Archivo para mayo, 2010

El “Efecto Oreja” (La Oreja de Van Gogh, 2ª parte)

A uno le gustaría relatar lo de esta entrada todos los días, pero a pesar de la emoción del momento y la fe en uno mismo y en su trabajo, sabe que no es mérito propio, sino de otros. Y es que en dos días este humilde blog ha cuadruplicado sus visitas. ¿Me he convertido en un famoso fotógrafo? En absoluto: lo achaco al que he bautizado como “Efecto Oreja” (como el de la mariposa, pero virtual), y no es otro que la ilusión y pasión de miles de personas en todo el mundo por el grupo español La Oreja de Van Gogh, que actuó en Aranjuez hace unos días y cuyas fotografías han provocado un efecto dominó que ha hecho que “La Retina de Cristal” haya sumado 800 visitas en sólo 48 horas, con un récord de 518 en un solo día. El boom ya está pasando, pues las visitas decrecen, pero por lo menos uno es feliz sabiendo que las fotografías que tanto costó realizar (mojado por la lluvia, “apretujado” en la quinta fila y con un objetivo muy poco luminoso) decoran ahora los ordenadores de cientos de personas en todo el mundo. Gracias a ellas por esa ilusión y esa acogida multitudinaria. Gracias a la gente del Foro Oficial de LOVG. Gracias a La Oreja de Van Gogh por una noche maravillosa (¡y por poner un enlace en su Facebokk oficial!). Y gracias a Pequeña Luna por estar conmigo (pese a todo…) para compartir un momento tan mágico, abrazada a mis abrazos (aunque al final, como siempre, me pasara más tiempo pegado a mi Nikon, lo siento…).

Así que por eso, por todo, por nada, porque parece que a la gente le gustaron las fotos, supongo que les hará ilusión ver algunas de las muchas que se quedaron en el tintero. Allá van 26 más inéditas. Ojalá las disfrutéis y si queréis pasaros por aquí algún que otro día, aunque ya no haya oreja ni Van Gogh, pues seréis bienvenidos. Y si no, como dice cierta canción, ha sido “un placer coincidir en esta vida.”

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[“La Oreja de Van Gogh, 1ª parte”]


La Oreja de Van Gogh


Casi no podía creer cuando me dijeron que “La oreja de Van Gogh” iba a actuar en mi propia ciudad que justo ese viernes me tocara trabajar en turno de noche. Pero acabo de llegar a casa tras haber tenido la fortuna de disfrutar de un gran concierto de un gran grupo que gana en directo. Fuera prejuicios y viva la buena música. Ha valido la pena pedir el día libre en el trabajo  para disfrutar en Aranjuez de este maravilloso espectáculo musical. Lástima que la lluvia estuviera a punto de chafarlo todo (y a buen seguro que alguna sorpresa se quedó en el tintero, como las pantallas del escenario), pero la hora y media de música se hizo corta; podrían habernos dado más dosis de pop y rock del bueno, a pesar de la fría noche, y no nos hubiéramos ido a casa, cayera del cielo lo que cayera. Acabamos empapados esperando el comienzo, pero cuando las luces se apagaron tras el último bis nadie se acordó de la tormenta acuática, sino de la musical. Grandes.

Tengo que comprarme otro objetivo, pero algo pudimos hacer. De las doscientas fotos, creo que estas son las mejores…

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Gracias a estos grandes músicos por darnos “como siempre, inolvidable, otra noche tan bonita como tú.”

[ ¡MÁS FOTOS!: “LA OREJA DE VAN GOGH, 2ª PARTE]


Consuegra, los brazos del viento

Entrecortados en los horizontes manchegos se alzan estos gitantes que una vez temió un maravilloso loco literario y que hoy siguen desafiando al hombre que los creó: los molinos de viento de Consuegra (Toledo) son unos de los mejor conservados de España. Más que adornos, estas máquinas de ingeniería ecológica son hoy estandartes que una vez echaron un pulso al viento, al tiempo y al progreso; y ganaron.

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El molino, eje de la industria manchega
“Molino de viento, poco trabajo y mucho dinero.” Con este curioso lema, la industria castellano-manchega pretérita prefirió la fidelidad de un viento fuerte y constante a las siempre traidoras, esporádicas y escasas aguas fluviales. La Mancha no es tierra a la que encomendar el futuro de la región a sus ríos, siempre a expensas de las terribles sequías. Así que el castellano-manchego se dispuso a seguir la tónica europea y lenvantó molinos de viento por doquier. Los pocos cerros y oteros en medio de las llanuras interminables fueron los mejores amplificadores del viento para las aspas de estos gigantes de mampostería encalada. Campo de Criptana, Mota del Cuervo o Alcázar de San Juan cuentan con algunos de los molinos más famosos de España. Y Consuegra, también. Hoy vamos a visitar sus molinos y a pasear por algunas de sus tranquilas calles.

