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¿Qué escuchó la Luna?

Hace tiempo una buena amiga me comentó que ella y su pareja habían estado en una inmensa cueva. Allí abajo, en la más inédita oscuridad, el silencio era el único habitante. Pero el ser humano parece incapaz de respetarlo, y pocos podían impedir pequeños ruidos: los abrigos restregándose contra las piedras, toses, suspiros… A veces pienso qué sería de este planeta sin nosotros. Las plantas comenzarían a crecer y a apoderarse de todo, en la más frondosa vegetación jamás conocida. Pero la Naturaleza también tiene música, y no sólo es silencio: pájaros, cascadas, truenos, viento… El susurro de Gaia siempre está presente, pero nos empeñamos en gritar más fuerte.
El pasado fin de semana nuestra pequeña compañera nocturna se acercó hasta nosotros más de lo normal. La Luna creció en tamaño y resplandor. Nuestra pequeña farola parecía querer escucharnos con atención; por eso se acercó a La Tierra. Un esfuerzo que le cuesta dieciocho años realizar. Estoy seguro de que agudizó su oído de cráteres y polvo blanco para escucharnos. Tenía curiosidad por saber qué teníamos que decir. Qué es lo que escuchó es algo que todos deberíamos reflexionar. Porque quizá la próxima vez que se aproxime, dentro de dieciocho años, se dé la vuelta y nos muestre, por primera vez en la historia, su cara oculta, para que nos veamos reflejados en ella. Y más de uno seguirá mirando la televisión.

“Se dicen muchas cosas cuando no hay nada que decir”, Alan Parsons.


El bicho que miraba la Luna

Voy a destruirme a mí mismo. Y cuando respire sentiré el peso del cielo sobre mi pecho. El peso del sol. El peso de la Luna convertida en prisionera de nuestra propia gravedad. Mi gravedad es inocua. Mi gravedad es sutil. Mi gravedad es invisible. Mi ser, también.
Nada puedes decir para convencerme. Porque tienes razón. Sé que nunca saldré de la cueva; porque soy su prisionero. Era todo mentira. Sé que el sol nunca saldrá para mí. Sé que no merezco ser iluminado por sus rayos. Sé que la Luna, la eterna Luna fluorescente, espera ahí fuera. Fuera de la cueva. Fuera de La Tierra. Fuera de mi alcance. Y jamás brillará por mí. Porque nunca merecí cielo, sol, Luna, gravedad, cueva ni Tierra.

Porque sólo soy un bicho condenado a vivir en sueños y a soñar en vida.


Mi traidor; mi aliada

Maldigo cada amanecer, que me encuentra siempre dormido, y su seguridad de hallarlo todo silencioso. Porque él sabe, mejor que nadie, que el mundo sin luz no es nada, y la nada… nada es sin luz. Porque pensar quiero, pero no puedo si sus rayos atraviesan mi ventana. Porque no hay nada mejor que la oscuridad para cavilar, ni peor que la luz para pensar.
¡Ah, malditos ojos fisgones; que actúan movidos por la ruin curiosidad (convertida en perversidad), que llegan al rincón más sombrío, adentrándose en mis aposentos, en mi cuarto y hasta en mis escritos! Que quieren saberlo todo, que todo lo llenan de luminosidad sin pedir permiso.
Por eso, cada noche, cuando el sol muere, impotente, aplastado por el cielo, y el silencio vuelve a reinar, yo y mi amiga mágica volvemos a ser un dúo perfecto. Que al alma la oscuridad emociona y a la imaginación llama. Por eso, no es un secreto, ni lo fue ni lo será, que el sol es mi traidor y La Luna… mi secreta aliada.