Imagen fantasma
El romper de las olas contra la solitaria playa competía en intensidad con la fuerza del viento del Atlántico. Cada atisbo de realidad parecía querer desaparecer con cada brillo del horizonte, como una fuente de oro, derramando litros y litros de luz. La tarde era tan clara que se veía al ocaso llover literalmente sobre el mar. Todo se antojaba tan mágico que estaba claro que en cualquier momento me iba a despertar. Y justo entonces las nubes comenzaron a llegar para llenar un lienzo azul que fue difuminándose poco a poco con blancos y grises, casi tan lentamente como el sol dejándose caer, con nubes errantes que de su caminar me hipnoticé. E hipnotizado me olvidé del tiempo que pasé esperando en la orilla, escuchando viento y marea, respirando la calima y el aroma a salitre. Recibí el golpe de la realidad brillante, fruto de una imaginación tan rica que fue capaz de inventarlo todo, olas, playa y Atlántico, pues tan sólo estoy solo en mi cueva de grises paredes carcomida por la humedad del aire viciado que revienta mis pulmones.
Pero, sin saber cómo, al apretar el disparador en plena oscuridad, apareció esta imagen.
Los deseos tirados en la cuneta
Me sorprende el ocaso como cada tarde desnudo de pensamientos. Indefenso y tiritando vuelvo a la realidad apartando el visor de mis ojos; como una bofetada violenta, mi retina se contrae. Llevo tanto tiempo mirando a través de estos cristales que todo depende del color de la realidad que me mira. Y pese a todo prefiero seguir apuntando con mi cámara; me hace menos daño. Aunque todo sea mentira. Como mi vida.
Los últimos pájaros buscan su nido por intuición; la oscuridad ha ganado la partida, como cada tarde, y el sol cae a plomo. El crujir de la tierra debajo de mis pies me reconforta. Mis zapatos están blancos, cubiertos por una pátina de polvo y estrellas. El polvo es real; las estrellas, espejismos. La vegetación se apiña en las márgenes del camino, respetándolo, como si fuera un ser vivo, como si fuera una serpiente infinita sin cola ni cabeza. El campo huele a sequía; el reseco valle bañado por el cadáver del Tajo despliega sus colores ante mí que, como un intruso, voy abandonándolo lentamente, recorriendo el viejo camino de vuelta a casa. Recorriendo la serpiente sin cascabel pero cargada de veneno en forma de melancolía que, sorbo a sorbo, bebo pusilánime.
¿Quién fue el primero que cogió este atajo? ¿Quién dijo: “Necesito aquí mismo una senda que me lleve a mi destino”? ¿Quién horadó en la tierra muescas para ir socavando el terreno y dominarlo para su propio provecho? Cada curva, cada repecho, cada recta conservada durante siglos… Son arterias de piedras que dan vida a pueblos, cortijos y caseríos. Me imagino cuántas historias guardan estas cunetas, cuantos viajes olvidados, cuantos secretos dormidos tirados en mitad de ninguna parte, como nubes anaranjadas que vienen y van lamidas por el sol crepuscular. Como los estúpidos deseos de este triste fotógrafo que, completamente confundido, se hace invisible y reza a sus dioses paganos para que le lleven lejos, muy lejos, adonde nadie llega y donde nadie labró ningún camino. Porque allí, seguro, cerrará boca y corazón, dejará de soñar despierto y, quizá así, descanse en paz.
Y será sólo el estúpido recuerdo de mil deseos tirados en la cuneta de un camino perdido.
Arde el mar

Cada vez que el sol se estrellaba contra el mar, ella creía que una gran nube de vapor se alzaría sobre el cielo hasta evaporar el océano y dejarlo seco. Pero nunca ocurrió. Se sentaba sobre el acantilado a presenciar con precaución para avisar a sus abuelos, pero el sol siempre respetó el mar, y al día siguiente ambos volvían a amanecer, cada uno por su lado, sin molestarse. Ella creía que era porque siempre se sentaba ahí a ver atardecer. El sol no se atrevía a quemar el mar porque ella estaba vigilándolo, protegiéndolo, cuidándolo. Y cuando anochecía y escuchaba a sus abuelos llamarla para cenar, la pequeña se levantaba orgullosa, bien erguida, cabeza alta y pecho ancho, y daba la espalda al ocaso, ya consumido en colores morados oscuros debajo de la línea acuosa del horizonte salado. Si; una vez más, había acabado con aquella bola de fuego hasta extinguirla por completo. Sí; una vez más, había salvado al mar de la evaporación mortal que sólo su imaginación podía prever un día tras otro.
Pero un día la pequeña cayó enferma. Y, a su corta edad, a buen seguro era la primera vez que fue consciente de que tenía fiebre. Y sus abuelos no la dejaron salir de la cama. Aquella tarde, pese a los sudores fríos y al terrible cansancio que sólo los virus pueden proporcionar a las siempre hiperactivas mentes y cuerpos de los niños, la pequeña suplicó para que la dejaran salir sólo un momento al acantilado. Pero lógicamente nadie la dejó, por muchas súplicas que hiciera (nunca lloró, pues ella no dejaba entrever su fragilidad de esa infantil manera ni loca). Y, entre caldos y paños mojados, cuando se asomó a la ventana y vio que el resplandor del día ya no cubría el cielo, creyó que su mar había desaparecido por completo engullido sin piedad por el sol que, aprovechándose de su ausencia, se había precipitado sin piedad sobre las indefensas olas. Y de tristeza se durmió.
