El sueño de una hoja en el suelo
Acabo el día como una hoja cayendo desde su solitaria rama, respirando el aire mojado que empapa mis pulmones y pinta de gris el aliento que emana de mi boca marchita de tanto tragar tus besos amargos. Nada ni nadie me moverá de este rincón, porque sé que si alguna vez veo la luz será sólo el reflejo de un espejismo: demasiado cerca para ser verdad, demasiado lejos para tocarlo. Llevo dando tumbos tanto tiempo que se han borrado las huellas de mis zapatos; el camino se terminó, pero sigo caminando. Y sólo me quedar descargarme con palabras vacías que nadie lee ni escucha. Y justo cuando creo hallar el sentido de seguir respirando, vuelve el demonio aliado para recordarme que todo es mentira, que no hay besos amargos, luz, camino ni zapatos gastados. Que todo es el sueño mojado de una hoja en caída libre, sin pena ni gloria, que a nadie entristece ni importa. Sólo yazgo solo, tendido en el suelo, sin hacer nada, viendo caer el agua, y quedando cubierto por el manto otoñal que pudrirá mis entrañas hasta convertirlas en pasto de gusanos. Para no volver a resucitar, como aquel extraño cuervo dijo, nunca más.
Turno de noche
Es domingo, a penas son las seis de la mañana y ya despierto. Es tan temprano que la noche aún cubre el horizonte. El cambio de turno me descuadra el organismo y da un puñetazo a mis biorritmos. Ya no soy un murciélago. Ahora tengo que acostumbrarme a dormir por la noche y despertarme por las mañanas; algo nuevo para mí tras quince días trabajando con la luna como compañera. Así que llegado este momento, el organismo hace “click” y me destroza literalmente. Es automático: cada último fin de semana del turno de noche me ataca sin piedad. Y sabe mejor que nadie que mi punto débil es mi cabeza. Así que descarga toda su mala sangre con un persistente dolor que me atraviesa de sien a sien. Es su manera de decir: “Tío, no aguando más: las noches son para dormir. O te vas ahora mismo a la cama o hago que te explote la cabeza.” Y sé de buena tinta que cumpliría su promesa; si anoche no hubiera obedecido, hoy probablemente asomaría mi tráquea por mi cuello como en un episodio de “Rasca y Pica”. Así que, aunque era sábado por la noche, el menda ya estaba con Morfeo a eso de las doce. Por alguna extraña razón, mi organismo (acostumbrado a pasar toda la noche trabajando sin pasar sueño) se descarga durmiendo profunda y plácidamente (cosa rara) la primera noche que tengo libre. Aunque, también extrañamente, no dura más de seis horas. Entonces entra en ebullición: me despierta y comienzo a darle vueltas a mil cosas mentalmente. Sé que no voy a volver a dormirme, así que es mejor levantarse. Cuando me quiero dar cuenta, no son ni las ocho de la mañana de un domingo libre y ya estoy desayunando. El ciclo se cierra.
Ahora tengo turno de tarde. Mi organismo se ha recompuesto. Se ha reseteado. Ahora veo nacer el sol por la ventana y todo se ve con más luz. Me gusta ver cómo cambian los reflejos, los rayos y el ambiente de mi casa según va naciendo el nuevo día: el sol pasa de un lado a otro de la casa, cambiando las luces y los destellos sobre las cortinas. Los árboles se encienden con los colores del otoño. Es mucho mejor; más natural. Normal. Bonito. Simple. Saludable.
Pero echaré de menos trabajar sin jefes…
La magia del otoño en Aranjuez
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No quería despedirme de octubre sin pasear por entre sus hojas secas, entre colores humildes sin pretensión de primavera, entre fogonazos de ocres fundiéndose con tonos imposibles, entre árboles majestuosos que susurran al solitario caminante, que hablan con el aire y se mecen con su viento. No quería perderme el tardío llegar de un otoño especial, y me perdí esta tarde en la que todos se quedaron en casa. Y paseé entre ardillas traviesas que jugaban a no verme, saltando de un lado a otro, mostrándose y ocultándose como fantasmas reales que aparecen y desaparecen a su antojo. Y vi un mágico juego de luces y sombras con nubes que iban y venían, como grandes manadas de ovejas descarriadas, que chocaban, se desvanecían y se quemaban con el sol, iluminándose por dentro como lámparas maravillosas cargadas con genio y deseos. Tanto me entretuve disfrutando del último día de octubre que el sol desapareció de repente y una plomiza lluvia estremeció el bosque. Quizá esté empapado de naturaleza y agua, pero sé que valió la pena salir hoy de casa.
Otoño
No es el otoño el que llega. Somos nosotros los que nos vamos. En el susurro del silencio podrás oír mi voz. En el eco del pasado escucharás a quienes ya se fueron. En el amarillo de las copas encontrarás el sentido al paso del tiempo. Y si no lo encuentras, es que ya te has ido, y formas parte del olvido.
Nos veremos en la próxima vida, compañero.
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