Un trago de luz blanca

“¡Léeme!”, imploraba mudo el maldito papel desnudado de sobre y sello. “¡Léeme y húndete! ¡No eres nadie!” Casi podía escuchar sus risotadas golpearme la cara, escupirme sin contemplaciones y arañarme el siempre escaso orgullo que esconden mis costillas. Ese maldido papel tenía toda la envidia concentrada en menos de medio metro cuadrado de delgada soberbia. Su celulosa me quemaba la piel cuando guardé su cuerpo endeble y estúpido en el bolsillo. La tinta que manchaba su superficie era la sangre podrida y negra de su propia alma. Y su alma fue creciendo hasta romperme el bolsillo, desgarrarme la piel y e intentar penetrar en mi interior. Pero entonces dije basta…

Porque cuando la negritud acecha detrás de la esquina, y nos pilla a traición sin salvavidas, inundando de nada cada pisada, descargando el alma resguardada, jugando con sueños y melancolías, disparando improperios y maliciosas amenazas, haciendo llover sobre corazones encendidos y sonrisas iluminadas… Cuando ella llega, como siempre, sin invitación ni aviso, lo mejor es echar un buen trago de luz blanca para proteger nuestro cuerpo. Y entonces, sólo entonces, desaparecerá de nuestros pensamientos… Y volveremos a ser puros y honestos.

Mientras, el papel duerme esta noche en su cómoda papelera, lejos de mi confianza. Donde le corresponde.

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