Fin del camino
“Se acabaron las palabras. Se rompieron los espejos desangrando la verdad. Algo se quebró dentro de mi y no hay vuelta atrás. Yo me iré. En el último minuto todo puede suceder. Decir adiós antes de que se aproxime el final. Yo me iré. Hoy palpita extraño mi corazón. Y decir adiós antes de que se aproxime…”
Es hora de cerrar los ojos. ¿Para siempre?
Manzanares, cruce de caminos
La Mancha forjó pueblos empedrados, resecos por el implacable sol, peinados por los vientos de la llanura y anclados en el tiempo por sus costumbres y regios edificios. Manzanares es encrucijada de caminos, y lo fue incluso antes de que naciera, cuando las calzadas romanas atravesaban sus tierras y, más tarde, cuando la Mesta lo usaba para el pasto de su ganado. Hoy Manzanares sigue siendo un cruce de caminos importante en la “Llanura manchega” o “Mancha baja”. No nos cansamos de caminar por las tierras y pueblos de La Mancha, y hoy toca detenernos en Manzanares.
San Carlos del Valle

El viajero que camina con los ojos abiertos nunca dejará de sorprenderse. Y así, tras descubrir villas y ciudades magnificadas y soberbias, llega al sureste de la provincia de Ciudad Real, en pleno Campo de Montiel, y atraviesa viejas carreteras cuyo asfalto podría catalogarse como monumento histórico. Es la única manera de llegar a lugares adonde nadie iría, si no fuera atraído por las maravillas que le han contado otros viajeros que, como él, se aventuraron por tierras infinitas y secas. Y, de una u otra manera, nunca se defrauda.
Llegando al pequeño pueblo de San Carlos del Valle, la extraña, original y característica silueta de su iglesia se recorta en el cielo y crea una inédita sensación, como si esa construcción estuviera fuera de lugar, fuera de espacio, fuera de tiempo. La Plaza Roja rusa queda demasiado lejos, piensa el viajero, hasta que entra en las solitarias calles de San Carlos del Valle y descubre que está ante uno de los mejores exponentes del barroco final de la provincia: la Iglesia del Cristo del Valle. Este “Bien de interés cultural” con categoría de “Monumento” (1993) preside una de las plazas más hermosas de toda Castilla-La Mancha.
Rodeado de otras ilustres villas, como Manzanares, Valdepeñas, Villanueva de los Infantes o Villahermosa, San Carlos del Valle suele pasar desapercibida en las guías turísticas. No tiene grandes accesos ni ofrece las posibilidades de ocio propias de una ciudad. Pero sus mil doscientos habitantes a buen seguro se saben orgullosos de su pequeño pero importante patrimonio arquitectónico. El constante flujo de peregrinos para rogar al Cristo del Valle animaron a la Corona a construir, en el Siglo XVI, una ermita levantada sobre la antigua de Santa Elena, para darles cobijo. Es la versión oficial, pero más de una fuente cree que la intención verdadera era crear una construcción emblemática para la Corona Española, para demostrar su poderío. Sería una de las explicaciones para justificar la abundante presencia de símbolos cultos y paganos (o populares) mezclados en la decoración de la nueva iglesia, como las cuatro figuras grotescas que sorprenden al observador, custodiando las cuatro esquinas de la cúpula, debajo de las cuatro torres (abajo a la derecha, una de ellas).
Para cuando la obra de la nueva iglesia hubo finalizado (durante el reinado de Felipe V), la población estable aumentó tanto que se precisó una reordenación del casco urbano. Pablo de Olavide la realizó ya durante el mandato de Carlos III, dando forma a un plano rectangular u ortogonal que hoy rige las calles de la pequeña población. Y es que Carlos III quiso repoblar la zona con campesinos, y el trazado rectilíneo de los caminos de los campos de labranza dio origen al trazado de sus calles, con dos partes diferenciadas atravesadas por la calle principal (hoy carretera CR-644). Esta reordenación asumió el fuerte papel del atrio de la iglesia, adosada a ésta, que se convirtió en la Plaza Mayor de la localidad, y constituye una de las más hermosas y pintorescas de toda la comunidad, sin nada que envidiar a otras famosas como Villanueva de los Infantes o Almagro.
Las plazas mayores manchegas tienen su propia personalidad: no son grandes monumentos soberbios, sobrios o impresionantes en sí mismos; son pequeños lugares donde la población se reúne día a día, dándole vida y asumiendo otros papeles populares de vez en cuando, como corrales de comedias, plazas de toros, mercados y demás atractivos ociosos y funcionales. La arquitectura popular de La Mancha tiende a usar maderas y piedras de forma hábil y decorativa al mismo tiempo, algo que quizá en aquélla época no parecía reseñable, pero cuya conservación hoy en día supone el último reducto de una arquitectura ya en desuso, que alegra la vista de los paseantes y supone un gozo en su contemplación.


La Plaza Mayor de San Carlos del Valle sorprende por su excelente conservación, su estructura de columnas toscanas sosteniendo galerías de dinteles, zapas y balaustres de madera. Al fondo de la plaza, presidiéndola, el Ayuntamiento, diferente al resto de la plaza (ver fotografía superior), con balcón corrido voladizo sobre ménsulas de madera.
No es población de paso; las carreteras principales ni siquiera están cerca. Si alguien va a San Carlos del Valle lo hace convencido. Quizá por eso no existe sobreexplotación, ni turística ni urbanística, y por eso aún se conserva el aroma a historia, a pueblo anclado en sus propias tradiciones, y los tractores, los perros despreocupados y algún que otro vecino solitario son los únicos personajes que nos encontramos. La visita es sencilla, pequeña pero enriquecedora; como el propio San Carlos del Valle, que dejamos atrás rumbo a nuestro próximo destino. Por el retrovisor se va desdibujando la silueta de la Iglesia del Cristo del Valle, estampada contra un cielo gris invernal del que empiezan a descolgarse las primeras gotas.
