Archivo para abril, 2010

Vetana de emergencia

Siempre tienes una ventana de emergencia por la que escapar. Sólo tienes que imaginarla.


Música

No estés asustado; todo lo que ves es tu imaginación. Todo lo que sientes es tu vida. Vuela.

Suena un piano de agua meciendo el aire con vibraciones improvisadas. Cada nota despertada de ninguna parte se cuela en mis oídos. Sabes que me has dado en mi punto débil. Ojalá pudiera vivir eternamente para escuchar tu canción sin letra. Ojalá pudiera morir cuando quisiera para burlarme de la muerte. Sólo para reírme de ella. Sólo para jugar con el tiempo; un segundo, sólo un segundo. Y volver a vivir; porque el sentido de la vida es vivirla. Y buscar otra cosa… no tiene sentido.
Amancillo el silencio con el ruido de mi corazón. Late acompasando el alma de tu voz. Hasta la laguna ha contenido la respiración. Ni partituras ni pentagrama; ni ritmo ni jaulas. Eres libre. Música libre que derribas los absurdos muros de fronteras estúpidas y alambres de espino. Tú no necesitas pasaporte ni papeles. Ni los tienes ni los quieres.
El piano se ha transformado en gaita. Y ahora en flauta. El agua danza contigo como en un vals cristalino. Grises y blancos, colores escondidos. Dejan todo el protagonismo al oído. Termina ya la actuación descarrilada y la ovación de un público ausente jamás sonará. Tan sólo quisiera poder dedicarte unos versos, pero ni tengo pluma ni talento. Así que sonrío y, con la rama de un árbol dormido, escribo sobre el agua mi declaración de amor en secreto y efímero documento:

“Y como yo no sé bailar, prefiero mirarte.
Y como yo no sé cantar, prefiero besarte.
Para terminar así, eternamente, al fin: 
con mis dedos enredados en tu pelo,
y tu pelo ondeando salvaje en el viento,
y salvaje un beso de despedida en tus labios,
y tus labios queriendo decir ‘te quiero’.”


Remar

Cualquier día el sol no parecerá el mismo que ayer se colaba por la ventana. Tengo que salir de aquí. No hay camino, sólo agua. Agua y más agua. Si hay fondo sólo lo saben los peces.
Todos los errores que cometí. Todas las tonterías que dije. Todo lo que cambiaría de mi vida. Todo lo que borraría de mi pasado. Todos los besos que no te di. Todas las estúpidas dudas que me hipotecaron la ilusión. Todo el miedo de mí mismo. Todo lo que no soy y nunca seré…

Todo quedará atrás si algún día decido remar.


Un trozo de arco iris

Quieto, ensimismado, congelado en alma y cuerpo, no tan pensativo ni tan consciente, quizá algo cuerdo, quizá bastante loco, quizá no lo suficiente. Quieto, decía, perdido en un mapa inexistente, sin caminos ni calzadas, sin calzado camino, con sudor en mi frente. Si no levanto ruido con  mis pensamientos es porque ni muero ni vivo, pues hoy no necesito transporte para cruzar el puente. Hoy no necesito nada, porque todo está en mi mente.
Despierto en un campo verde de verde mirada. Ya lo he volado antes: anoche lo inventé en un sueño lúcido que hoy, ingénuo, revivo. Me pierdo entre las gotas que caen del cielo. Gotas recorren mi cuerpo. Gotas empapan mi ropaje y calan mi pelo. Mi piel son ríos por los que la lluvia encuentra su cauce. Siento el frío de la brisa envolviendo mi mortalidad hasta ponerla en vilo. Quiero sentir mi fragilidad. Sólo un humano perdido en medio de un deshabitado planeta. Tan cerca de la tierra, tan lejos del cielo. La fuerza de los elementos estrellándose contra mí. Un rayo de sol certero haciendo contraluz a través de los diamantes de agua que descienden de la tormenta. Un rayo y su trueno acertando directamente contra mi cabello. Un pedazo de arco iris marcando el lugar exacto donde un día fui fantasma y, al otro, sólo un olvidado recuerdo.


