caigo… Y en mi caída precipitada no siento nada. Y en mi caída rodada la Tierra deja de girar. Mido el eje sobre el que doy vueltas. Pero varía a cada giro. Falla la teoría; otra vez. Sólo al chocar contra una gran piedra, que detiene el experimento físico sin premeditación, todo tiene sentido. Tumbado en el suelo, sintiendo en el pecho una gran bomba explotar una y otra vez, recuerdo que no existe la gravedad. Somos bombas que explotan, flotando en medio de un mar negro de estrellas cuya existencia nadie conoce más allá de un año luz de nosotros. Llevamos siglos dudando de su existencia, pero quizá sean “ellos” los que realmente dudan de la nuestra.
Siento la espalda destrozada. Las piernas estiradas, llenas de moratones. Ambos zapatos han salido disparados; estoy descalzo. Los brazos, inertes, abiertos en cruz. Soy una gran cruz tirada en el suelo. No me puedo levantar. El cielo es un techo demasiado alto para pintarlo esta noche. Alcánzame una escalera o tendré que volver a ver cómo se va apagando poco a poco, con su infinita luz negra de estuco brillante. Ladeo la cabeza y me sorprende el sol, como un dios olvidado por una Iglesia demasiado prepotente, yéndose sin hacer ruido, por entre las ramas de un árbol seco que parece saludarme con un corazón resplandeciente. Quizá sea sólo un delirio. Al menos sé que esta tarde no he caído: he ascendido sin darme cuenta. Este boceto tiene que terminar de autodestruirse para poder volver a nacer.

Quizá mañana ya no recuerde nada.


Quizá

Sólo sé que no soy nada en medio de un universo que se expande, que no comprendo, que no respeto. Solamente una palabra es suficiente para destruirme. Soy tan frágil como un pétalo de hielo, como un rayo de luz dentro de la más inmensa cueva que seas capaz de imaginar, llena de fieras preparadas para devorarme. Tan insignificante que nadie me oyó gritar; ni siquiera mi propio eco respondió. No soy nada; la nada soy yo. Sálvame de mí, sálvame del mundo, sálvame si caigo boca arriba, como un bicho incapaz de levantarse. Incapaz de volar. Incapaz de soñar. Esta vez, incapaz. Para siempre, mudo. Para nunca, vivo. ¿Alguna vez…? Quizá.


Sean Stiegemeier

Esto tenéis que verlo. ¿Quién dijo que la Fotografía es estática? Cómo me gustaría poder crear maravillas como ésta. Disfrutadla tanto como yo.


Atrapado en un documental de ciencia ficción

Me quedé dormido. Suele pasarme. Ese aparato que eructa imágenes y sonidos es inmejorable para conciliar el sueño. Pero esta vez fue diferente, ya que quedé atrapado en un documental de ciencia ficción.

Y volé. Volé sin miedo para echar un vistazo al mundo desde las alturas.
Y pude ver que el agua era tan pura que reflejaba con nitidez las nubes, como algodones blancos y esponjas mojadas, sobre una superficie lisa como el hielo.
Y pude ver la tierra cubierta por una espesa capa de hierba color esperanza pura, empapada de rocío.
Y el sol se ocultó dos veces para complacer a las miles de personas que le aplaudieron por el precioso atardecer que había conseguido.
Y los humos se transformaban en nubes que, a su vez, regaban campos ricos y prósperos llenos de vida, que recolectaban otras gentes para continuar con la suya.
Y escuché las más bellas canciones y los cantos más estremecedores encima de un volcán que escupía litros y litros de agua pura de manantial.
Y un “perdón” se escapaba de las bocas de miles de personas. Y los “te quiero” inundaban las ciudades, las aceras, las casas y autobuses. Y los autobuses iban siempre vacíos.
Y los políticos no daban mítines; gobernaban. Pero el pueblo mandaba.
Y los niños reían al caer; y los llantos eran los chorros de las regaderas de los jardines más opulentos. Y los jardines plagaban el Planeta, y albergaban pequeños espacios protegidos llamados ciudades, condenados irremediablemente a desaparecer.
Las guerras eran pequeñas discusiones. Y las discusiones eran fragmentos de tiempo no superiores a cinco minutos, donde se intercambiaban puntos de vista alrededor de un alto sauce. Y los sauces llorones lloraban a carcajadas.
Todas las especies animales y vegetales estaban protegidas, porque todas formaban parte del milagro de la vida.
Y los errores eran recompensados con ánimos. Y “¡ánimo!” era la definición de “fracaso” en el diccionario.
Los niños reían como adultos, y los adultos lloraban como niños. La música atravesaba fronteras… Y las fronteras no existían en un mundo donde la raza predominante era… la Humana.

Me senté sobre la silla que alguien, con una sonrisa, me regaló. Con los ojos llenos de lágrimas de emoción, pensé en no hacer nada más durante toda mi vida que contemplar atardeceres y amaneceres. No me sentí en el Paraíso, porque el Paraíso no podría ser más perfecto. Pero, justo cuando la Luna comenzaba a sonreír por el horizonte, aparecieron las letras de crédito.

Y alguien, desde el otro lado, apagó la televisión.