[Texto y fotografías: La Retina de Cristal]
[Información para la elaboración de los textos: folletos editados por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Información aportada por la oficina de turismo de Manzanares. Web oficial "Turismo Castilla-La Mancha". SIGPAC.]
Sierra de Segura
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Las Tablas de Daimiel
Tablas de agua. Tablas de silencio y bullicio al mismo tiempo. Tablas de paz y naturaleza. Tablas de dolor, rabia e impotencia. Tablas del cielo en La Tierra. Tablas que hablan de un pasado de sobreexplotación, pero también de un futuro de conservación. Tablas que se desparraman queriendo adueñarse de la extensa planicie manchega. Tablas, no de madera, sino de Daimiel. ¿Quién quiere clavos?
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¿Qué es una tabla?
Lo primero que se pregunta el viajero es: ¿por qué “Tablas”? Todo el mundo conoce o ha oído hablar de las Tablas de Daimiel (Ciudad Real, Castilla-La Mancha), pero pocos saben qué es una tabla fluvial. Una tabla de río es una zona pantanosa por la que uno o varios ríos se ensanchan hasta casi desaparecer su curso, debido a la poca pendiente del terreno. Pero, desgraciadamente, pocas tablas quedan ya. Las de Daimiel podrían considerarse el último reducto y ejemplo de las que antaño inundaban gran parte de la hoy llamada paradógicamente “La Mancha seca”. (más…)
La Mezquita de Córdoba
Una mezquita que no mira a la Meca. Una mezquita donde está prohibido el culto musulmán. Una mezquita que llaman “catedral.” Pero una mezquita única en el mundo. Córdoba guarda en el corazón de su ciudad una joya arquitectónica que diferentes religiones y culturas se han ido pasando hasta llegar a nuestros días con prácticamente toda su belleza. Un colorido bosque de arcos que se despliega ante nosotros para darnos la bienvenida, independientemente de nuestro credo. ¿Qué mejor lugar para darnos la mano?
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Vista desde fuera, la mezquita de Córdoba parece una inmensa caja fuerte que guarda un gran tesoro. Sólo si nos alejamos oteamos la catedral desde fuera, construida años más tarde tras la reconquista cristiana, pues asoma desde el centro como queriendo imponerse y alzarse más alto, mimetizándose con la primigenia mezquita. Los arcos adornan las diversas fachadas, con especial importancia de sus puertas, como la del Perdón y la de Las Palmas. En el muro Este, sorprende el colorido de algunos adornos eminentemente árabes, y diversas puertas en desuso. Es sólo un aperitivo de lo que encontraremos dentro.
En el año 785 dieron inicio las primeras obras de la mezquita, levantada sobre los restos de la antigua Iglesia de San Vicente, de la que en la actualidad sólo quedan algunos cimientos y mosaicos en el subsuelo, conservados por el actual credo para demostrar el primer uso cristiano del lugar. Abd Ar-Rahman I (Abderramán I), ante la creciente población cordobesa, quiso levantar un lugar apropiado para el culto musulmán, y proyecta diez naves sustentadas por ciento treinta columnas de doble arcada, abiertas sobre un patio rectangular de setenta y cuatro metros de longitud (el Patio de los Naranjos). Las columnas, en su mayorías recicladas de construcciones romanas anteriores, soportan a su vez otro pilar superior, novedad arquitectónica en la época. Cada columna está unida a su contigua por dos arcos: uno inferior para evitar desplazamientos horizontales, y otra superior para aguantar la techumbre. El doble material empleado (piedra y ladrillo) confiere a todo el conjunto un vistoso colorido.
Es un hecho bastante desconocido por el público y muy curioso, pero aún se desconoce con total certeza por qué el primer arquitecto no orientó la mezquita a la Meca (tiene una desviación de 51º). Algunos opinan que es debido a que realmente mira a la mezquita de Damasco, origen de Abd Ar-Rahman. Pero la mayoría cree que se debe a la imposibilidad de una total orientación por el cercano río Guadalquivir. Recientemente, excavaciones arqueológicas han descubierto que la mezquita sigue el trazado originario de la ciudad, por lo que pudo adaptarse a éste, sacrificando su orientación hacia la Meca. Pero como algunas sorpresas de la Historia, quizá nunca sepamos la verdad.
El hijo de Abderramán I, Hiyam I, concluyó las obras levantando el en el año 788 el alminar original, actualmente desaparecido. Abderramán II amplía la sala de oraciones en el año 833 hacia el Guadalquivir con siete nuevas salas y la portificación del Patio de los Naranjos, sumando ochenta columnas más al “bosque” de piedra. Ello le obliga a construir un nuevo mihrab. Abderramán III derriba el alminar original y levanta una segunda torre en el mismo lugar. La sala de oraciones sufre otra ampliación añandiéndose ciento veinte columnas más, de nuevo en dirección al Guadalquivir. Almanzor lleva a cabo la última ampliación, y también la más extensa, pero se realiza hacia oriente, pues la proximidad del Guadalquivir impide seguir construyendo. Esta vez sólo utiliza un material en los arcos de la sala de oraciones, por lo que los pinta de rojo para seguir el diseño original.
En 1523, el bobispo Alonso Manrique ordena levantar la Catedral cristiana justo en el centro de la sala de oración. Con la transformación de la mezquita a catedral se dañó notablemente uno de los edificios más emblemáticos del mundo. No faltó la polémica en su día, a lo largo del siglo XVI, que precisó de la intervención de Carlos V, quien autorizó finalmente la construcción cristiana basándose en diseños góticos y renancentistas. Al poco tiempo de visitar el lugar con las obras acabadas, se dice, se lamentó profundamente hasta el punto de asegurar: “Habéis destruido lo que era único en el mundo para levantar lo que se puede ver en todas partes.” Sea como fuere, hoy podemos disfrutar de una espectacular mezcla de arquitectura, culturas y credos en un único edificio, poniendo de manifiesto la rica cultura histórica y artística de nuestro país.