Un jardín muy especial

De las cosas buenas que nos dejó aquello de contar cosas en un montoncito endeble de papel me quedo con la interesante gente conocida y sus admirables sueños a menudo cumplidos. Pilar S-Infante es una de ellas. Le pedíamos más versos tras su “Atisbo de tu luz”, y hoy por fin nos ha regalado un jardín entero, nada más y nada menos. “El jardín de los mirlos”, que así se llama su colección de poesía sincera, directa, fresca y con olor a primavera. Será porque ya luce el sol sin lluvias ni cielos grises; será porque Aranjuez se ha colado entre sus palabras (¡al fin!) y ha quedado atrapado en sus páginas y en su vida; será porque el libro, tras leerlo, despega sus solapas como queriendo abrirse solo, como queriendo gritar y volar para dejar escapar el atisbo de luz que guarda el jardín de los mirlos que hoy nacen para nunca morir. Será porque un rayo certero de sol ilumina el nombre de la valiente y entrañable autora para culminar su astral viaje por nuestra Vía Láctea. ¿Qué mejor razón de existir que iluminar su nombre aunque sea en la intimidad de mi casa? Mucha suerte y muchos besos.


La ventana del tiempo

Todo lo que me parecía tan importante es ahora tan trivial… No son los años los que pasan, sino nosotros los que navegamos sobre su cauce de días y noches. Cada vuelta que da esta solitaria pelota rebota en el eco del universo. Un eco que nadie oye, que nadie escucha, que nadie siente. Perdido en un mar de mil millones de estrellas sólo sé que no soy nada. Llegará un día en que la pelota dejará de girar. Y entonces ¿qué pasará con nosotros? Dónde quedará la Quinta Sinfonía de Beetthoben, el Concierto de Aranjuez o los Recuerdos de la Alhambra. Quién escalará el Klimanjaro y descenderá el Gran Cañón. Quién evitará que las pirámides de Egipto se reduzcan a un montón de tierra y pierdas. Quién volverá a leer El Quijote o a cantar La Traviata. Quién verá secarse las cataratas del Niágara y caer la Torre Eifel. Cuando el Sol nos engulla seremos el aperitivo del universo. ¿Qué son veintiocho años al lado del infinito? Todo desaparecerá como un ser vivo herido de muerte, porque todo está condenado desde su nacimiento. Es el trato que firmamos y aceptamos. Incluso el tren muerto que espera en la muerta vía visto a través de la muerta ventana.

Porque perdido en un mar de mil millones de estrellas… sólo sé que no soy nada en la inmensidad del universo.


Tembleque, un pueblo enamorado de su plaza

 

Plaza Mayor de Tembleque

Plazas mayores hay muchas. Pero pocas, casi ninguna, como esta: la Plaza Mayor de Tembleque, monumento arquitectónico popular que hoy se conserva como reliquia tan bella como funcional. Todo Tembleque parece haberse detenido en el tiempo: tres mil habitantes que han mantenido la tranquilidad en sus calles y la tradición en su forma de vida. Pasear por sus aceras es tan reconfortante como perderse en un bosque de piedras. Hoy toca dejarse llevar por el encanto de los pequeños pueblos auténticamente castellanos.

[RECUERDA: Pinchando en cada foto, se amplía]

Trescientos cincuenta y siete años llevan estas columnas soportando las galerías que han visto cambiar su uso a lo largo del tiempo: puramente urbanística en el corazón del pueblo y plaza de toros hasta 1988. Un poco antes, en 1973, se reconocía su valor cultural declarándolo monumento de interés artístico. El sabor manchego del lugar se saborea en sus pórticos de columnas de granito y los corredores de la planta superior, con soportes y ornamentación realizados en madera siguiendo las orientaciones de las construcciones de uso popular del siglo XVII.

