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Pescando fotos


 

Dicen que quien va a pescar lo último que quiere es un pez. Nunca he pescado. Y aunque siempre me ha llamado la atención esta actividad, el hecho de atrapar animales vivos por simple placer (aunque luego se devuelvan sanos y salvo al agua) siempre me echa para atrás. Pero la actividad en sí resulta cuanto menos llamativa: horas en una barca, en una orilla, en una margen de un río solitario, en silencio. Los pescadores lanzan su anzuelo al agua y esperan que alguna presa inocente pique. No van a por ella, esperan a que ella venga. Mi cámara y yo también nos agazapamos, nos camuflamos, en silencio, esperamos y esperamos, y muchas veces también dejamos que sean las presas las que aparezcan. Me doy cuenta de que, en realidad, nuestras actividades tienen bastantes puntos en común: se precisa paciencia, mucho tiempo y la predisposición a saber que no todos los días llevaremos algo interesante a casa.
Esta tarde de llovizna sobre la laguna he visto a varios pescadores con menor y mayor fortuna. Uno tira constantemente el anzuelo al agua, rompiendo su superficie en mil cristales, buscando un mejor sitio donde buscar presas. Yo he hecho lo mismo a la caza de encuadres diferentes, originales, interesantes… Cuando recojo mis bártulos para regresar al coche que me lleve a casa, una barca con tres jóvenes pescadores a bordo se desliza sobre la calmada laguna. Las diminutas gotas de lluvia parecen mosquitos sobre la superficie lacustre, como pequeñas bombas que estallan dejando puntos claros, acrecentados por esta tarde oscura de nubes sin sol. La estela de la barca me llama la atención, como un cohete que surca el agua con elegancia. Les disparo una y otra vez, buscando el mejor encuadre, pero tal es el silencio que reina en el ambiente que el ruido del obturador de mi cámara les alerta. Me han visto. El del centro deja de remar y avisa a sus compañeros, que se giran. Me saludan y, sonrientes, me enseñan su captura.

 

 

Sin saberlo, han sido predadores y presa al mismo tiempo. Sonrío y vuelvo a casa limpiando la lente de mi cámara, como un anzuelo que esta vez ha funcionado.

 


El río que volvió

De niña acudía a la llamada de grullas y aguiluchos a la orilla del río. Ella no tenía mar adonde ir a llorar desconsolada, como en los típicos cuentos tópicos, las tardes de invierno para ser calmada por olas de sal y espuma; ella vivía dentro de la tierra, donde el agua es un espejismo dulce en medio de la llanura, donde no se refleja el horizonte, sino la propia realidad de  sus gentes. El río de su vida bañaba su pueblo caprichosamente según los estíos y los deshielos. Por eso había aprendido que en esta vida uno nunca puede dar por sentado que encontrará lo que quiere cuando quiere; un mar tiene mareas predecibles y fieles, pero el río está a merced de la sed de la tierra traidora. Y un día de calor que salió a bañarse los pies encontró la tierra reseca y el embarcadero de madera solitario. Se sentó en la tierra a esperar a que el río volviera, como si de un amigo se tratara. Pero nunca regresó. Y es que, como un amigo líquido, había desaparecido por el maltrato sufrido por sus vecinos. Porque un río, a diferencia de un mar, puede marcharse si no se le cuida y se le mima.
Hoy la niña es mujer; y los mismos ojos enseñan a su pequeño retoño la magia del río: “¡Ha vuelto! ¿Ves?”, le dice a su niña, que ensimismada contempla la compleja coreografía de aves acuáticas que a lo lejos danzan, cantan y se muestran ante ella como un inmenso teatro de agua dulce. La mujer nunca creyó que volvería a ver aquel lugar lleno de agua, y mucho menos acompañada de un pedazo de sí misma en forma de infante. El esqueleto de madera del embarcadero volvió a recuperar su función y, aunque ya no había barcas a las que ayudar, tenía sentido en el mundo personal de la mujer, que no cambiaría ni la más pequeña piedra de aquel paisaje de su infancia que, como un sueño, había regresado a la vida tantos años después, quizá para conocer a la pequeña niña y saludarla con un reflejo del sol estampado en su superficie cristalina.
Y la niña comprendió, a su corta edad, el valor de apreciar lo que el presente nos brinda, para ser conscientes de que mañana, simplemente mañana, todo puede cambiar.