El juego de luces y sombras sorprende al visitante. El silencio respetuoso lo inunda todo, ante caras de asombro y profunda admiración. La diferencia de temperatura respecto al exterior es extrema: calor, fuera; frío, dentro. El sol juega a colarse por los escasos recovecos que encuentra para llegar adentro. El misterio de la oscuridad siempre ha planeado por entre las columnas. La intervención cristiana añadió luz por ventanas y vidrieras en su parte central, más tarde tapiadas y recientemente recuperadas en una costosa rehabilitación.
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A la mezquita sólo le falta un folleto completamente riguroso para los turistas, en vez del panfleto católico que se entrega a la entrada, con información sesgada, subjetiva y totalmente parcial. Uno comprende que está ante un templo católico, pero por muchos cimientos originarios cristianos, este podría ser un buen ejemplo de convivencia e historia, y por el notable precio de la entrada bien podrían informar de forma más exquisita a los visitantes sobre un conjunto Patrimonio de la Humanidad, en vez de barrer para casa y contar una película de “buenos” y “malos”. Eso sí que sería grandioso, y no la custodia de doscientos kilogramos que guardan en el interior.
Sierra del Rincón
Madrid no son sólo coches, autopistas, atascos y humos. Hay que ir al extremo nororiental de la comunidad para encontrarse con maravillas como la Reseva de la Biosfera de la Sierra del Rincón: pueblecitos perdidos en valles y montes donde el noventa por ciento del territorio está protegido. Aquí las calles y la naturaleza conviven en armonía para darle otro sentido a la palabra “progreso”. Muchos políticos deberían aprender a respetar la cultura rural en vez de transformarla en nombre del dinero.
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Progreso no es sacrificar un bosque para construir una urbanización. Progreso no es arrasar árboles para proyectar un aparcamiento. Progreso no es asfaltar un refugio de fauna para ahorrarnos diez minutos de trayecto. Progreso no es sobresaturar un planeta ya de por sí sobre saturado de humanos con prisas, ruidos y malos humos. Progreso también es conservar una forma de vida que, a este ritmo, será objeto de veneración no dentro de mucho tiempo. Progreso es vivir del campo sin que ello cause vergüenza o descalificativos. Progreso es apostar decididamente por usos tradicionales y sostenibles de aprovechamiento ecológico de la naturaleza. Progreso es proteger un hayedo, un bosque singular, una cascada, un río, un arroyo… y convertirlo en un bien de interés nacional. Progreso es pensar en el futuro aprovechando los recursos disponibles con cabeza, en vez de convertirlo todo en una ciudad y, luego, quejarnos de nuestra calidad de vida. Progreso es la Sierra del Rincón.
Hace dos entradas visitamos el Hayedo de Montejo, el principal atractivo de la Sierra del Rincón (al menos así lo pintan las guías), pero no el único. Es posiblemente imposible visitar en profundidad las más de quince mil hectáreas de terreno que forman parte de la Biosfera, con todos sus pueblos. Pero hemos intentado, al menos, aproximarnos para tener una idea. Horcajuelo de la Sierra, La Hiruela y Montejo son sólo tres de los cinco municipios que están dentro de la Reserva; son los que nosotros hemos visitado. Los tres, cortados por el mismo patrón, nos presentan calles prácticamente desérticas, con excepción de Montejo, donde la actividad de sus vecinos y el número de éstos es mayor.
Tras atravesar de punta a punta la Comunidad Autónoma de Madrid, el perfil de la Sierra aparece en el horizonte con su negra figura desafiante. Al abandonar la autopista y adentrarnos por las carreteras comarcales, prácticamente desiertas y demasiado retorcidas, nos sentimos perdernos por lugares demasiado desconocidos por los propios madrileños. Nuestra primera parada es Horcajuelo. Con un centenar de vecinos es difícil toparse con alguno por la calle ahora que el otoño empieza a refrescar. Estamos a 1.140 metros de altitud y no es casualidad que prácticamente todas las construcciones luzcan en sus fachadas preciosas composiciones de piedra, pizarra, adobe y madera: son los mejores materiales para protegerse del desafiante y siempre fiel frío invernal. Esto otorga al pueblo un aspecto típicamente rural, despojado de artificios y, al mismo tiempo, gozando de una belleza intrínsecamente natural y original.
Ni demasiado cerca ni demasiado lejos: cogemos el coche y en poco tiempo, bastantes curvas y alguna que otra vaca llegamos a La Hiruela. Pueblo enamorado de su propio medio, de su paisaje, de su tranquilidad. Tenemos varias rutas disponibles para descubrir la frondosa naturaleza circundante, aunque simplemente pasear por sus calles es una experiencia placentera. El asfalto deja paso al empedrado, e incluso a la tierra en algunos tramos ajardinados. Sus habitantes se jactan, con razón, de sobrevivir del campo gracias a la ganadería y agricultura, siempre sostenibles, especialmente conservadas gracias a las regueras, obras de ingeniería hidráulica pretérita y popular que ha sobrevivido a lo largo de las décadas hasta nuestros días, desafiando las técnicas más modernas.
El perfecto estado de conservación de la mayoría de las casas del pueblo convierte a este mini municipio en uno de los mejores conservados de la comunidad.
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En Montejo sólo paramos para recoger los pases y ver el Hayedo de Montejo. Pero el pueblo rebosaba más vida que el resto de la comarca. Aún así, no hay que engañarse: esto le parece muy bonito al dominguero de paso, pero la vida en estas tierras, en estos pueblos y en estas montañas es dura. No es lo mismo pasar unos días de vacaciones en las numerosas casas rurales bien acondicionadas que sobrevivir permanentemente de lo que la tierra nos ofrece en unas condiciones no siempre agradables. Pero aún queda gente que comprende que la calidad de vida bien lo merece. Desde luego, aquí no se respira estrés ni contaminación. Parce que el tiempo se para a nuestros pies mientras callejeamos entre susurros de silencio, rotos sólo por el desperezar de algún árbol dormido que, al compás del viento, vuelve a la vida gimiendo y retorciéndose. La biodiversidad de la zona, con centenares de especies inventariadas, le confiere un alto valor ya protegido.
