Manzanares, cruce de caminos
La Mancha forjó pueblos empedrados, resecos por el implacable sol, peinados por los vientos de la llanura y anclados en el tiempo por sus costumbres y regios edificios. Manzanares es encrucijada de caminos, y lo fue incluso antes de que naciera, cuando las calzadas romanas atravesaban sus tierras y, más tarde, cuando la Mesta lo usaba para el pasto de su ganado. Hoy Manzanares sigue siendo un cruce de caminos importante en la “Llanura manchega” o “Mancha baja”. No nos cansamos de caminar por las tierras y pueblos de La Mancha, y hoy toca detenernos en Manzanares.
San Carlos del Valle

El viajero que camina con los ojos abiertos nunca dejará de sorprenderse. Y así, tras descubrir villas y ciudades magnificadas y soberbias, llega al sureste de la provincia de Ciudad Real, en pleno Campo de Montiel, y atraviesa viejas carreteras cuyo asfalto podría catalogarse como monumento histórico. Es la única manera de llegar a lugares adonde nadie iría, si no fuera atraído por las maravillas que le han contado otros viajeros que, como él, se aventuraron por tierras infinitas y secas. Y, de una u otra manera, nunca se defrauda.
Llegando al pequeño pueblo de San Carlos del Valle, la extraña, original y característica silueta de su iglesia se recorta en el cielo y crea una inédita sensación, como si esa construcción estuviera fuera de lugar, fuera de espacio, fuera de tiempo. La Plaza Roja rusa queda demasiado lejos, piensa el viajero, hasta que entra en las solitarias calles de San Carlos del Valle y descubre que está ante uno de los mejores exponentes del barroco final de la provincia: la Iglesia del Cristo del Valle. Este “Bien de interés cultural” con categoría de “Monumento” (1993) preside una de las plazas más hermosas de toda Castilla-La Mancha.
Rodeado de otras ilustres villas, como Manzanares, Valdepeñas, Villanueva de los Infantes o Villahermosa, San Carlos del Valle suele pasar desapercibida en las guías turísticas. No tiene grandes accesos ni ofrece las posibilidades de ocio propias de una ciudad. Pero sus mil doscientos habitantes a buen seguro se saben orgullosos de su pequeño pero importante patrimonio arquitectónico. El constante flujo de peregrinos para rogar al Cristo del Valle animaron a la Corona a construir, en el Siglo XVI, una ermita levantada sobre la antigua de Santa Elena, para darles cobijo. Es la versión oficial, pero más de una fuente cree que la intención verdadera era crear una construcción emblemática para la Corona Española, para demostrar su poderío. Sería una de las explicaciones para justificar la abundante presencia de símbolos cultos y paganos (o populares) mezclados en la decoración de la nueva iglesia, como las cuatro figuras grotescas que sorprenden al observador, custodiando las cuatro esquinas de la cúpula, debajo de las cuatro torres (abajo a la derecha, una de ellas).
Para cuando la obra de la nueva iglesia hubo finalizado (durante el reinado de Felipe V), la población estable aumentó tanto que se precisó una reordenación del casco urbano. Pablo de Olavide la realizó ya durante el mandato de Carlos III, dando forma a un plano rectangular u ortogonal que hoy rige las calles de la pequeña población. Y es que Carlos III quiso repoblar la zona con campesinos, y el trazado rectilíneo de los caminos de los campos de labranza dio origen al trazado de sus calles, con dos partes diferenciadas atravesadas por la calle principal (hoy carretera CR-644). Esta reordenación asumió el fuerte papel del atrio de la iglesia, adosada a ésta, que se convirtió en la Plaza Mayor de la localidad, y constituye una de las más hermosas y pintorescas de toda la comunidad, sin nada que envidiar a otras famosas como Villanueva de los Infantes o Almagro.
Las plazas mayores manchegas tienen su propia personalidad: no son grandes monumentos soberbios, sobrios o impresionantes en sí mismos; son pequeños lugares donde la población se reúne día a día, dándole vida y asumiendo otros papeles populares de vez en cuando, como corrales de comedias, plazas de toros, mercados y demás atractivos ociosos y funcionales. La arquitectura popular de La Mancha tiende a usar maderas y piedras de forma hábil y decorativa al mismo tiempo, algo que quizá en aquélla época no parecía reseñable, pero cuya conservación hoy en día supone el último reducto de una arquitectura ya en desuso, que alegra la vista de los paseantes y supone un gozo en su contemplación.