Arroyo


Paseo invernal

El ruido es la ausencia de tu silencio.


Río manso

Esta tarde soñé contigo, manso río. Soñé contigo y tu sueño me devolvió un brillo de solsticio. Y el solsticio se hizo primavera, y al verano siguiente cantó al otoño del día que nunca conocimos. Y ese día volví a soñar contigo. Y en mis sueños cantabas despreocupado, pues quizá seas invertebrado, pero no cualquier cosa sinsentido.
A la ribera de tus corazones de claros manantiales, escapándose a borbotones la fuerza que te da vida y envidia despierta en ramblas lejanas, contemplo ensimismado el vuelo de una garza perdida en un cielo azul que fundiéndose a gris va. Y la garza escapa del arco iris con elegancia, dulzura, casi magia, quizá gracia. Una garza perdida buscando en el viento un vuelo inventado, improvisado, sin planteamiento ni medida. Como mis palabras en tus aguas hoy vertidas. Como la danza de la lluvia en la laguna proscrita.
Va apagándose el cielo y con él el paisaje que contemplo. Vamos apagándonos y nos difuminamos como ciegas sombras que se funden, que se mueven, que se metamorfosean… pero que nunca mueren. Me despido de ti, río manso, pensando que, quizá, la garza no estaba perdida. Me despido pensando si solamente era otra solitaria como nosotros, buscando el consuelo de nadie y el respeto de todos. Sea como fuere, esta tarde soñé contigo, manso río. Y de tanto soñar olvidamos estar vivos. Y nos asió la noche entre sus manos negras de frío. Y si seguimos buscando es que quizá no nos hemos perdido.


El hombre que no quería cumplir años

El hombre que no quería cumplir años quiso detener también el río. Colocó una piedra encima de otra, con cuidado, con la innata capacidad de construcción que el hombre tiene, muy similar a la de destrucción. A pesar de su avanzada edad, las arrugas en su frente y sus casi inmóviles articulaciones, el hombre que no quería cumplir años fue completando pausada y eficazmente su propósito. El flujo de la vida, cantarín y ronroneante, fue silenciándose poco a poco según las piedras rodadas, lisas como la piel de un recién nacido, fueron deteniendo su líquido ser, como una presa improvisada. El hombre que no quería cumplir años sumergía sus manos en el lecho del río, ahuyentando a renacuajos y ranas, que contemplaban con estupor cómo aquel ser (mitad Dios, mitad demonio) era capaz de desafiar la fuerza de la naturaleza moviendo la tierra a su antojo. Y aun así era infeliz.
Cuando la fila de piedras, guijarros y ramas finalmente detuvo el transcurrir del río, todo quedó en silencio. Los pájaros, sin el compás del agua murmurando a los pies de los altos árboles del bosque, cerraron sus picos desconcertados. Los peces, atrapados en el muro de piedras, no pudieron seguir su curso diario. Las plantas situadas río abajo sintieron sus raíces resecarse por la falta del cauce constante que les dio la vida. Todo el bosque pareció estremecerse de repente. El hombre que no quería cumplir años estaba satisfecho; era inmortal.
Pero el Dios de todos (que no es dios, sino diosa: la Naturaleza) no podía permitir que la soberbia e inmadurez de una sola criatura de su propia creación infundiera miseria sobre el resto, perfectamente equilibrado hasta su llegada. Así que el cauce del río aumentó y colmó la balsa de agua formada en la presa artificial. El nivel fue subiendo y subiendo, hasta que rebosó por todos lados. El río volvió a cantar; y con él, el resto de la sinfonía de la naturaleza.
El hombre que no quería cumplir años lo observó todo desde el margen del río: vio cómo el agua destruía su creación egoísta, y se aproximó a la orilla. Entonces, de repente, en sus ojos brilló un rayo de luz que iluminó sus pensamientos. Abrió sus pequeños ojos como nunca los había abierto, dio un paso al frentre sin titubear, sobre las piedras que él mismo había colocado, y cruzó el río hasta la otra orilla.

Aquél fue su mejor cumpleaños.


