Los amantes del lago abandonado
Si la Luna estaba muda. Si el sol ya dormía. Si la laguna se olvidó de cantar. Si las estrellas eran cabezas de alfileres clavados en un tapiz tan negro como el miedo. Si el sol de medianoche jamás se pasea por aquí. Si hay un piano llorando a lo lejos. Si sólo nosotros oímos que ríe. Si no sé amar. Si pudiera remar. Si la Tierra no fuera redonda. Si flotásemos en un universo cóncavo. Si aquella noche no nevaba. Si no existieran las casualidades…
Quizá hoy no estaríamos aquí. Como los amantes del círculo polar. Que jugaron a perseguirse por medio mundo.
Y acabaron congelados.
Atrapado en un documental de ciencia ficción
Me quedé dormido. Suele pasarme. Ese aparato que eructa imágenes y sonidos es inmejorable para conciliar el sueño. Pero esta vez fue diferente, ya que quedé atrapado en un documental de ciencia ficción.
Y volé. Volé sin miedo para echar un vistazo al mundo desde las alturas.
Y pude ver que el agua era tan pura que reflejaba con nitidez las nubes, como algodones blancos y esponjas mojadas, sobre una superficie lisa como el hielo.
Y pude ver la tierra cubierta por una espesa capa de hierba color esperanza pura, empapada de rocío.
Y el sol se ocultó dos veces para complacer a las miles de personas que le aplaudieron por el precioso atardecer que había conseguido.
Y los humos se transformaban en nubes que, a su vez, regaban campos ricos y prósperos llenos de vida, que recolectaban otras gentes para continuar con la suya.
Y escuché las más bellas canciones y los cantos más estremecedores encima de un volcán que escupía litros y litros de agua pura de manantial.
Y un “perdón” se escapaba de las bocas de miles de personas. Y los “te quiero” inundaban las ciudades, las aceras, las casas y autobuses. Y los autobuses iban siempre vacíos.
Y los políticos no daban mítines; gobernaban. Pero el pueblo mandaba.
Y los niños reían al caer; y los llantos eran los chorros de las regaderas de los jardines más opulentos. Y los jardines plagaban el Planeta, y albergaban pequeños espacios protegidos llamados ciudades, condenados irremediablemente a desaparecer.
Las guerras eran pequeñas discusiones. Y las discusiones eran fragmentos de tiempo no superiores a cinco minutos, donde se intercambiaban puntos de vista alrededor de un alto sauce. Y los sauces llorones lloraban a carcajadas.
Todas las especies animales y vegetales estaban protegidas, porque todas formaban parte del milagro de la vida.
Y los errores eran recompensados con ánimos. Y “¡ánimo!” era la definición de “fracaso” en el diccionario.
Los niños reían como adultos, y los adultos lloraban como niños. La música atravesaba fronteras… Y las fronteras no existían en un mundo donde la raza predominante era… la Humana.
Me senté sobre la silla que alguien, con una sonrisa, me regaló. Con los ojos llenos de lágrimas de emoción, pensé en no hacer nada más durante toda mi vida que contemplar atardeceres y amaneceres. No me sentí en el Paraíso, porque el Paraíso no podría ser más perfecto. Pero, justo cuando la Luna comenzaba a sonreír por el horizonte, aparecieron las letras de crédito.
Y alguien, desde el otro lado, apagó la televisión.
Casas
Las casas están vivas. Cada rincón perdido en el trastero olvidado esconde un recuerdo de alguien. Todos vivimos entre paredes, si tenemos esa suerte. Más que ladrillos, cada construcción es el testimonio de una familia, de un hombre solitario, de una pareja apasionada, de una y mil vidas vividas… Ellas, que nos protegen de lluvias y soles, de calores y fríos, de tormentas y sequías… también sienten y padecen. Ellas, que nos cobijan cuando enfermamos, tienen un corazón que a menudo se detiene y marchita al mismo tiempo que las abandonamos. Esos cadáveres quedan abandonados a su suerte, como vagabundos desvalidos, y su suerte a menudo es terminar convertidas en un montón de escombros. Alguien dijo alguna vez que las casas son la arquitectura de las voces que las habitaron, el lugar donde se escribe la gramática de la vida. Afinad vuestra letra, amigos: cada pedazo de nuestra propia historia la dejamos en cada pared sobre la que nos apoyamos, en la escalera en la que una vez lloramos, en el cuarto donde a menudo desnudamos alma y cuerpo, sobre el quicio de esa puerta que, traidora, un día nos pilló un dedo… Por eso, si se os cae el techo encima, revisad los cimientos de vuestra alma. Aunque sólo sea por si llueve.
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