La Plaza Mayor de San Carlos del Valle sorprende por su excelente conservación, su estructura de columnas toscanas sosteniendo galerías de dinteles, zapas y balaustres de madera. Al fondo de la plaza, presidiéndola, el Ayuntamiento, diferente al resto de la plaza (ver fotografía superior), con balcón corrido voladizo sobre ménsulas de madera.
No es población de paso; las carreteras principales ni siquiera están cerca. Si alguien va a San Carlos del Valle lo hace convencido. Quizá por eso no existe sobreexplotación, ni turística ni urbanística, y por eso aún se conserva el aroma a historia, a pueblo anclado en sus propias tradiciones, y los tractores, los perros despreocupados y algún que otro vecino solitario son los únicos personajes que nos encontramos. La visita es sencilla, pequeña pero enriquecedora; como el propio San Carlos del Valle, que dejamos atrás rumbo a nuestro próximo destino. Por el retrovisor se va desdibujando la silueta de la Iglesia del Cristo del Valle, estampada contra un cielo gris invernal del que empiezan a descolgarse las primeras gotas.
[Texto y fotografías: La Retina de Cristal]
[Información para la elaboración de los textos: folletos editados por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Información aportada por la oficina de turismo de Manzanares. Web oficial "Turismo Castilla-La Mancha". SIGPAC.]
Sierra de Segura
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Las Tablas de Daimiel
Tablas de agua. Tablas de silencio y bullicio al mismo tiempo. Tablas de paz y naturaleza. Tablas de dolor, rabia e impotencia. Tablas del cielo en La Tierra. Tablas que hablan de un pasado de sobreexplotación, pero también de un futuro de conservación. Tablas que se desparraman queriendo adueñarse de la extensa planicie manchega. Tablas, no de madera, sino de Daimiel. ¿Quién quiere clavos?
[RECUERDA: Pinchando las fotografías, se amplían]
¿Qué es una tabla?
Lo primero que se pregunta el viajero es: ¿por qué “Tablas”? Todo el mundo conoce o ha oído hablar de las Tablas de Daimiel (Ciudad Real, Castilla-La Mancha), pero pocos saben qué es una tabla fluvial. Una tabla de río es una zona pantanosa por la que uno o varios ríos se ensanchan hasta casi desaparecer su curso, debido a la poca pendiente del terreno. Pero, desgraciadamente, pocas tablas quedan ya. Las de Daimiel podrían considerarse el último reducto y ejemplo de las que antaño inundaban gran parte de la hoy llamada paradógicamente “La Mancha seca”. (más…)
La Mezquita de Córdoba
Una mezquita que no mira a la Meca. Una mezquita donde está prohibido el culto musulmán. Una mezquita que llaman “catedral.” Pero una mezquita única en el mundo. Córdoba guarda en el corazón de su ciudad una joya arquitectónica que diferentes religiones y culturas se han ido pasando hasta llegar a nuestros días con prácticamente toda su belleza. Un colorido bosque de arcos que se despliega ante nosotros para darnos la bienvenida, independientemente de nuestro credo. ¿Qué mejor lugar para darnos la mano?
[RECUERDA: PINCHANDO EN CADA FOTO, SE AMPLÍAN]
Vista desde fuera, la mezquita de Córdoba parece una inmensa caja fuerte que guarda un gran tesoro. Sólo si nos alejamos oteamos la catedral desde fuera, construida años más tarde tras la reconquista cristiana, pues asoma desde el centro como queriendo imponerse y alzarse más alto, mimetizándose con la primigenia mezquita. Los arcos adornan las diversas fachadas, con especial importancia de sus puertas, como la del Perdón y la de Las Palmas. En el muro Este, sorprende el colorido de algunos adornos eminentemente árabes, y diversas puertas en desuso. Es sólo un aperitivo de lo que encontraremos dentro.