Renacer

Recuerdo que hace algunos años ya, cada mañana, cuando la infancia todavía anidaba en mi interior, me levantaba corriendo de la cama para estrenar un nuevo día. Afuera, los pájaros cantaban alegres, los árboles estaban frondosos y verdes, los ríos serpenteaban cantarines y había un intenso rocío cuando todavía madrugaba por placer. Entonces, cuando levantarse temprano significaba robarle horas aburridas a la noche para aprovechar un poco más la magia del día, nuestras pequeñas pero despreocupadas mentes veían pasar las horas entre juegos y risas. Un renacer diario que hoy se ha convertido en una obligación; ponemos despertadores y alarmas para recordarnos que tenemos que volver a nacer. ¿No resulta irónico? Somos muertos vivientes que quieren volver a la tumba. Pero ¿qué hay de malo en ver amanecer sin tener que acudir al trabajo? Estas vacaciones, los que tengáis la suerte de disfrutarlas en verano, pueden ser diferentes. Recordad todo lo que se puede hacer estando vivo, y la suerte que tenemos de estarlo. Imaginad que el Sol que aparece por el horizonte cada mañana no es el mismo de todos los días. Dadle una buena impresión de cómo gastamos las horas. Quizá mañana se arrepienta de salir y seamos nosotros los arrepentidos.


Salvadora

¿Por qué tengo la impresión de que el mundo desaparece cuando cierro los ojos? Hay una voz dentro de mí que dice: “Recuerda que esto no es un sueño… porque los sueños se tienen con los ojos cerrados. Y todavía estamos despiertos”. Todavía es demasiado tiempo. Sigo buscando mi propio sueño, pero no lo encuentro.
Hoy encallo en una ribera solitaria empapada de recuerdos. Mis pies desnudos se hunden en el barro. Si ando descalzo es porque así siento mejor cada paso. Si tropiezo, me hace daño. Pero si vuelo, sentiré el aire alzándome a los cielos.
Salvadora bautizaron tus aguas los hombres de antaño. Salvadora de vidas enfermas, sanadora de almas rotas, curandera de melancolías crónicas. Pasan los años, las personas, las ilusiones y hasta las traiciones. Y finalmente vas a tener razón: quizá no sea casualidad que siempre acabe aquí, a los pies de tus manantiales, a mojarme contigo, para ver si también haces honor a tu nombre y me salvas de mis propios demonios.

Esta noche, al menos, no cerraré los ojos. Lo prometo.


Una escapada a Ruidera

Una vez más, dormí más bien poco y más que mal, pero mereció la pena: Ruidera, mi refugio. Demasiado tiempo sin pisar tu tierra. Demasiado tiempo sin beber tu agua. Demasiado tiempo sin besar tu aire. Demasiado tiempo sin fundirme con tus piedras. Demasiado tiempo sin disfrutar, paradójicamente, de tu silencio, Ruidera. Cuarenta y ocho horas se me antojan escasas. Pero servirán para volver a la ciudad algo más reciclado. Este pase de diapositivas (sólo disponible en el blog -los suscriptores verán una galería normal de fotos en sus correos) es sólo un recuerdo de un viaje express. Hasta la próxima, “Roydera”.

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Remar

Cualquier día el sol no parecerá el mismo que ayer se colaba por la ventana. Tengo que salir de aquí. No hay camino, sólo agua. Agua y más agua. Si hay fondo sólo lo saben los peces.
Todos los errores que cometí. Todas las tonterías que dije. Todo lo que cambiaría de mi vida. Todo lo que borraría de mi pasado. Todos los besos que no te di. Todas las estúpidas dudas que me hipotecaron la ilusión. Todo el miedo de mí mismo. Todo lo que no soy y nunca seré…

Todo quedará atrás si algún día decido remar.


Desnudo

No tengas buenas ideas
Porque no se harán realidad
Te pintas de blanco
y sientes el ruido.
pero algo faltará.

Y ahora que lo has encontrado… se ha ido.
Y ahora que lo sientes… no lo sientes más.
Has descarrilado.

Así que no tengas buenas ideas
Porque no se harán realidad.

Irás al infierno por lo que tu sucia mente está pensando.

Fotografía: La Retina de Cristal.
Texto: “Nude”, de Radiohead (de su disco “In Rainbows”)