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Danger

“El peligro no es cuestión de un par de golpes; el peligro es no saber adónde ir. El peligro es no encontrar jamás tu sitio, y sentir que ya llegaste sin salir.” Dispara el inimitable Carlos Goñi sus preciosas balas en forma de canción. Y sus disparos musicales atraviesan sin compasión mi corazón, hasta hacerlos trizas. Toda subida implica un riesgo. El peligro de ascender es el miedo a caer. ¿Cuántas veces nos quedamos en tierra arrepentidos de no dar el salto? Algunas veces las advertencias surten el efecto contrario y animan a los insensatos. Y se produce el desastre. ¿Disuadió a alguien esta señal? El tipo de arriba parece mirarme desafiante, orgulloso de su logro particular, obtenido gracias a su esfuerzo personal. Yo me quedo abajo, siempre abajo, mi lugar eternamente. Y nunca descubriré si soy precavido o cobarde. Y nunca descubriré cuál es mi lugar. Porque “correr dicen que es cosa de cobardes.”


De cómo quiso trepar una muralla que creyó escalera

Observó la muralla que languidecía sobre el polvoriento camino cuyo trazado pocos pies pisaban, y aun menos almas pensaban. Observó la muralla y en verdad creyó que de una altísima escalera se trataba, por cuyo borde creyó conveniente trepar, para alcanzar “el mismísimo cielo” que a sus pies habían puesto las celestiales criaturas del paraíso que aseguraba ver, fruto de elucubraciones febriles convertidas, sin duda, en alucinaciones matutinas. Y no le importaron advertencias ni improperios algunos; manchó sus cuarteadas manos con la tierra y las piedras que formaban aquella muralla para ayudarse a escalar, sin saber muy bien qué debía alcanzar. Y paso sobre paso, más tembloroso el siguiente que el primero, y que el anterior, fue ascendiendo entre titubeos, blasfemias, tropiezos y torpes equilibrios a cuatro patas. A mitad de camino, al comprobar que su verticalidad casi no tenía sentido, creyó haberse equivocado, pero no cejó en su empeño, por no dar mal ejemplo al cuantioso gentío que a sus pies se había convocado. Las risas y burlas sonaban a ánimos y asombros en sus oídos. En su lento y caricaturesco ascenso, algunas piedras se desgarraron del cuerpo de la pared e impactaron contra el suelo con tanta furia que se partieron por su mitad. Pero ni el suicidio de las piedras impidió que coronase el muro, se pusiera de pie y mirase al horizonte con extraño orgullo, extremo cansancio y extraordinaria cordura. Comprendió que no había escalera, ni paraíso, ni criaturas maravillosas. Recobró el vértigo en sus ojos y las flaquezas en las piernas al mismo tiempo, antes de precipitarse con estruendo hacia el suelo, donde siete u ocho voluntarios le estaban esperando desde el inicio de su locura, conscientes de que tarde o temprano tenía que descender, y visto el estado mental de su azotea, no iba a ser de buenas maneras. Entre risas y gritos, fue manteado hasta quedar abandonado en el camino, donde yació mientras las burlas se fueron confundiendo con el viento que silenció el páramo manchego e hizo que la muralla recobrara su aspecto impertérrito. Sucio, vapuleado y humillado, sus fuerzas sólo alcanzaron a levantar su maltrecho cuerpo, frotarse las manos sacudiéndose el polvo, enjugarse el intenso sudor de su frente y exclamar a nadie:

-Majestuosa escalera la que aquí, perdida de la mano de Dios y abandonada por las gentes de estas baldías tierras, se atreve a retar a nuestro cielo azul, dando sin duda un noble ejemplo de superación que algún buen hombre, quién sabe cuándo, osará a subir hasta lo más alto. ¡Qué daría yo por verlo en vez de tener que seguir mis pasos y obviar tan sugerente reto!

Y prosiguió su marcha sin mirar atrás.