En el año 785 dieron inicio las primeras obras de la mezquita, levantada sobre los restos de la antigua Iglesia de San Vicente, de la que en la actualidad sólo quedan algunos cimientos y mosaicos en el subsuelo, conservados por el actual credo para demostrar el primer uso cristiano del lugar. Abd Ar-Rahman I (Abderramán I), ante la creciente población cordobesa, quiso levantar un lugar apropiado para el culto musulmán, y proyecta diez naves sustentadas por ciento treinta columnas de doble arcada, abiertas sobre un patio rectangular de setenta y cuatro metros de longitud (el Patio de los Naranjos). Las columnas, en su mayorías recicladas de construcciones romanas anteriores, soportan a su vez otro pilar superior, novedad arquitectónica en la época. Cada columna está unida a su contigua por dos arcos: uno inferior para evitar desplazamientos horizontales, y otra superior para aguantar la techumbre. El doble material empleado (piedra y ladrillo) confiere a todo el conjunto un vistoso colorido.
Es un hecho bastante desconocido por el público y muy curioso, pero aún se desconoce con total certeza por qué el primer arquitecto no orientó la mezquita a la Meca (tiene una desviación de 51º). Algunos opinan que es debido a que realmente mira a la mezquita de Damasco, origen de Abd Ar-Rahman. Pero la mayoría cree que se debe a la imposibilidad de una total orientación por el cercano río Guadalquivir. Recientemente, excavaciones arqueológicas han descubierto que la mezquita sigue el trazado originario de la ciudad, por lo que pudo adaptarse a éste, sacrificando su orientación hacia la Meca. Pero como algunas sorpresas de la Historia, quizá nunca sepamos la verdad.
El hijo de Abderramán I, Hiyam I, concluyó las obras levantando el en el año 788 el alminar original, actualmente desaparecido. Abderramán II amplía la sala de oraciones en el año 833 hacia el Guadalquivir con siete nuevas salas y la portificación del Patio de los Naranjos, sumando ochenta columnas más al “bosque” de piedra. Ello le obliga a construir un nuevo mihrab. Abderramán III derriba el alminar original y levanta una segunda torre en el mismo lugar. La sala de oraciones sufre otra ampliación añandiéndose ciento veinte columnas más, de nuevo en dirección al Guadalquivir. Almanzor lleva a cabo la última ampliación, y también la más extensa, pero se realiza hacia oriente, pues la proximidad del Guadalquivir impide seguir construyendo. Esta vez sólo utiliza un material en los arcos de la sala de oraciones, por lo que los pinta de rojo para seguir el diseño original.
En 1523, el bobispo Alonso Manrique ordena levantar la Catedral cristiana justo en el centro de la sala de oración. Con la transformación de la mezquita a catedral se dañó notablemente uno de los edificios más emblemáticos del mundo. No faltó la polémica en su día, a lo largo del siglo XVI, que precisó de la intervención de Carlos V, quien autorizó finalmente la construcción cristiana basándose en diseños góticos y renancentistas. Al poco tiempo de visitar el lugar con las obras acabadas, se dice, se lamentó profundamente hasta el punto de asegurar: “Habéis destruido lo que era único en el mundo para levantar lo que se puede ver en todas partes.” Sea como fuere, hoy podemos disfrutar de una espectacular mezcla de arquitectura, culturas y credos en un único edificio, poniendo de manifiesto la rica cultura histórica y artística de nuestro país.
El juego de luces y sombras sorprende al visitante. El silencio respetuoso lo inunda todo, ante caras de asombro y profunda admiración. La diferencia de temperatura respecto al exterior es extrema: calor, fuera; frío, dentro. El sol juega a colarse por los escasos recovecos que encuentra para llegar adentro. El misterio de la oscuridad siempre ha planeado por entre las columnas. La intervención cristiana añadió luz por ventanas y vidrieras en su parte central, más tarde tapiadas y recientemente recuperadas en una costosa rehabilitación.
![HEC_0238 [La Retina (vertical)]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2011/03/hec_0238-la-retina-vertical.jpg?w=950)
![HEC_0239 [La Retina (vertical)]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2011/03/hec_0239-la-retina-vertical.jpg?w=950)
A la mezquita sólo le falta un folleto completamente riguroso para los turistas, en vez del panfleto católico que se entrega a la entrada, con información sesgada, subjetiva y totalmente parcial. Uno comprende que está ante un templo católico, pero por muchos cimientos originarios cristianos, este podría ser un buen ejemplo de convivencia e historia, y por el notable precio de la entrada bien podrían informar de forma más exquisita a los visitantes sobre un conjunto Patrimonio de la Humanidad, en vez de barrer para casa y contar una película de “buenos” y “malos”. Eso sí que sería grandioso, y no la custodia de doscientos kilogramos que guardan en el interior.