Al la mañana siguiente, al despertar y ver el día colarse por la ventana de madera, maldijo sus rayos hasta apretar los dientes con fuerza y hacerse daño. Pero la fiebre había remitido y la dejaron salir fuera. Temblorosa y conteniendo a duras penas las odiosas lágrimas, se asomó al acantilado, desde donde esperaba contemplar un espectáculo dantesco de desecación y vacío. Pero en lugar de eso vio que su mar seguía ahí, como siempre, rugiendo contra la costa, reflejando los rayos del sol con belleza y placidez.
Confusa, la pequeña se sentó en su piedra gris frente al acantilado y se miró sus menudas manos, todavía lisas, todavía suaves. Alzó su pequeña cabeza, con la coqueta y castaña melena al viento, revoltosa bailando con el olor a salitre del aire. Miró al horizonte limpio y claro, los ojos bien abiertos y una mueca grave en los labios, y lanzó al viento con voz tímida pero bien alta:
-Así me gusta, que os llevéis bien cuando yo no estoy.
Aquél día, la pequeña se hizo mayor. Y el mar volvió a arder.
Búscate un amigo
“No es preciso que sea perfecto; basta con que sea profundamente humano, que tenga sentimientos y un gran corazón. Que sepa compartir dolores y alegrías, hablar y saber callar. Sobre todo, saber escuchar y guardar un secreto. Tiene que sentir los días tristes y respetarlos. Saber renunciar en favor de alguien. Tener un ideal y, en caso de no tener, sentir el gran vacío que esto deja. Sentir pena de los que tuvieron y perdieron cosas queridas. Ser Quijote sin menospreciar a Sancho.
Búscate un amigo para pasear, disfrutar de la naturaleza, deleitarse con la música, leer… Sentirse un ser humano. Búscate un amigo que se entristezca con la separación, que quede conmovido, y con todo el corazón desee nuestro pronto regreso. Que se conmueva cuando sea llamado amigo. Búscate un amigo para no enloquecer, para poder contarle lo que se vio de bello y de triste durante el día, de los sustos, de las tristezas y de las alegrías. Un amigo que sepa conversar de cosas simples, del rocío, de la lluvia, el sol, las estrellas y de los recuerdos de la infancia. Búscate un amigo que no tenga miedo de decirte un defecto; y cuando lo haga, que sepa cómo hacerlo. Búscate un amigo que crea en nosotros, que nunca jamás sea irónico. Que nos sepa defender, de corazón libre y con toda franqueza, cuando somos atacados.
Búscate un amigo para tener la conciencia de que todavía vives.
Por favor, búscate un amigo.”
Anónimo
Un mes, una canción: agosto (Amaral)
<<Dices que tengo la cabeza como un saco de centellas, pero te gustan mis pies mojados.
Botas de terciopelo, nubes de caramelo, cubren el sol de agosto, botas de terciopelo.
Y mientras estas palabras acababa de escribirte, cayó la última lluvia del verano.
Y así quedó comprobado lo que trato de decirte: tengo el poder de atraer los rayos.
Te espero con los brazos abiertos para decir “te quiero”.
Lo que creció en agosto se marchará en invierno.>>
La muerte de un nuevo día
Entrada gratuita. Una sola función al día hasta el fin del mundo. Se permite y aconseja la entrada de cámaras. Sin derechos de autor.
Otro sol
Sin tierra; sólo agua, cielo y fuego. Abre tus manos. Extiende tus brazos. Hasta el fin. Demasiado limpio. Demasiado oscuro. Nadie alrededor. Extiende tus manos y vuela. Sólo alza la mirada. Danzando alrededor del sol. Un sol que se mueve alrededor del mar. Nadie herido. Nadie inocente. Nadie culpable. Nadie me sostiene. Sólo floto. Como una pluma recién caída. Y llega hasta el mar, donde esperan mis deseos, mezclados con el fracaso, donde todo, tierra, agua, cielo y fuego, fueron de repente el dardo de una lágrima cayendo en reposo. Y vuelve a amanecer. Siempre en silencio.
Lo que ocurra primero
Luces del norte. Luces de la noche. Luces que juegan con el aire, con protones y electrones solares que danzan acompasados por nuestros polos. Luces esquivas, mágicas, místicas, míticas… Pero luces lejanas que jamás veré. Y me conformo con la lluvia de colores que me brinda esta lluvia de mayo. Me conformo con el sol atravesando los cristales líquidos que caen de ningún lado. Y me advierten que ni nada es lo que parece ni jamás recordaré algo que no he olvidado. Por eso te espero aquí sentado, a un peñasco solitario encaramado, pensando si realmente te fuiste de mi vida o permaneces a mi lado. Y cuando reine la noche seguiré cavilando, quizá despierto, quizá soñando, que si el mundo respira luz, no seré yo quien apague tu legado.