Consuegra abraza con mimo y cariño el Cerro Calderico. La población se desparrama a sus pies y es contemplada por la figura de sus doce molinos de viento, blancos y radiantes, y su castillo del siglo X. Fue aquí, en este cerro, donde tuvo lugar el primer asentamiento íbero en el siglo VI antes de Cristo. Y es que no podía haber mejor lugar estratégico: desde aquí arriba se divisan varias decenas de kilómetros en todas direcciones. La llanura manchega cobra aquí su máxima expresión, y nos sentimos dominadores sobre unas tierras infinitas. O, al menos, privilegiados observadores. Son las mismas vistas que contemplan desde hace siglos los doce molinos de viento que hoy visitamos. Doce supervivientes de los trece originales, que hoy albergan diferentes museos (de vinos, artesanía toledana, fotografías, etc.).

Espectaculares vistas desde el Cerro Calderico

Espectaculares vistas desde el Cerro Calderico

Abajo: el mástil o pértiga de madera servía para girar la parte superior del molino y sus aspas, buscando la mejor dirección y efectividad del viento dominante.

Espectaculares vistas desde el Cerro Calderico

La senda de Gregorio Prieto es sólo un pequeño arañazo en el terreno rugoso e irregular. Pero su nombre tiene mucho peso en la región, y aún más en el mundo de la pintura, pues era él pintor de la generación del 27, nacido en la cercana Valdepeñas. La senda que lleva su nombre es poco accesible y práctica, pero una piedra grabada recuerda el nombre del pintor en unas tierras cuyos molinos inspiraron algunos de sus trabajos.

Bajamos por fin del cerro Calderico para adentrarnos por las las calles de la ciudad. En la plaza del ayuntamiento llama la atención la balconada del edificio de los “corredores”, del siglo XVII. En su interior hallamos ahora el museo provincial arqueológico. La plaza de España, auntiguo foro romano, es el punto de encuentro de la ciudad donde tienen lugar muchas actividades públicas, todo presidido por el ayuntamiento renacentista (levantado en 1670). Llaman la atención la torre del reloj y su arco sobre el paseo peatonal, todo típicamente toledano.

El Amarguillo parece arrastrar su triste nombre por entre las tierras resecas de la comarca. Río triste de triste cauce, a penas visible a su paso por Consuegra, aunque partiendo la población en dos ha obligado la construcción de varios puentes para unir ambos barrios. Hoy es un cauce prácticamente seco, una rambla ancha reconvertida en algunos puntos en jardín, con fuentes más generosas en su cantar acuático, aunque artificial. En la otra orilla, asomado al Amarguillo, se sitúa la Iglesia de San Juan (1567), con la típica estética tradicial de cruz latina con una torre dividida en cuatro cuerpos simétricos, estilo propio del castellano-mudejar. Muy cerca de aquí, en la calle Vertedera Baja, encontramos un escudo de piedra del apellido Cervantes.

Dejamos atrás Consuegra y sus molinos. La llanura vuelve a acogernos para regresar a casa, acompañados por el ruido del viento golpeando el parabrisas. Quizá mirando por el retrovisor nos traicione la vista y creamos ver fornidos brazos donde, en verdad, sólo hay aspas. Pero ¿qué hay de malo en dejarse llevar, aunque sólo sea una vez, por la tan menospreciada imaginación?


Aprovechados

La pobre planta, último resquicio del movimiento verde en la gran ciudad del siglo XXII, harta del avance implacable de los humanos, expresó su más profundo sentimiento en contra de la intimidación impune de los bípedos que pasaban a su lado. Sólo quienes afinaron su atrofiado oído por años y años de tráfico incontrolado pudieron escuchar el leve murmullo de miles de hojas protestando sin parar: “¡Basta de podas salvajes! ¡Las plantas también respiramos! ¡Menos carriles y más jardines!” Sólo un arbusto se atrevió a mostrar una pancarta que pocos leyeron. Los aprovechados pasaron de largo. Quizá, mañana, hagamos aquí un aparcamiento subterráneo y cuatro carriles más. A eso llaman progreso. Progreso… ¿para quién? Para los de siempre, claro.


Henri Cartier-Bresson

¿Cómo calcular justo el momento en el que un ciclista va a quedar enmarcado en una escalera de caracol y el adoquinado de una solitaria calle? Con intuición y algo de magia. Eso es el “instante decisivo” del que tanto se habla en fotografía: toda imagen que se precie tiene su momento perfecto; un segundo antes o después y nada sería lo mismo. Esa era a filosofía de Henri, un genio convertido en leyenda tras su muerte en 2004, que muchos aún seguimos con devoción.