Detalle de una de las entradas a la Plaza Mayor de Tembleque

Casi todos los pueblos manchegos cuentan con su amplia plaza mayor. Espacios vacíos, huecos en medio de los edificios, agujeros donde los vecinos se concentran y centran sus cotidianas vidas. Aquí se desarrollan los quehaceres comerciales y lúdicos del pueblo durante siglos. Es la plaza más grande del lugar, pensada explícitamente para ser útil, aunque sus funciones varían a lo largo del tiempo. Pero, por encima de todo, una plaza mayor es una carta de presentación al viajero, donde las fachadas de los edificios contiguos hablan de su carácter, su espíritu, su alma y su estética. Tembleque se presenta así, representada por su coqueta plaza, como un lugar orgulloso de su modesta historia y sus rincones pintorescos. No pretende engañar, aparentar lo que no es al viajero: esto es un pueblo orgulloso de serlo. Las cruces de malta, en recuerdo de los caballeros de la orden de San Juan de Jerusalén (Alfonso VII les donó el pueblo), abundan por doquier. Si nos situamos en el centro, puede que tengamos la impresión de estar encerrados, quizá como aquellos toros que aquí fueron sacrificados para disfrute humano. Afortunadamente, la sangre ha desaparecido de su arena fina quemada por el sol, y hoy son los turistas y los propios lugareños los que disfrutan del espacio, cuyas tres entradas están caracterizadas por preciosas torres de cuatro aguas.

Tembleque es una de esas poblaciones aparentemente de paso. Su perfecta comunicación (al lado de la Nacional IV, a 50 kilómetros de Toledo y a 90 de Madrid) facilita su visita, pero si ésta no se produce es por pura ignorancia. Si decidimos hacer un alto en el camino aquí, pasaremos un rato tranquilo y particular. Nosotros así lo hicimos, y aunque la visita es rápida y corta, resulta placentera.
Es temprano y decidimos desayunar. No tenemos que ir muy lejos: en la misma plaza, resguardados por los soportales de madera, una cafetería decente nos alimenta en estas tempranas horas. El ambiente es cordial, cálido, cercano, a pesar de vernos por primera vez: la dueña se muestra muy amable y nos adopta como un vecino más de toda la vida. Otros lugareños entran y realizan sus quehaceres diarios, entablando alegres conversaciones entre ellos y siempre con buen humor.
Ya en la calle, la aledaña plaza con su típica fuente de piedra de molino reconforta el ambiente. Los ancianos nos miran reconociendo nuestro origen extranjero. Echamos un vistazo a los balcones y los edificios cercanos; la mayoría ha copiado la estética de la plaza mayor, con sus maderas y decoraciones idénticas, consiguiendo una simbiosis perfecta.  Algunas casonas se han rehabilitado como casas rurales, y podemos pernoctar a menos de veinte metros de la misma plaza mayor. Muy cerca también está la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, grande en su planta de cruz latina, levantada en el siglo XVI. A caballo entre el estilo gótico y renacentista, fue ampliada en el siglo XVIII, conservando hoy su cabecera poligonal. Aledaña está la ermita de la Virgin del Rosario.

Arriba, dos imágenes de la torre de la Iglesia Parroquial

Las edificaciones del pueblo mantienen su estética cuidada

Fuente moderna con ornamentos clásicos

Arriba y abajo: los vecinos han conservado la estética manchega pura.

Mientras el sol se hace un día más rey en el cielo, nosotros abandonamos el silencioso pueblo con el espíritu recargado, olvidándonos de que somos peces que necesitan de su agua turbulenta para seguir viviendo. La ciudad nos espera, pero no podremos olvidar que, lejos de nuestras vidas ajetreadas y llenas de absurdas prisas, existen reductos de tranquilidad donde a nadie se le hiere el orgullo al llamarle vecino.