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La cordura de los locos

La ventana está cerrada. Quisiera abrirla y gritarle al mundo: “¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo! ¡Todavía respiro!”. Pero la luz me daña las pupilas cada vez que me acerco al marco de madera carcomido por el tiempo. Nada tiene sentido aquí dentro: el aire está corrompido, hay una humedad mortal que cala hasta los huesos, y el silencio es tan penetrante que los tímpanos revientan sin concesión. No es el miedo a morir lo que me impide luchar, sino la creencia de no tener derecho a hacerlo. No es la soledad lo que me asusta, sino arrastrar a mi acompañante a esta habitación con puertas sin pomo, con marcos sin fotos, con la cordura de los locos. Y quedarnos aquí los dos atrapados, mirando cómo la vieja ventana se va pudriendo mientras también lo hace su corazón contaminado por el mío. Jugué sucio: no la advertí que debía mantenerme fuera del alcance de sus besos.
Y del techo siguen lloviendo escombros que reposan sobre el quicio de la ventana, rompiendo la simetría del cuadrado perfecto de luces y sombras que formaba. Alguien, desde fuera, llama con aldabones de ignorancia. Y, al abrir la puerta, las paredes se desmoronaron sobre nosotros. Y sólo quedó en pie la vieja ventana y una foto gastada en la que aparece una figura movida queriendo decir nada.


Atrapado en un documental de ciencia ficción

Me quedé dormido. Suele pasarme. Ese aparato que eructa imágenes y sonidos es inmejorable para conciliar el sueño. Pero esta vez fue diferente, ya que quedé atrapado en un documental de ciencia ficción.

Y volé. Volé sin miedo para echar un vistazo al mundo desde las alturas.
Y pude ver que el agua era tan pura que reflejaba con nitidez las nubes, como algodones blancos y esponjas mojadas, sobre una superficie lisa como el hielo.
Y pude ver la tierra cubierta por una espesa capa de hierba color esperanza pura, empapada de rocío.
Y el sol se ocultó dos veces para complacer a las miles de personas que le aplaudieron por el precioso atardecer que había conseguido.
Y los humos se transformaban en nubes que, a su vez, regaban campos ricos y prósperos llenos de vida, que recolectaban otras gentes para continuar con la suya.
Y escuché las más bellas canciones y los cantos más estremecedores encima de un volcán que escupía litros y litros de agua pura de manantial.
Y un “perdón” se escapaba de las bocas de miles de personas. Y los “te quiero” inundaban las ciudades, las aceras, las casas y autobuses. Y los autobuses iban siempre vacíos.
Y los políticos no daban mítines; gobernaban. Pero el pueblo mandaba.
Y los niños reían al caer; y los llantos eran los chorros de las regaderas de los jardines más opulentos. Y los jardines plagaban el Planeta, y albergaban pequeños espacios protegidos llamados ciudades, condenados irremediablemente a desaparecer.
Las guerras eran pequeñas discusiones. Y las discusiones eran fragmentos de tiempo no superiores a cinco minutos, donde se intercambiaban puntos de vista alrededor de un alto sauce. Y los sauces llorones lloraban a carcajadas.
Todas las especies animales y vegetales estaban protegidas, porque todas formaban parte del milagro de la vida.
Y los errores eran recompensados con ánimos. Y “¡ánimo!” era la definición de “fracaso” en el diccionario.
Los niños reían como adultos, y los adultos lloraban como niños. La música atravesaba fronteras… Y las fronteras no existían en un mundo donde la raza predominante era… la Humana.

Me senté sobre la silla que alguien, con una sonrisa, me regaló. Con los ojos llenos de lágrimas de emoción, pensé en no hacer nada más durante toda mi vida que contemplar atardeceres y amaneceres. No me sentí en el Paraíso, porque el Paraíso no podría ser más perfecto. Pero, justo cuando la Luna comenzaba a sonreír por el horizonte, aparecieron las letras de crédito.

Y alguien, desde el otro lado, apagó la televisión.


Vetana de emergencia

Siempre tienes una ventana de emergencia por la que escapar. Sólo tienes que imaginarla.


La ventana del tiempo

Todo lo que me parecía tan importante es ahora tan trivial… No son los años los que pasan, sino nosotros los que navegamos sobre su cauce de días y noches. Cada vuelta que da esta solitaria pelota rebota en el eco del universo. Un eco que nadie oye, que nadie escucha, que nadie siente. Perdido en un mar de mil millones de estrellas sólo sé que no soy nada. Llegará un día en que la pelota dejará de girar. Y entonces ¿qué pasará con nosotros? Dónde quedará la Quinta Sinfonía de Beetthoben, el Concierto de Aranjuez o los Recuerdos de la Alhambra. Quién escalará el Klimanjaro y descenderá el Gran Cañón. Quién evitará que las pirámides de Egipto se reduzcan a un montón de tierra y pierdas. Quién volverá a leer El Quijote o a cantar La Traviata. Quién verá secarse las cataratas del Niágara y caer la Torre Eifel. Cuando el Sol nos engulla seremos el aperitivo del universo. ¿Qué son veintiocho años al lado del infinito? Todo desaparecerá como un ser vivo herido de muerte, porque todo está condenado desde su nacimiento. Es el trato que firmamos y aceptamos. Incluso el tren muerto que espera en la muerta vía visto a través de la muerta ventana.

Porque perdido en un mar de mil millones de estrellas… sólo sé que no soy nada en la inmensidad del universo.


Mi ventana

La mirada que se escapa por la ventana jamás volverá. Porque las ventanas son fotografías vivas que cuelgan de la pared. Y cada cuadro es una realidad disecada. Y mi realidad es seguir asomado a esta ventana muerta, que sin cristal ni tejado me cobija de mis propios fantasmas. Porque aunque todo sea mentira, algún día, lo sé, la atravesaré.