La subida al puerto de La Puebla pone el broche final a un pequeño recorrido que, prometemos, ampliaremos más adelante. Porque regresar a estos pueblos es una sana terapia sin efectos secundarios. Una dosis de aire puro y una lección a los urbanitas acostumbrados a llevar siempre razón, y a no ver más allá que el triste horizonte de edificios que ofrecen sus ventanas. Pero, en realidad, el mundo es mucho más grande.
![HEC_0190 [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/10/hec_0190-la-retina.jpg?w=600&h=401)
Gracias a Carlos Velasco por regalarnos nuestro único día de vacaciones.
Hayedo de Montejo
No hace falta salir de Madrid para disfrutar de la Naturaleza salvaje. Hay que viajar, eso sí, muy al norte; tanto que para entrar en Guadalajara sólo hay que cruzar unas piedras sobre un recién nacido y poco caudaloso Jarama. Estamos en la Sierra del Rincón, reserva de la biosfera y paraíso para el naturista silencioso, solitario y enamorado de verdad de la tranquilidad y las tradiciones. Aquí no es difícil encontrarse con pueblos de diez habitantes. Hoy visitamos las hayas más meridionales de Europa: Montejo. ¿Qué mejor que un chubasquero y una cámara de fotos?
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El principal reclamo de la Sierra del Rincón es el Hayedo de Montejo. Un reducto de varios ejemplares de hayas, árbol no protegido, pero sí en esta zona, pues se trata de los ejemplares más meridionales de Europa. De hecho, el bosque no es en realidad un hayedo, sino una masa mixta de rebollo y hayas, con más presencia de rebollos (robles) que de hayas. Pero indudablemente le da más valor y nombre “hayedo”, pues es realmente infrecuente encontrarlo en estas latitudes, lo que atrae a un buen número de visitantes cada año.
En cualquier caso, el lugar infunde su magia al visitante, que siente adentrarse en un lugar especial. De hecho, visitarlo sólo es posible pidiendo permiso previo y llevando el pase el día de la visita. Hasta hace poco sólo se podía hacer telefónicamente o en Montejo (pueblo cercano), pero actualmente es tan fácil como rellenar un formulario en la página oficial. Los grupos son, como máximo, de veinte personas, y las visitas incluyen un guía que nos enseña gran cantidad de características del hayedo, cómo distinguir los árboles, el proceso de crecimiento y conservación y demás curiosidades de interés general.
Tenemos dos tipos de sendas disponibles: fácil y difícil. Nosotros escogimos esta vez la fácil, aunque prometemos que repetiremos con la difícil. Cualquier persona con movilidad normal puede acceder a la senda fácil, abuelos incluidos. Siempre sin salirnos del camino marcado, vamos recorriendo el precioso valle siempre acompañados del rumor del joven y limpio Jarama. La umbría del lugar y su extrema humedad han posibilitado la conservación del bosque, además de suelos frescos y profundos, enriquecidos por el desfronde. Y no sólo eso: la mano del hombre, también. Lejos de actividades destructivas, nuestros antepasados ayudaron al desarrollo de nuevos ejemplares mediante su empleo como dehesa boyal durante siglos, manteniendo estable el número de ejemplares adultos.
Es raro el día que no cae una llovizna en estos lugares; hoy no será una excepción. El chaparrón dura sólo unos diez minutos y no nos achanta. Para cuando el recorrido ha comenzado, las nubes parecen querer dejarnos disfrutar, y han refrescado agradecidamente el ambiente. El campo huele a vida. El sonido del agua se mezcla con nuestras pisadas, con las primeras hojas caídas. Pero el otoño todavía no ha desplegado sus llamativos colores; hay verde por todos lados. Un verde sincero, radiante, limpio y refrescante. Paseamos por el Chaparral y la Solana, dos montes que componen este espacio protegido de 250 hectáreas, de las que en sólo 122 encontramos hayas.
Según avanza el paseo nos topamos con algunos ejemplares realmente llamativos, como el de la izquierda, fallecido este mismo año tras un esperanzador pero finalmente estéril rebrote. La edad calculada para este y otros ejemplares suele sobrepasar con creces los trescientos años. Los terribles daños en su corteza anuncian una muerte inminente al ser incapaces de bombear más savia a lo largo del árbol.
El recorrido, de una hora y media de duración aproximadamente (ida y vuelta) da una buena muestra de un bosque del que, en realidad, no vemos ni la mitad. La fragilidad de estos ejemplares es tal que es necesaria su protección extrema. Encontramos varias hayas transplantadas que ahora crecen con ayuda humana, mezclándose con ejemplares salvajes de crecimiento mucho más lento. Y es que, para que un haya alcance una altura y embergadura relativamente pequeñas hacen falta décadas. Para sobrevivir, estos árboles extienden sus ramas a lo ancho para imposibilitar la penetración de los rayos solares, desterrando así a otras especies competidoras.
Seguimos nuestro camino y nos encontramos con el cadáver de lo que fue un gran ser vivo: un ejemplar caído naturalmente en 2004. Tres siglos de vida descansando plácidamente a nuestros pies. El concepto de tiempo y espacio pierden su tradicional significado en nuestras pequeñas mentes humanas. Uno no puede más que sentirse pequeño, muy pequeño, ante seres como este. Uno no puede más que sentir respeto y admiración por la Naturaleza y su majestuosa creación. Uno no puede más que intentar pasar por aquí sin dejar ningún rastro. Para que tierra y madera, cielo y agua, vida y muerte… sigan disputándose la eternidad ignorando nuestra propia y egocéntrica existencia.