Laguna de Uña
La Serranía de Cuenca tiene su particular oasis perdido entre los riscos y el Puntal de San Roque, en una zona jalonada de barrancos, peñascos y desniveles. Esta gran charca, laguna llamada, tiene origen natural, aunque la mano del hombre intervino para darle mayor volumen. Hoy hacemos un alto en el camino para dejarnos seducir por la tranquilidad de este rincón castellano manchego escondido del visitante.
Encajonada entre la Laguna de Uña y el Río Júcar encontramos una colina de gran altura sobre la que se erige la pequeña villa de Uña, de poco más de un centenar de vecinos. Con las sierras de las Majadas al norte y la de Valdecabras al sur, nos encontramos protegidos por paredes de piedra verticales que parecen observarnos desde su privilegiada altura e inmortal naturaleza. Uno no puede más que sentirse pequeño rodeado por las fuerzas de la naturaleza, quizá lentas, pero más poderosas que el propio hombre. Son ellas quienes han creado estos parajes, con el viento, la lluvia y los ríos como constructores invitados. Hoy, el pequeño pueblo no es más que un alto en la carretera comarcal, pero esconde paisajes salvajes que despiertan nuestros sentidos. El Parque Natural de la Serranía de Cuenca se encargó en 2007 de preservar el entorno, donde ni siquiera se permite la práctica de deportes acuáticos ni el baño, lo que ha permitido la conservación perfecta de la laguna; muchos otros lugares deberían haber seguido su mismo ejemplo, y hoy hablaríamos de situaciones mejores, por ejemplo, en las Lagunas de Ruidera, donde el turismos desmesurado y sin control ha arrasado gran parte del paraje.
Esta no es una visita prevista: regresamos de ver Vega del Codorno y del cercano Nacimiento del Río Júcar (del que más adelante haremos su propio reportaje), y tras pasar el embalse de la Toba, decidimos parar en un pequeño pueblo que se recuesta sobre la carretera, como no queriendo separarse mucho de su única vía de comunicación y sustento. Sólo hay silencio. Algunos vecinos descansan al aire libre. La villa se engalana por donde pasa la carretera para dar una buena impresión al visitante e invitarle a parar para reponer fuerzas en sus tierras. Pese a su pequeño tamaño, Uña tiene trajín de turistas, y hay numerosos restaurantes y bares. Varios autobuses parecen monstruos reposando junto a la laguna, y decidimos unirnos a ellos. Altos y frondosos árboles resguardarán nuestro vehículo mientras emprendemos a pie un pequeño recorrido hasta el mirador de Uña. El color verde será, a partir de ahora, el protagonista, bañado a veces por añiles y ocres otoñales.
Uña, “hoz” en su sentido etimológico, hace aquí gala de su nombre. De las dos hectáreas originalmente encharcadas por el Arroyo del Rincón se ha pasado a las más de quince de la actualidad, tras la construcción de un dique en 1925 para aprovechamiento de un salto hidroeléctrico. Pero poco importa: nadie podría dudar de la naturaleza del lugar, perfectamente conservado y prácticamente intacto. Tenemos caminos bien señalizados y rutas programadas para cada tipo de dificultad que aguante el caminante. Quienes se atrevan a subir hasta lo alto de las muelas se toparán con vistas inigualables. Nosotros, hoy, no tenemos tiempo, y nos conformamos con ver el lugar a ras de agua.
Los buitres leonados nos acompañan incesantemente, sobrevolando nuestras cabezas. En el agua, una buena representación de flora y fauna fluvial. De regreso al coche, tenemos la impresión de haber descubierto un pequeño refugio reservado sólo a quienes deciden, porque sí, parar un momento el plan de viaje y dejarse seducir por los caminos que se bifurcan de la ruta principal. Repetiremos.
Tembleque, un pueblo enamorado de su plaza
Plazas mayores hay muchas. Pero pocas, casi ninguna, como esta: la Plaza Mayor de Tembleque, monumento arquitectónico popular que hoy se conserva como reliquia tan bella como funcional. Todo Tembleque parece haberse detenido en el tiempo: tres mil habitantes que han mantenido la tranquilidad en sus calles y la tradición en su forma de vida. Pasear por sus aceras es tan reconfortante como perderse en un bosque de piedras. Hoy toca dejarse llevar por el encanto de los pequeños pueblos auténticamente castellanos.
