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Los deseos tirados en la cuneta

Me sorprende el ocaso como cada tarde desnudo de pensamientos. Indefenso y tiritando vuelvo a la realidad apartando el visor de mis ojos; como una bofetada violenta, mi retina se contrae. Llevo tanto tiempo mirando a través de estos cristales que todo depende del color de la realidad que me mira. Y pese a todo prefiero seguir apuntando con mi cámara; me hace menos daño. Aunque todo sea mentira. Como mi vida.
Los últimos pájaros buscan su nido por intuición; la oscuridad ha ganado la partida, como cada tarde, y el sol cae a plomo. El crujir de la tierra debajo de mis pies me reconforta. Mis zapatos están blancos, cubiertos por una pátina de polvo y estrellas. El polvo es real; las estrellas, espejismos. La vegetación se apiña en las márgenes del camino, respetándolo, como si fuera un ser vivo, como si fuera una serpiente infinita sin cola ni cabeza. El campo huele a sequía; el reseco valle bañado por el cadáver del Tajo despliega sus colores ante mí que, como un intruso, voy abandonándolo lentamente, recorriendo el viejo camino de vuelta a casa. Recorriendo la serpiente sin cascabel pero cargada de veneno en forma de melancolía que, sorbo a sorbo, bebo pusilánime.
¿Quién fue el primero que cogió este atajo? ¿Quién dijo: “Necesito aquí mismo una senda que me lleve a mi destino”? ¿Quién horadó en la tierra muescas para ir socavando el terreno y dominarlo para su propio provecho? Cada curva, cada repecho, cada recta conservada durante siglos… Son arterias de piedras que dan vida a pueblos, cortijos y caseríos. Me imagino cuántas historias guardan estas cunetas, cuantos viajes olvidados, cuantos secretos dormidos tirados en mitad de ninguna parte, como nubes anaranjadas que vienen y van lamidas por el sol crepuscular. Como los estúpidos deseos de este triste fotógrafo que, completamente confundido, se hace invisible y reza a sus dioses paganos para que le lleven lejos, muy lejos, adonde nadie llega y donde nadie labró ningún camino.  Porque allí, seguro, cerrará boca y corazón, dejará de soñar despierto y, quizá así, descanse en paz.

Y será sólo el estúpido recuerdo de mil deseos tirados en la cuneta de un camino perdido.


Más de un destino

Ya no quedaban promesas al viento aquella tarde de invierno. La niebla mortecina era sólo el recuerdo de una mancha de humedad en la costura del tiempo. Paso a paso el caminante fue haciendo caminos y deshaciendo el hielo. El frío atraviesa la piel, pero no los huesos que se niegan a quedarse quietos.
    En una alfombra de hojas secas creció un poste. Por ramas le brotaron flechas y, al poco, nombres. Destinos fugaces de caminantes pensativos sin tiempo para decidir improvisando. Destinos a veces terminados, a veces con instrucciones de montado. Y las gentes en su eterno ir y venir desconfiaban de desconocidos, mas encomendaban la suerte de sus destinos al anónimo poste erguido. Pero al igual que sus semejantes de madera, a cada soplo de viento sus ramas se movían, y las flechas cambiaban girando sobre el vertical, escondiendo que cada uno tiene su propio camino, más de un destino y mil errores cometidos.

Y ellos nunca jamás lo sabrán.


Puente de madera

Hay puentes que no hay que cruzarlos, sino atravesarlos.


El martillo de cristal

Sigue entrando. Penetra dulcemente susurrando que quizá mañana no vuelva. Y me quedo mojado. Mojado y solo. Esta noche no saldrá el sol como hizo ayer. El mañana será sólo una promesa perdida en sueños rotos por un martillo de cristal. Quizá debería dejar de llorar, para secarme sin tu ayuda, para dejar de beber tu silencio que me pudre el pensamiento.
Esta noche no ha salido el sol. Ya lo habías prometido, y tú nunca rompes una promesa. Sólo, quizá, con un martillo de cristal. Quizá nunca me digas la verdad, pero esa será tu mayor mentira. Tengo que dejar de salir a la calle cuando llueve. Mi casa se cae a trozos entre nubes acumuladas en el techo del salón. Abro un paraguas con goteras, y vuelve a arreciar la tormenta que nadie predijo, de la que nadie me avisó, bajo la que nadie más que yo se moja.
Esta tarde quedé solo sobre la cama. Pude ver el silencio mirándome fijamente colgado del techo de mi habitación. Y ese mismo silencio me dijo que todo había pasado. Pero cuando te llamé, el silencio desapareció. Se rompió como un martillo de cristal. En sólo siete segundos volverá a llover. A lo lejos, asomado a la ventana, ya veo en el cielo las culebras luminosas. Escribo sin pensar, sabiendo que nadie pensará que me está leyendo. Porque este texto volverá a quedar perdido en ningún lugar, en ningún libro, en ninguna mente, en ningún recuerdo. Como la pesada carga de mi espalda. A penas he cerrado los ojos y ya te veo. “Te dije que volvería, ¿recuerdas?” Muevo los labios dormido, pero no me oigo. “Yo nunca rompería una promesa.”
Esta noche tampoco ha salido el sol. Pero mañana lloverá. Y por si tengo que salir a flote, agarro con fueza el martillo, casi sin darme cuenta de que también es de cristal. Y pronto se romperá.


Detrás del sol

Caminó tanto tiempo sin toparse con nadie que se enamoró del sol, porque él cuidaba cada amanecer que le veía dormirse agazapado en soledad, y le despertaba con cálido mimo cada mañana con fidelidad. Pero, como cada amor platónico, él también fue fiel a la norma escrita en ningún lado, y se pasó media vida persiguiéndole sin tan siquiera poder alcanzar a tocar uno de sus rayos. Convertido en viento y con el alma cargada a la espalda, dio la vuelta al mundo tras su luz. Y nunca la alcanzó.