Lloró

El hombre de hielo regresó en el tiempo. Se apoyó sobre la valla de madera, húmeda, áspera y olvidada, como sus recuerdos. El frío del invierno caló  hasta sus huesos. Se escuchó a lo lejos un piar tímido y sincero. Pero el hombre de hielo no levantó la cabeza. En sus ojos, sólo el color blanco de la nieve que le rodeaba. En su cabeza, demasiados pensamientos.
El río se mostraba manso aquella tarde pintada de gris sobre un lienzo marchito. Serpenteaba como un reptil al acecho. El olor fresco del viento tras penetrar en el bosque llegó al corazón del hombre de hielo. El mar de nubes que cubría el cielo difuminaba la luz de un sol de invierno que a veces quemaba, que a veces enfriaba, que aquella vez no le hacía sentir nada.
Sólo al mirar al suelo y ver la huella profunda de sus zapatos sobre la nieve virgen despertó; esa huella desproporcionada, esa huella grande y deformada, esa huella que en nada se parecía al contorno de sus descalzos pies desnudos de cuando, siendo niño, corría para ser un águila desafiando a la madre naturaleza (que por alguna sabia razón no quiso que el ser humano volara), con los brazos abiertos, el viento como aliado y la cabeza llena de sueños. Recordó la casa de sus abuelos, no muy lejos de allí, fabricada por ellos mismos con piedras, adobe y madera. Recordó los desayunos en la chimenea, calentando mendrugos de pan duro para transformarlos en ricas tostadas para la mermelada casera. Recordó a su fiel y suave perro Moi y al burro de la simpática mujer del alcalde. Recordó las calles del pueblo que abandonó nada más cumplir 16 años. Recordó todo lo que había olvidado. Y le pareció que algo lejos, muy lejos, le había llamado en susurros. Quizá sólo fuera el viento.
En medio de aquella visión de su ya lejana infancia, el hombre de hielo alzó su vista hasta perderla en un horizonte de montes blancos, despoblados y solitarios que, al contrario que él, no había cambiado en cincuenta años. Haciendo un formidable esfuerzo se miró las arrugas de las manos. Poco a poco, la nieve a sus pies fue fundiéndose lentamente, como la escarcha al amanecer. El suelo blanco y helado en contacto con sus zapatos negros empezó a resquebrajarse. Se formaron regueros de agua que corrieron monte abajo. Él lo miró todo sin sobresalto, pausada y parsimoniosamente. Hasta que, casi sin darse cuenta, como el que muere dormido, él también se derritió.

Aquella tarde, el hombre de hielo lloró por primera vez.


El muro de las liberaciones

Paseaba despreocupada, arropada por el pesado beso del calor del sol. Ya había dejado atrás la Fonte Frida, el manantial donde las más jóvenes se apresuraban a buscar no sólo agua, sino la ronda de algún mozo avispado. En un momento de locura podría haberse tirado por el precipicio; pero ni estaba loca ni quería parecerlo. Así que ascendió paso a paso el camino olvidado, aquél que el pueblo entero recorriera una y otra vez, mucho tiempo atrás, para llegar a la cima del cerro sin nombre, donde dormían las ruinas del castillo abandonado. El polvo de la tierra ascendía como vapores calientes de un río de piedras y guijarros. Paso a paso fue culminando su pequeña hazaña, vislumbrando a lo lejos el pueblo, cada vez más pequeño, y el bosque, cada vez más grande. El cielo parecía apagarse lentamente según iba ascendiendo, como un degradado de una fotografía en blanco y negro. En algunos tramos tuvo que afinar sus recuerdos para imaginar por dónde discurría el paso de sus antepasados, que labraron sobre roca y tierra el sendero que llega hasta aquí. Y en lo alto, sin no muchas caídas ni arañazos de ortigas y malas hierbas, contempló el secarral sobre el que aún se erigían los restos de la muralla que ya nada protegía, que ya nada defendía, a quien ya nadie espantaba. Allí arriba, en el cerro que dominaba toda la comarca, se deshizo de todos los murmullos, de todos los comentarios, de todas las envidias, de todas las malas lenguas, de todas las habladurías, de toda la maldad que sus vecinos habían vertido en su persona. El grito se escuchó a varias leguas de distancia. Reconfortada, se sacudió las manos levantando una pequeña nube de polvo, se enjugó el sudor de su frente y reemprendió el camino de vuelta. Quizá ahora sí la tomarían por loca.
Sobre el pueblo, dicen, sobrevoló de repente la sombra de un enorme águila que tapó casi todo el pueblo. Los cazadores pensaron en su majestuosidad sin ni siquiera haber podido ver el cuerpo que produjo semejante silueta. Nadie, ni el alcalde ni los consejeros más viejos, pudieron ver el águila, que pronto cobró forma de leyenda, que es como se justifican las cosas que están delente de nosotros y no comprendemos. El gran águila invisible pronto pasó a formar parte de la superstición popular.

En algún lugar de vuelta a casa, ella sonrió.


Inmortalidad

Lo reconozco: tengo miedo a morir. Pero no es un sentimiento tan banal como pudiera parecer. No me refiero a la muerte física, ni tan siquiera a la espiritual (uno, aunque respeta profundamente las diversas creencias, sigue pensando que después de morir, igual que antes de nacer, no hay nada). No morimos cuando ya no respiramos: mis abuelos, por ejemplo, siguen vivos, porque están en mis recuerdos. Todavía, a pesar de que hace casi una década que “nos dejaron”, puedo escuchar sus voces, ver sus rostros, disfrutar de sus bromas… Los mantengo vivos, dentro de mí. E igual que en mí, están en muchos otros familiares y amigos.
Las piedras de este castillo en ruinas que hoy fotografío en blanco y negro han sobrevivido siglos. ¿Quién os puso ahí? Fijaos en una de esas piedras que componen el conjunto de la pared. Imaginad el momento exacto en que alguien, hace cientos de años, estuvo ahí mismo, bajo el mismo sol, colocando cuidadosamente su granito de arena para la posteridad.
Admiro a músicos, actores, compositores, escritores, escultores, arquitectos, físicos, exploradores, filósofos, poetas… Ellos van muriendo, pero sus creaciones estarán siempre formando parte de la humanidad. Ya son inmortales. Lo han conseguido.