Entre restos de carboneras, abundantes en tiempos pretéritos del pasado siglo, llegamos al final del recorrido. La amable y simpática guía nos deja toda la vuelta conversar tranquilamente, con el sonido del viento y el agua como hilo musical de fondo. Aquí ya no se pesca, ni se caza, ni se carbonea, ni se corta leña, ni se cultiva las solanas… Ahora la naturaleza ha recuperado su territorio y nos lo muestra a su antojo, invitándonos (eso sí) a repetir (al menos) una vez en cada estación, pues la nieve, las hojas secas y las flores silvestres juegan a pintar con colores imposibles un lienzo ya de por sí cambiante y maravilloso. Sólo nos queda apuntar en la agenda pedir los permisos (gratuitos) y estar dispuestos a pasar un buen rato en el campo, concienciados de la fragilidad del entorno y el regalo que supone para nuestros sentidos. Quizá no sea casual que el sol salga en medio de un día gris y húmedo, cuando ya salimos del hayerdo, sin querer decirnos adiós, sino invitándonos a descubrir cómo hay más sorpresas guardadas para cuando decidamos regresar por la serperteante y solitaria carretera que nos vio llegar y que ahora es escenario de nuestra despedida.
Notas: es imprescindible acudir con calzado apropiado (deportivas o botas, nada de chanclas o tacones), ropa impermeable por su llueve y mucho respeto. Nada de comidas, bebidas ni desperdicios varios. Está prohibido recoger muestras de ninguna clase, fumar e introducir animales. Y, en general, todo lo que nuestro sentido común nos diga. Y que nadie se moleste si una tormenta cancela la excursión: los rayos aquí no son una broma, por mucho que nos fastidie irnos sin ver nada.
Agradecimientos: A Rocío, nuestra guía: amable, comprensiva y muy didáctica. A Carlos, nuestro “chófer”, por descubrirnos unos lugares tan cercanos y desconocidos.
Para Miri, para que siga luchando por su sueño y pasión, y de paso nos ilustre con sus conocimientos. ¡Ánimo con tu proyecto!
Laguna de Uña
La Serranía de Cuenca tiene su particular oasis perdido entre los riscos y el Puntal de San Roque, en una zona jalonada de barrancos, peñascos y desniveles. Esta gran charca, laguna llamada, tiene origen natural, aunque la mano del hombre intervino para darle mayor volumen. Hoy hacemos un alto en el camino para dejarnos seducir por la tranquilidad de este rincón castellano manchego escondido del visitante.
Encajonada entre la Laguna de Uña y el Río Júcar encontramos una colina de gran altura sobre la que se erige la pequeña villa de Uña, de poco más de un centenar de vecinos. Con las sierras de las Majadas al norte y la de Valdecabras al sur, nos encontramos protegidos por paredes de piedra verticales que parecen observarnos desde su privilegiada altura e inmortal naturaleza. Uno no puede más que sentirse pequeño rodeado por las fuerzas de la naturaleza, quizá lentas, pero más poderosas que el propio hombre. Son ellas quienes han creado estos parajes, con el viento, la lluvia y los ríos como constructores invitados. Hoy, el pequeño pueblo no es más que un alto en la carretera comarcal, pero esconde paisajes salvajes que despiertan nuestros sentidos. El Parque Natural de la Serranía de Cuenca se encargó en 2007 de preservar el entorno, donde ni siquiera se permite la práctica de deportes acuáticos ni el baño, lo que ha permitido la conservación perfecta de la laguna; muchos otros lugares deberían haber seguido su mismo ejemplo, y hoy hablaríamos de situaciones mejores, por ejemplo, en las Lagunas de Ruidera, donde el turismos desmesurado y sin control ha arrasado gran parte del paraje.
Esta no es una visita prevista: regresamos de ver Vega del Codorno y del cercano Nacimiento del Río Júcar (del que más adelante haremos su propio reportaje), y tras pasar el embalse de la Toba, decidimos parar en un pequeño pueblo que se recuesta sobre la carretera, como no queriendo separarse mucho de su única vía de comunicación y sustento. Sólo hay silencio. Algunos vecinos descansan al aire libre. La villa se engalana por donde pasa la carretera para dar una buena impresión al visitante e invitarle a parar para reponer fuerzas en sus tierras. Pese a su pequeño tamaño, Uña tiene trajín de turistas, y hay numerosos restaurantes y bares. Varios autobuses parecen monstruos reposando junto a la laguna, y decidimos unirnos a ellos. Altos y frondosos árboles resguardarán nuestro vehículo mientras emprendemos a pie un pequeño recorrido hasta el mirador de Uña. El color verde será, a partir de ahora, el protagonista, bañado a veces por añiles y ocres otoñales.
Uña, “hoz” en su sentido etimológico, hace aquí gala de su nombre. De las dos hectáreas originalmente encharcadas por el Arroyo del Rincón se ha pasado a las más de quince de la actualidad, tras la construcción de un dique en 1925 para aprovechamiento de un salto hidroeléctrico. Pero poco importa: nadie podría dudar de la naturaleza del lugar, perfectamente conservado y prácticamente intacto. Tenemos caminos bien señalizados y rutas programadas para cada tipo de dificultad que aguante el caminante. Quienes se atrevan a subir hasta lo alto de las muelas se toparán con vistas inigualables. Nosotros, hoy, no tenemos tiempo, y nos conformamos con ver el lugar a ras de agua.
Los buitres leonados nos acompañan incesantemente, sobrevolando nuestras cabezas. En el agua, una buena representación de flora y fauna fluvial. De regreso al coche, tenemos la impresión de haber descubierto un pequeño refugio reservado sólo a quienes deciden, porque sí, parar un momento el plan de viaje y dejarse seducir por los caminos que se bifurcan de la ruta principal. Repetiremos.
Consuegra, los brazos del viento
![_DSC0133 [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/05/dsc0133-la-retina.jpg?w=950)
Entrecortados en los horizontes manchegos se alzan estos gitantes que una vez temió un maravilloso loco literario y que hoy siguen desafiando al hombre que los creó: los molinos de viento de Consuegra (Toledo) son unos de los mejor conservados de España. Más que adornos, estas máquinas de ingeniería ecológica son hoy estandartes que una vez echaron un pulso al viento, al tiempo y al progreso; y ganaron.