Henri estudió y practicó pintura en sus inicios, pero desde que publicó su primera fotografía quedó enganchado a su droga. Fundó la más prestigiosa agencia de fotografía de la historia junto a varios colegas (Magnum) y se dedicó a viajar y vivir de su pasión. En su obra, principalmente humanista, nos aguardan la sátira, la ironía y las sorpresas de sus famosos instantes decisivos, que más bien son “momentos a hurtadillas”, capturas de un cazador de situaciones cotidianas. A la izquierda, una elegante mujer obvia su periódico de la mañana para fijarse (seguramente escandalizada) en la “descarada” joven que despreocupada muestra sus piernas. Menos afable es la guerra; estuvo en la civil española, aunque se le recuerda más por sus retratos a famosos.

Como si renegara finalmente de la fotografía, en 1970 (con 62 años) abandonaría dicho arte (aunque curiosamente él nunca lo consideró tal) para dedicarse exclusivamente al dibujo. En 2004 falleció a los 95 años. En su legado encontramos un gran puñado joyas imprescindibles para entender la Fotografía. Y es que su nombre estará siempre ligado a su inseparable Leica.

Con ella captó historias como la de arriba (“La confidente de la Gestapo”): tras las II Guerra Mundial, los prisioneros de guerra regresaron a casa en Alemania, donde se produjeron “informaciones”, es decir: reuniones en las que se destapaba de qué bando había estado cada vecino. Los prisioneros, aún vestidos como tales, descubrían a sus delatores. La enérgica y expresiva señora de la derecha acaba de descubrir que la mujer cabizbaja de la izquierda (que parece asumir pusilánime la reacción de su víctima) le delató a la Gestapo. Todos miran como si fuera una escena de una película o teatro al aire libre; pero todo es real: la confusión, el odio, el rencor e incluso el arrepentimiento. La composición es perfecta, y el instante decisivo, de nuevo, está presente más que nunca.

 

Para muchos, él sigue siendo una leyenda que ha inspirado nuestra propia obra.


¡Abajo con él!

Antiguo hotel "La Colgada", aberración urbanística

Antiguo hotel "La Colgada", aberración urbanística

Quizá sea verdad que el tiempo pone todo en su sitio. Pero mucho tiempo ha tenido que pasar para que, al fin, las aguas de Ruidera recobren el espacio robado por el hombre. Fue en los años 60 cuando a un grupo de empresarios no se les ocurrió otra cosa que levantar bloques de apartamentos y un espantoso hotel en plena orilla de las Lagunas de Ruidera. El problema es que esos edificios han durado hasta hoy, pues si los dueños pagaron en su día y continuaron pagando porque “les dejaron hacer”, sólo cabía una expropiación. Cuando ésta llegó hace cuatro años, la estupefacción de los naturistas fue enorme al comprobar que la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, en vez de echar abajo el edificio para recobrar la paz del lugar y su estado natural, lo convirtió en un albergue juvenil (Albergue Juvenil Alonso Quijano). Un edificio que acumula decenas de denuncias por impacto paisajístico y vertidos contamiantes pasaba a ser un albergue juvenil de la Administración; inaudito. Pero quizá sólo era para despistar. Y es que este mismo año la Junta acaba de reconocer que cerrará el albergue, muy probablemente para derribarlo. Demasiado dinero gastado en vano (dos millones de euros), demasiados errores, demasiadas irregularidades… pero al fin, una decisión con valentía. Ese horrendo edificio (pintado de naranja en la parte izquierda de la fotografía superior) desaparecerá de un lugar en el que nunca debió existir. La orilla volverá a ser de todos; también los manantiales que destrozó, y la fauna y flora que arrasó para constrir sus cimientos y sus embarcaderos, usurpando no sólo el límite de aguas público, sino incluso las propias aguas de la laguna, que invadió varios metros.
Como se suele decir, hasta que no lo vea no lo creeré. Pero el paso está dado. Ojalá la misma tónica continuara con el resto de edificios que no se adecúan al espacio, que roban las playas y las orillas, que destrozan cascadas y manantiales, que impiden el acceso al agua y que rompen la armonía del lugar, como los bloques de hasta cinco pisos que vemos en la misma fotografía, más propios de ciudades superpobladas que de un Parque Natural. ¡Abajo con ellos!


Cicatriz de otoño

De la primavera me quedé con tus flores salvajes, la suave caricia de tus pétalos recorriendo mi pequeño cuerpo, mimosa y juguetona, coqueta y traviesa, dejándote llevar por el aroma embriagador de lirios, rosas y jazmines.
Del verano que quedé con tu cálido aliento besándome lentamente los labios, la cairicia del sol tras atravesar un cielo limpio y despejado, estampándose contra dos cuerpos desnudos, aquella noche mágica salpicada de estrellas, aquella vía láctea pintada de secretos que sólo tú y yo guardamos, la promesa eterna de mirar la Luna por siempre como dos enamorados.
Del otoño me quedé con la cicatriz de amor que me grabaste con el filo de tus besos sobre mi piel marchita.
Y del invierno sólo recuerdo el frío aterrador de tu ausencia, esperando pusilánime la llegada de la primavera para volver a disfrutar del aroma de tu efímera existencia.