“Nos vemos mañana, o a la luz de la Luna. Lo que ocurra primero.” De un amigo inventado.
Una vieja leyenda
Existe una vieja leyenda dentro de mi cabeza. Y crece y crece hasta hacerla explotar. Cada noche me cuesta más conciliar el sueño. Veo pasar rayos naranjas y rojos por mi ventana. Y cada uno deja un mensaje susurrante. Desgastado como un borrador equivocado. Drogado por medicinas antidolor. Esta noche volveré a dormirme sin sueño. Cansado de todo lo que huele a decepción.
Que no te engañe el sol: somos nosotros los que nos movemos a su alrededor. Pero al final no existe ni sueño, ni leyenda ni dolor. Sólo la cobardía de un cobarde que fue ciego, mudo y traidor.
El recuerdo
Un leve viento susurrando entre los dormidos árboles negros. A penas una caricia de aire rozando las nubes empañadas de lluvia. La bufanda enredada en el cuello. Un rojo infierno incendiando mimosamente el cielo. Un mundo entero debajo de los pies y el universo colgado de las manos. Y en medio, sólo un humano perdido en el tiempo y el espacio.
Dos luces resplandeciendo, iluminando el recuerdo de quienes nunca se fueron ni nunca se irán de nuestros pensamientos.
Y saber que no fue un sueño.
Cuando el sol sonríe
Decenas de científicos y miles de personas (ocho mil, para ser exactos) han disfrutado de un espectáculo que este mortal no verá en su vida, por mucho que le pese: un eclipse de sol en la Isla de Pascua. Y eso que no las tenían todas consigo: las nubes jugaron con su paciencia hasta que, (¡Oh, milagro!) se abrieron para que pudieran degustar de este espectáculo natural gratuito. El eclipse fue total en algunas zonas del Pacífico prácticamente deshabitadas, aunque más de cien mil personas en Sudamérica no dudaron en elegir la danza estelar en vez del fútbol del mundial. Cámaras, trípodes, astrónomos, curiosos… Todos a la caza del juego eterno entre el Sol y la Luna. Y con toda nuestra parafernalia de expertos en todo e ignorantes de nada, es un niño de a penas 8 años quien mejor describió la magia de un momento del que no deberíamos indagar mucho, por aquello de no desvelar los secretos de los magos: “Ha sido como si el sol sonriera”. Bendita inocencia. Dicen los expertos que la enigmática Isla de Pascua y sus misteriosas figuras se van desplazando por el océano hacia las costas de Chile, cambiando mapas y zarandeando nuestra percepción errónea de que este mundo está quieto. Quizá un día se estrelle contra el continente. Todo esto me hace pensar que todos deberíamos valorar y disfrutar del lugar donde nos encontramos y de lo que tenemos al alncance de nuestra mano; quién sabe si alguien lejos de nuestra casa siente envidia por lo que nosotros, día a día, despreciamos.
Detrás del sol
Caminó tanto tiempo sin toparse con nadie que se enamoró del sol, porque él cuidaba cada amanecer que le veía dormirse agazapado en soledad, y le despertaba con cálido mimo cada mañana con fidelidad. Pero, como cada amor platónico, él también fue fiel a la norma escrita en ningún lado, y se pasó media vida persiguiéndole sin tan siquiera poder alcanzar a tocar uno de sus rayos. Convertido en viento y con el alma cargada a la espalda, dio la vuelta al mundo tras su luz. Y nunca la alcanzó.
Gol del sol
Sábado 3 de julio de 2010. 21.31 horas. Ni vuvuzelas ni banderitas. Esto sí que fue un espectáculo…
Gracias al Mundial de Fútbol 2010 por permitir que todo el mundo desapareciera y poder así disfrutar de un ocaso tan solitario, tranquilo, silencioso y bonito como éste.
Mi traidor; mi aliada
Maldigo cada amanecer, que me encuentra siempre dormido, y su seguridad de hallarlo todo silencioso. Porque él sabe, mejor que nadie, que el mundo sin luz no es nada, y la nada… nada es sin luz. Porque pensar quiero, pero no puedo si sus rayos atraviesan mi ventana. Porque no hay nada mejor que la oscuridad para cavilar, ni peor que la luz para pensar.
¡Ah, malditos ojos fisgones; que actúan movidos por la ruin curiosidad (convertida en perversidad), que llegan al rincón más sombrío, adentrándose en mis aposentos, en mi cuarto y hasta en mis escritos! Que quieren saberlo todo, que todo lo llenan de luminosidad sin pedir permiso.
Por eso, cada noche, cuando el sol muere, impotente, aplastado por el cielo, y el silencio vuelve a reinar, yo y mi amiga mágica volvemos a ser un dúo perfecto. Que al alma la oscuridad emociona y a la imaginación llama. Por eso, no es un secreto, ni lo fue ni lo será, que el sol es mi traidor y La Luna… mi secreta aliada.
Vetana de emergencia
Siempre tienes una ventana de emergencia por la que escapar. Sólo tienes que imaginarla.



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