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El molino, eje de la industria manchega
“Molino de viento, poco trabajo y mucho dinero.” Con este curioso lema, la industria castellano-manchega pretérita prefirió la fidelidad de un viento fuerte y constante a las siempre traidoras, esporádicas y escasas aguas fluviales. La Mancha no es tierra a la que encomendar el futuro de la región a sus ríos, siempre a expensas de las terribles sequías. Así que el castellano-manchego se dispuso a seguir la tónica europea y lenvantó molinos de viento por doquier. Los pocos cerros y oteros en medio de las llanuras interminables fueron los mejores amplificadores del viento para las aspas de estos gigantes de mampostería encalada. Campo de Criptana, Mota del Cuervo o Alcázar de San Juan cuentan con algunos de los molinos más famosos de España. Y Consuegra, también. Hoy vamos a visitar sus molinos y a pasear por algunas de sus tranquilas calles.
Consuegra abraza con mimo y cariño el Cerro Calderico. La población se desparrama a sus pies y es contemplada por la figura de sus doce molinos de viento, blancos y radiantes, y su castillo del siglo X. Fue aquí, en este cerro, donde tuvo lugar el primer asentamiento íbero en el siglo VI antes de Cristo. Y es que no podía haber mejor lugar estratégico: desde aquí arriba se divisan varias decenas de kilómetros en todas direcciones. La llanura manchega cobra aquí su máxima expresión, y nos sentimos dominadores sobre unas tierras infinitas. O, al menos, privilegiados observadores. Son las mismas vistas que contemplan desde hace siglos los doce molinos de viento que hoy visitamos. Doce supervivientes de los trece originales, que hoy albergan diferentes museos (de vinos, artesanía toledana, fotografías, etc.).
Abajo: el mástil o pértiga de madera servía para girar la parte superior del molino y sus aspas, buscando la mejor dirección y efectividad del viento dominante.
La senda de Gregorio Prieto es sólo un pequeño arañazo en el terreno rugoso e irregular. Pero su nombre tiene mucho peso en la región, y aún más en el mundo de la pintura, pues era él pintor de la generación del 27, nacido en la cercana Valdepeñas. La senda que lleva su nombre es poco accesible y práctica, pero una piedra grabada recuerda el nombre del pintor en unas tierras cuyos molinos inspiraron algunos de sus trabajos.
![_DSC0174 [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/05/dsc0174-la-retina.jpg?w=950)
Bajamos por fin del cerro Calderico para adentrarnos por las las calles de la ciudad. En la plaza del ayuntamiento llama la atención la balconada del edificio de los “corredores”, del siglo XVII. En su interior hallamos ahora el museo provincial arqueológico. La plaza de España, auntiguo foro romano, es el punto de encuentro de la ciudad donde tienen lugar muchas actividades públicas, todo presidido por el ayuntamiento renacentista (levantado en 1670). Llaman la atención la torre del reloj y su arco sobre el paseo peatonal, todo típicamente toledano.
![_DSC0198 [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/05/dsc0198-la-retina.jpg?w=950)
El Amarguillo parece arrastrar su triste nombre por entre las tierras resecas de la comarca. Río triste de triste cauce, a penas visible a su paso por Consuegra, aunque partiendo la población en dos ha obligado la construcción de varios puentes para unir ambos barrios. Hoy es un cauce prácticamente seco, una rambla ancha reconvertida en algunos puntos en jardín, con fuentes más generosas en su cantar acuático, aunque artificial. En la otra orilla, asomado al Amarguillo, se sitúa la Iglesia de San Juan (1567), con la típica estética tradicial de cruz latina con una torre dividida en cuatro cuerpos simétricos, estilo propio del castellano-mudejar. Muy cerca de aquí, en la calle Vertedera Baja, encontramos un escudo de piedra del apellido Cervantes.
![_DSC0207 [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/05/dsc0207-la-retina.jpg?w=950)
Dejamos atrás Consuegra y sus molinos. La llanura vuelve a acogernos para regresar a casa, acompañados por el ruido del viento golpeando el parabrisas. Quizá mirando por el retrovisor nos traicione la vista y creamos ver fornidos brazos donde, en verdad, sólo hay aspas. Pero ¿qué hay de malo en dejarse llevar, aunque sólo sea una vez, por la tan menospreciada imaginación?
Sevilla: arte, color y tapas
Sevilla es ciudad moderna con gusto por las tradiciones. A Sevilla le gusta que sus habitantes salgan a la calle a la menor excusa. En Sevilla se respira el olor a amistad y sosiego, al disfrute de la buena vida sin complejos, sin complicaciones, con sencillez y naturalidad. Sevilla es ciudad con muchos secretos. Hoy es un día perfecto para intentar descubrir algunos de ellos y recordar unos días muy especiales.
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Sevilla no es ciudad para tímidos: hay que estar siempre esperando que quien sea nos trate casi como amigos de toda la vida, aunque sea la primera vez que nos vea. Hay que evitar los ramilletes traidores de gitanas avispadas. Hay que acostumbrarse al griterío de los camareros, a sus simpáticas bromas y a su carácter desenfadado y extrovertido. Hay que acostumbrarse y formar parte de su espíritu; si no, no hay nada que hacer. Si no, es difícil disfrutar de esta ciudad. Pero el cálido recibimiento de su gente lo facilita. Los monumentos y la arquitectura son tan fascinantes como sus tabernas y sus moradores. Y no hace falta ser fanático del pescadito frito para poder degustar un día de tapas y rebujitos. Nada mejor que dejarse llevar por las sugerencias para descubrir una gastronomía sencilla pero placentera.
