Archivo para junio, 2010

A un sueño de distancia

Mece el ligero viento, capricho de esta tarde de verano calmada y silenciosa, la superficie de mi vieja laguna olvidada. Mece su piel arrugada de olas que, sumisamente y a contracorriente, bailan al compás del sol en su descenso suicida. Un sonido… y ya duermo; un aroma… y ya recuerdo; un instante… y ya sueño.

Me siento sobre el viejo puente de madera, cuyos crujidos me invitan infructuosamente a desistir . Me tumbo sobre él y oteo el lejano horizonte de cerros fluviales, aquellos que de niño recorrí en busca de una fuente donde saciar mi curiosidad. Recuerdo aquellos paseos solitarios pisando hojas muertas en otoño, flores vivas en primavera, ramas secas en verano y pensamientos rotos en invierno. Recuerdo quemar mi niñez en estos parajes convertidos en escenario de mil aventuras. Recuerdo crecer descalzo entre amigos de madera en bosques secretos. Recuerdo descubrir que no todo eran juegos, risas y colores, pues también existía el blanco y negro. Recuerdo la primera vez que la vieja laguna y yo hicimos el amor, desnudos ambos, entregados en un baile mojado de frenética adrenalina. Yo, dentro de ella; ella, abrazando mi cuerpo entero. Recuerdo cómo me enseñó a nadar y cómo aprendí a flotar para no hundirme en la negritud de su profundo estómago. Mis pies descalzos volando sobre ella. Recuerdo aquella sensación de inmortalidad, caminando encima de su piel de agua y olas. Recuerdo que nunca me dejó caer. Recuerdo que nunca me dejé vencer. Recuerdo que nunca volveré a nacer…

Hoy quedan lejos los días de sosiego y despreocupaciones. Hoy el sol dibuja estrellas brillantes en mi vieja laguna. Hoy vuelan dos garzas ensimismadas por la estampa. Hoy hundo mi manos en el agua y siento su frío salvaje. Hoy sé que puedo viajar en el tiempo.
Pero aún no me he levantado del viejo puente de madera y compruebo que, en verdad, ni estoy aquí ni existe tal estampa: es sólo el recuerdo de una fotografía que nunca tomé, pero que me espera a justo un sueño de distancia.

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Ardilla

A veces quisiera esconderme detrás de un árbol y dejar de molestar al mundo.


Un trago de luz blanca

“¡Léeme!”, imploraba mudo el maldito papel desnudado de sobre y sello. “¡Léeme y húndete! ¡No eres nadie!” Casi podía escuchar sus risotadas golpearme la cara, escupirme sin contemplaciones y arañarme el siempre escaso orgullo que esconden mis costillas. Ese maldido papel tenía toda la envidia concentrada en menos de medio metro cuadrado de delgada soberbia. Su celulosa me quemaba la piel cuando guardé su cuerpo endeble y estúpido en el bolsillo. La tinta que manchaba su superficie era la sangre podrida y negra de su propia alma. Y su alma fue creciendo hasta romperme el bolsillo, desgarrarme la piel y e intentar penetrar en mi interior. Pero entonces dije basta…

Porque cuando la negritud acecha detrás de la esquina, y nos pilla a traición sin salvavidas, inundando de nada cada pisada, descargando el alma resguardada, jugando con sueños y melancolías, disparando improperios y maliciosas amenazas, haciendo llover sobre corazones encendidos y sonrisas iluminadas… Cuando ella llega, como siempre, sin invitación ni aviso, lo mejor es echar un buen trago de luz blanca para proteger nuestro cuerpo. Y entonces, sólo entonces, desaparecerá de nuestros pensamientos… Y volveremos a ser puros y honestos.

Mientras, el papel duerme esta noche en su cómoda papelera, lejos de mi confianza. Donde le corresponde.


Cristales

Música (improvisación al piano), fotografías y vídeo: La Retina de Cristal

Agradezco al Mundial 2010 de fútbol su omnipresencia en los medios, y a los medios españoles su prepotencia, que me han invitado a apagar la televisión (sí, hoy viernes 25 de junio a las 21 horas, en pleno “partido trascendental”) y disfrutar de verdad haciendo este pequeño “cristal” audiovisual…


5.14 AM.

Esta mañana ha vuelto a brillar el sol, más alto y más fuerte que nunca. El destello de un cielo azul inmenso como un océano colgado de las nubes me ciega los ojos. El sabor de mil colores desperdigados sin orden ni planificación, pintanto de canciones la calle, despierta mi imaginación. Estiro mi cuerpo en la cama hasta alcanzar con la punta de los dedos de las manos su cabecera, y con los pies acaricio los de mi dormida amada.
Sé que hoy volveré a correr. Sé que hoy regresaré al lugar de donde nunca debí partir. Sé que hoy las horas competirán con los segundos. Sé que hoy me levantaré con más ganas, ilusión y pasión que nunca. Sé que volveré a sentirme valorado.

Pero suena el despertador y las 5.14 de la mañana me devuelven a mi realidad. Todo sigue siendo gris. No es una sorpresa que no me sorprenda.


Esperando en la orilla

Dentro de mil años nadie se acordará de nosotros. Pero hoy recuerdo aquella tarde de lluvia y melancolía. Recuerdo aquellos días despreocupados. Días lentos con pasos agigantados. Sobre nuestras cabezas, el peso del futuro. Sobre nuestros hombros, el calor de la ilusión. Sobre nuestros labios, el dulce gusto del amor.
Dentro de mil años nadie se acordará de nosotros. Esta tarde, cobijado bajo mi propio techo, escucho el repiquetear del agua en el tejado. Repite la lluvia la percusión de la vida. Percusión de agua y viento. Olvido el instinto y salgo a cielo abierto. Ahora sí me siento vivo. Mil gotas frías golpean mi cara, como si fuera el tambor que, estoico, disfruta al ser golpeado.
Dentro de mil años nadie se acordará de nosotros. Porque nosotros seremos sólo el recuerdo perdido en una base de datos obsoleta. Pero solos tú y yo sabremos que no fuimos números, que aquella tarde fue verdad, que la orilla existió y que la vieja barca de madera podrida, sin remos ni quilla, un día nos contempló.

Casi no lo recuerdo, y ya llueve otra vez.


Efímera eternidad

¿Por quién no pasa el tiempo?