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Imagen fantasma

El romper de las olas contra la solitaria playa competía en intensidad con la fuerza del viento del Atlántico. Cada atisbo de realidad parecía querer desaparecer con cada brillo del horizonte, como una fuente de oro, derramando litros y litros de luz. La tarde era tan clara que se veía al ocaso llover literalmente sobre el mar. Todo se antojaba tan mágico que estaba claro que en cualquier momento me iba a despertar. Y justo entonces las nubes comenzaron a llegar para llenar un lienzo azul que fue difuminándose poco a poco con blancos y grises, casi tan lentamente como el sol dejándose caer, con nubes errantes que de su caminar me hipnoticé. E hipnotizado me olvidé del tiempo que pasé esperando en la orilla, escuchando viento y marea, respirando la calima y el aroma a salitre. Recibí el golpe de la realidad brillante, fruto de una imaginación tan rica que fue capaz de inventarlo todo, olas, playa y Atlántico, pues tan sólo estoy solo en mi cueva de grises paredes carcomida por la humedad del aire viciado que revienta mis pulmones.

Pero, sin saber cómo, al apretar el disparador en plena oscuridad, apareció esta imagen.


Devorado por la niebla

Sólo quedó la mañana acomplejada,
triste porque hoy no ha salido el sol.
Sólo quedó la puerta entornada,
y una sombra perdida dice adiós.

Fuera ya está amaneciendo,
con fuerza un sol negro,
marchitando el sueño eterno,
riéndose de mis besos.

Y vuelve la niebla a caer,
fundiendo suelo y cielo,
cubriendo con su velo mi cuerpo,
que ni mira ni deja ver
lo que oculto llevo dentro.

Aún quedan monedas que tirar a la fuente de las mentiras,
y hasta que la mar reviente contra la orilla,
seguiré riendo solo, seguiré de puntillas,
esperando que la niebla me deje de nuevo de rodillas.


Paisaje despreocupado

A la luz de una vela todos mis defectos se disimulan. A la luz del ocaso mortecino de una tarde dormida, el paisaje se difumina en siluetas y ecos negros. Ecos que no quisieron nacer, pero que convertidos en gritos perdidos deambulan buscando un destinatario que nunca aparece. Me asomo al borde del precipicio y me pregunto si podré volar. Me pregunto si mi cuerpo está preparado para dar un salto y, aleteando, despegará sobre este paisaje de luces y sombras. Luces y sombras; siempre luces y sombras. Cierro los ojos y sé que siguen ahí: la montaña presidiendo con su majestuosa estampa el lago apresado entre paredes de piedra y bosques infinitos; los brillos del agua, auténticas estrellas fugaces que de tanto correr por el cielo bajaron para beber un trago, y presas quedaron entre diminutas olas de aguas traidoras; sé que también está el camino que me trajo aquí, la baranda de madera sobre la que apoyo mis manos y el suelo que sujeta mi cuerpo; como un alfiler clavado a la Tierra. Sé que todo está ahí, aunque no lo vea. Respiro el sonido del silencio; escucho el aroma del viento jugando al escondite (ganando, siempre ganando); me como la cabeza y me bebo el corazón. Y pienso mientras caigo que por una vez habré perdido la razón.
Ahora sólo soy una estrella más ahogándose en su mar de aguas turbias y frías.


El cielo en la tierra


Islas Cíes

“Vivimos en una montaña, justo en el borde. Hay una preciosa vista desde lo alto. Cada mañana me levanto para tirar pequeñas cosas y ver cómo se estrellan. Y vuelvo a casa antes de que despiertes, Así me siento más feliz, por estar a salvo y a tu lado. Temprano empiezo el día de la misma manera. Imagino cómo sonaría mi cuerpo al caer, y pienso si mis ojos estarían cerrados o abiertos. Y así me siento más feliz, por estar a salvo y a tu lado.”

Björk. La voz más increíble.


La muerte de un nuevo día

Entrada gratuita. Una sola función al día hasta el fin del mundo. Se permite y aconseja la entrada de cámaras. Sin derechos de autor.


Otro sol

Sin tierra; sólo agua, cielo y fuego. Abre tus manos. Extiende tus brazos. Hasta el fin. Demasiado limpio. Demasiado oscuro. Nadie alrededor. Extiende tus manos y vuela. Sólo alza la mirada. Danzando alrededor del sol. Un sol que se mueve alrededor del mar. Nadie herido. Nadie inocente. Nadie culpable. Nadie me sostiene. Sólo floto. Como una pluma recién caída. Y llega hasta el mar, donde esperan mis deseos, mezclados con el fracaso, donde todo, tierra, agua, cielo y fuego, fueron de repente el dardo de una lágrima cayendo en reposo. Y vuelve a amanecer. Siempre en silencio.


Lo que ve mi ventana

Sin texto.


Charcos en la laguna

Sin texto.


El cielo que no cambia

Cambian los reflejos, pero no los espejos. Cambian las luces, pero no la noche. Cambian los recuerdos, pero no la historia. Cambian las farolas, pero no las estrellas. Cambian nuestras vidas, pero no tus besos.

Cambian las nubes, pero no el cielo.


Un trozo de arco iris

Quieto, ensimismado, congelado en alma y cuerpo, no tan pensativo ni tan consciente, quizá algo cuerdo, quizá bastante loco, quizá no lo suficiente. Quieto, decía, perdido en un mapa inexistente, sin caminos ni calzadas, sin calzado camino, con sudor en mi frente. Si no levanto ruido con  mis pensamientos es porque ni muero ni vivo, pues hoy no necesito transporte para cruzar el puente. Hoy no necesito nada, porque todo está en mi mente.
Despierto en un campo verde de verde mirada. Ya lo he volado antes: anoche lo inventé en un sueño lúcido que hoy, ingénuo, revivo. Me pierdo entre las gotas que caen del cielo. Gotas recorren mi cuerpo. Gotas empapan mi ropaje y calan mi pelo. Mi piel son ríos por los que la lluvia encuentra su cauce. Siento el frío de la brisa envolviendo mi mortalidad hasta ponerla en vilo. Quiero sentir mi fragilidad. Sólo un humano perdido en medio de un deshabitado planeta. Tan cerca de la tierra, tan lejos del cielo. La fuerza de los elementos estrellándose contra mí. Un rayo de sol certero haciendo contraluz a través de los diamantes de agua que descienden de la tormenta. Un rayo y su trueno acertando directamente contra mi cabello. Un pedazo de arco iris marcando el lugar exacto donde un día fui fantasma y, al otro, sólo un olvidado recuerdo.