Comenzamos nuestro paseo sevillano a la vera del Guadalquivir. Paseando su orilla empezamos a aclimatarnos a un ambiente cálido y agradable, al menos en abril (no queremos imaginar esto en pleno agosto). El puente de Isabel II (más conocido como Puente de Triana) une el barrio de Triana con el casco antiguo. La gente disfruta de la ciudad en piragua, patines y bicicleta. La movilidad en la ciudad es ejemplar: en el centro, los vehículos ecologistas ganan terreno, incluidos los tranvías. Son numerosos los carriles-bici y el alquiler de este medio de transporte tan práctico es una práctica diaria. A no mucha distancia nos topamos ya con la archifamosa Torre del Oro, levantada entre 1220 y 1221, de treinta y cinco metros de altura. La Torre del Oro ha vivido numerosas restauraciones; la última de ellas data de 2005, cuando se descubrió que su nombre no radica en la antigua instalación de azulejos que reflejaban la luz del sol, sino por su superficie original de mortero, cal y paja prensada, que resplandecía en las aguas del Guadalquivir. En la actualidad encontramos el museo naval de Sevilla en su interior.
Tras el paseo ribereño, es hora de callejear. Pero no hay que andar mucho hasta llegar a una de las joyas de la ciudad: la catedral. Su preciosa fachada impresiona (ver la primera foto de este artículo). No es para menos: estamos ante la catedral gótica más grande del mundo, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El inicio de sus obras comenzó en 1401 y no terminaron hasta 1528. Aledaño está el campanario de la catedral, bautizado como “La Giralda”. Una torre de cien metros de altura que ostentó ser la construcción más alta de España, y en la actualidad lo sigue siendo de Sevilla. En su extremo se sitúa el Giraldillo, la que fuera la escultura de bronce más grande del Renacimiento europeo, que hacía las veces también de veleta. Aunque no hace falta atisbar hacia arriba para contemplarla: hay una réplica en la puerta de San Cristóbal.
Al lado de la Catedral encontramos el Archivo General de Indias, el intento de Carlos III en 1785 de centralizar toda la información de las colonias españolas en América. El interior del edificio sirve hoy tanto para albergar los documentos originales como para exposiciones itinerantes temporales. Los nueve kilómetros de estanterías se extienden ante nosotros conservando unas setenta millones de páginas y unos siete mil mapas y dibujos procedentes de los organismos encargados de administrar las colonias en el extranjero. El nombre del lugar (Archivo General de Indias) hace referencia a la antigua y ya obsoleta tradición de denominar Indias al continente americano, tras la confusión del descubrimiento de Cristóbal Colón, que creyó haber llegado a La India, ignorando que en realidad se trataba de un nuevo continente.

El tapeo es también una religión. Los camareros tienen la curiosa costumbre de anotar las consumiciones de cada cliente sobre la misma barra con tiza (no pidan factura…). Los bares o tabernas son acogedores, típicamente tradicionales, sin moderneces artificiales. Hay culto al pescado, pero también al jamón, a las espinacas con garbanzos y demás delicias culinarias. Pero salimos de nuevo a la calle para seguir pateando la ciudad.
La tarde va cayendo, y por la comercial y peatonal calle Sierpes llegamos a la Plaza Nueva, donde se levanta el Ayuntamiento. Estamos, en realidad, en lo que fuera el cauce de un desaparecido brazo del Guadalquivir cuyas aguas, hasta la Edad Media, ocuparon este lugar y parte de la Calle Sierpes. La plaza, rehabilitada por última vez en 2006, se ha convertido en una especie de plaza mayor de la ciudad, punto de encuentro gracias a su casi total peatonalización en pleno casco antiguo.
Pero lo mejor está por llegar: dentro del Parque de María Luisa, un jardín relajante dentro de la ciudad, nos encontramos con la Plaza de España, maravilla arquitectónica y colofón de la Exposición Iberoamericana que aquí se celebró en 1929. Las obras comenzaron en 1914 y supusieron un enorme esfuerzo en una época de poca abundancia económica. Los cincuenta mil metros cuadrados de la plaza son una metáfora elíptica de España y sus colonias abrazando al Guadalquivir y mirando hacia América como destino, con una preciosa representación de cada provincia en bancos perfectamente decorados con azulejos.
![Plaza de España, panorámica [30%]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/05/plaza-de-espana-panoramica-30.jpg?w=950)
Desgraciadamente, cuando visitamos la Plaza estaba en plena rehabilitación, pero aún así su belleza nos fascinó. La función universitaria del edificio principal (destino que se le otorgó tras la finalización de la Exposición de 1929) quedó en sólo un proyecto, pues en realidad se convirtió en sede del gobierno militar. Más tarde sirvió como Museo Militar de Sevilla y como delegación del gobierno central de Andalucía.
Cuesta dejar el lugar, fascinados por su belleza, pero nos encaminamos al Parque de María Luisa. Paseamos por entre sus verdes árboles, auténtico refresco y descanso sosegado de la ciudad. Estos jardines (hoy públicos y de entrada libre, aunque se cierran a las 22 horas para evitar gamberradas) formaron parte del Palacio de San Telmo, pero en 1893 fueron donados por la Infanta María Luisa Fernanda de Borbón a la ciudad. El 18 de abril de 1914 se inauguró su rehabilitación, inspirada en los jardines granadidos del Generalife, la Alhambra y los sevillanos de los Alcázares. Las fuentes, estanques, estatuas y monumentos alegran el paseo, amén de las variadas y frondosas especies vegetales, habitadas por numerosas aves.
Recorremos el Paseo de Delicias, donde los edificios y pabellones de diversos países de todo el mundo son reminiscencias de la ya citada exposición de 1929. Triana es nuestra última visita. El barrio típico sevillano es un buen lugar, ya anochecido, para repostar por penúltima vez (siempre es la penúltima). Los cocederos y las tabernas no son difíciles de encontrar. Mezclarse con los lugareños y los simpáticos camareros, e incluso entrar al trapo de sus bromas, es fácil y divertido.
Hay muchos más sitios que visitar, pero el tiempo apremia. La noche ha caído ya, pero el ambiente no decae: por las calles hay decenas de personas animadas que siguen disfrutando de una ciudad que parecer no querer dormir nunca. Nosotros tenemos que hacerlo para seguir viajando y llegar a nuestro siguiente destino, aunque nunca olvidaremos la magia de Sevilla y sus gentes.
Mil gracias a Lain y a M. por enseñarnos “su” ciudad y hacérnosla sentir como nuestra.