[RECUERDA: Pinchando en cada foto, se amplía]
Trescientos cincuenta y siete años llevan estas columnas soportando las galerías que han visto cambiar su uso a lo largo del tiempo: puramente urbanística en el corazón del pueblo y plaza de toros hasta 1988. Un poco antes, en 1973, se reconocía su valor cultural declarándolo monumento de interés artístico. El sabor manchego del lugar se saborea en sus pórticos de columnas de granito y los corredores de la planta superior, con soportes y ornamentación realizados en madera siguiendo las orientaciones de las construcciones de uso popular del siglo XVII.
Casi todos los pueblos manchegos cuentan con su amplia plaza mayor. Espacios vacíos, huecos en medio de los edificios, agujeros donde los vecinos se concentran y centran sus cotidianas vidas. Aquí se desarrollan los quehaceres comerciales y lúdicos del pueblo durante siglos. Es la plaza más grande del lugar, pensada explícitamente para ser útil, aunque sus funciones varían a lo largo del tiempo. Pero, por encima de todo, una plaza mayor es una carta de presentación al viajero, donde las fachadas de los edificios contiguos hablan de su carácter, su espíritu, su alma y su estética. Tembleque se presenta así, representada por su coqueta plaza, como un lugar orgulloso de su modesta historia y sus rincones pintorescos. No pretende engañar, aparentar lo que no es al viajero: esto es un pueblo orgulloso de serlo. Las cruces de malta, en recuerdo de los caballeros de la orden de San Juan de Jerusalén (Alfonso VII les donó el pueblo), abundan por doquier. Si nos situamos en el centro, puede que tengamos la impresión de estar encerrados, quizá como aquellos toros que aquí fueron sacrificados para disfrute humano. Afortunadamente, la sangre ha desaparecido de su arena fina quemada por el sol, y hoy son los turistas y los propios lugareños los que disfrutan del espacio, cuyas tres entradas están caracterizadas por preciosas torres de cuatro aguas.
Tembleque es una de esas poblaciones aparentemente de paso. Su perfecta comunicación (al lado de la Nacional IV, a 50 kilómetros de Toledo y a 90 de Madrid) facilita su visita, pero si ésta no se produce es por pura ignorancia. Si decidimos hacer un alto en el camino aquí, pasaremos un rato tranquilo y particular. Nosotros así lo hicimos, y aunque la visita es rápida y corta, resulta placentera.
Es temprano y decidimos desayunar. No tenemos que ir muy lejos: en la misma plaza, resguardados por los soportales de madera, una cafetería decente nos alimenta en estas tempranas horas. El ambiente es cordial, cálido, cercano, a pesar de vernos por primera vez: la dueña se muestra muy amable y nos adopta como un vecino más de toda la vida. Otros lugareños entran y realizan sus quehaceres diarios, entablando alegres conversaciones entre ellos y siempre con buen humor.
Ya en la calle, la aledaña plaza con su típica fuente de piedra de molino reconforta el ambiente. Los ancianos nos miran reconociendo nuestro origen extranjero. Echamos un vistazo a los balcones y los edificios cercanos; la mayoría ha copiado la estética de la plaza mayor, con sus maderas y decoraciones idénticas, consiguiendo una simbiosis perfecta. Algunas casonas se han rehabilitado como casas rurales, y podemos pernoctar a menos de veinte metros de la misma plaza mayor. Muy cerca también está la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, grande en su planta de cruz latina, levantada en el siglo XVI. A caballo entre el estilo gótico y renacentista, fue ampliada en el siglo XVIII, conservando hoy su cabecera poligonal. Aledaña está la ermita de la Virgin del Rosario.
Arriba, dos imágenes de la torre de la Iglesia Parroquial
Mientras el sol se hace un día más rey en el cielo, nosotros abandonamos el silencioso pueblo con el espíritu recargado, olvidándonos de que somos peces que necesitan de su agua turbulenta para seguir viviendo. La ciudad nos espera, pero no podremos olvidar que, lejos de nuestras vidas ajetreadas y llenas de absurdas prisas, existen reductos de tranquilidad donde a nadie se le hiere el orgullo al llamarle vecino.
Arriba y abajo: los vecinos han conservado la estética manchega pura.
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![Panorámica mezquita fachada [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2011/03/panorc3a1mica-mezquita-fachada-la-retina.jpg?w=950)
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![Panorámica mezquita 2 [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2011/03/panorc3a1mica-mezquita-2-la-retina.jpg?w=950)
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