Tembleque, un pueblo enamorado de su plaza
Plazas mayores hay muchas. Pero pocas, casi ninguna, como esta: la Plaza Mayor de Tembleque, monumento arquitectónico popular que hoy se conserva como reliquia tan bella como funcional. Todo Tembleque parece haberse detenido en el tiempo: tres mil habitantes que han mantenido la tranquilidad en sus calles y la tradición en su forma de vida. Pasear por sus aceras es tan reconfortante como perderse en un bosque de piedras. Hoy toca dejarse llevar por el encanto de los pequeños pueblos auténticamente castellanos.
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Trescientos cincuenta y siete años llevan estas columnas soportando las galerías que han visto cambiar su uso a lo largo del tiempo: puramente urbanística en el corazón del pueblo y plaza de toros hasta 1988. Un poco antes, en 1973, se reconocía su valor cultural declarándolo monumento de interés artístico. El sabor manchego del lugar se saborea en sus pórticos de columnas de granito y los corredores de la planta superior, con soportes y ornamentación realizados en madera siguiendo las orientaciones de las construcciones de uso popular del siglo XVII.
Casi todos los pueblos manchegos cuentan con su amplia plaza mayor. Espacios vacíos, huecos en medio de los edificios, agujeros donde los vecinos se concentran y centran sus cotidianas vidas. Aquí se desarrollan los quehaceres comerciales y lúdicos del pueblo durante siglos. Es la plaza más grande del lugar, pensada explícitamente para ser útil, aunque sus funciones varían a lo largo del tiempo. Pero, por encima de todo, una plaza mayor es una carta de presentación al viajero, donde las fachadas de los edificios contiguos hablan de su carácter, su espíritu, su alma y su estética. Tembleque se presenta así, representada por su coqueta plaza, como un lugar orgulloso de su modesta historia y sus rincones pintorescos. No pretende engañar, aparentar lo que no es al viajero: esto es un pueblo orgulloso de serlo. Las cruces de malta, en recuerdo de los caballeros de la orden de San Juan de Jerusalén (Alfonso VII les donó el pueblo), abundan por doquier. Si nos situamos en el centro, puede que tengamos la impresión de estar encerrados, quizá como aquellos toros que aquí fueron sacrificados para disfrute humano. Afortunadamente, la sangre ha desaparecido de su arena fina quemada por el sol, y hoy son los turistas y los propios lugareños los que disfrutan del espacio, cuyas tres entradas están caracterizadas por preciosas torres de cuatro aguas.
Tembleque es una de esas poblaciones aparentemente de paso. Su perfecta comunicación (al lado de la Nacional IV, a 50 kilómetros de Toledo y a 90 de Madrid) facilita su visita, pero si ésta no se produce es por pura ignorancia. Si decidimos hacer un alto en el camino aquí, pasaremos un rato tranquilo y particular. Nosotros así lo hicimos, y aunque la visita es rápida y corta, resulta placentera.
Es temprano y decidimos desayunar. No tenemos que ir muy lejos: en la misma plaza, resguardados por los soportales de madera, una cafetería decente nos alimenta en estas tempranas horas. El ambiente es cordial, cálido, cercano, a pesar de vernos por primera vez: la dueña se muestra muy amable y nos adopta como un vecino más de toda la vida. Otros lugareños entran y realizan sus quehaceres diarios, entablando alegres conversaciones entre ellos y siempre con buen humor.
Ya en la calle, la aledaña plaza con su típica fuente de piedra de molino reconforta el ambiente. Los ancianos nos miran reconociendo nuestro origen extranjero. Echamos un vistazo a los balcones y los edificios cercanos; la mayoría ha copiado la estética de la plaza mayor, con sus maderas y decoraciones idénticas, consiguiendo una simbiosis perfecta. Algunas casonas se han rehabilitado como casas rurales, y podemos pernoctar a menos de veinte metros de la misma plaza mayor. Muy cerca también está la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, grande en su planta de cruz latina, levantada en el siglo XVI. A caballo entre el estilo gótico y renacentista, fue ampliada en el siglo XVIII, conservando hoy su cabecera poligonal. Aledaña está la ermita de la Virgin del Rosario.
Arriba, dos imágenes de la torre de la Iglesia Parroquial
Mientras el sol se hace un día más rey en el cielo, nosotros abandonamos el silencioso pueblo con el espíritu recargado, olvidándonos de que somos peces que necesitan de su agua turbulenta para seguir viviendo. La ciudad nos espera, pero no podremos olvidar que, lejos de nuestras vidas ajetreadas y llenas de absurdas prisas, existen reductos de tranquilidad donde a nadie se le hiere el orgullo al llamarle vecino.
Arriba y abajo: los vecinos han conservado la estética manchega pura.
![_DSC00160001 [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/04/dsc00160001-la-retina.jpg?w=634&h=390)
Almagro, teatro en estado puro
Son calles desiertas, calles manchegas, calles retorcidas, calles engalanadas con el señorío de los siglos XVI y XVII. La mirada se pierde por entre las venas de la ciudad (disfrazada aún de pueblo) y, allá donde se para, descubre un elemento arquitectónico llamativo, un portalón precioso, una casona de otra época, una iglesia… y la omnipresente alma de las llamadas artes escénicas. El teatro. Nuestro primer destino es una exquisita combinación de gastronomía, cultura y arquitectura. Afinen sus sentidos.
(RECUERDA: pinchando en cada foto, se amplía)
Aunque el estómago de España recuerda a Almagro especialmente por sus berenjenas, la ciudad castellano-manchega puede presumir de ser la única que conserva en perfectas condiciones el último ejemplo de corral de comedias completo de la época (siglo XVII). Todo el casco histórico es un perfecto ejemplo de cómo conservar, rehabilitar, cuidar y aprovechar la arquitectura legada durante siglos; monumentos, casonas, patios, iglesias, palacios renacentistas y conventos que han sobrevivido a los años y hoy continúan sirviendo a la población de forma funcional de múltiples maneras. Muchas ciudades deberían aprender cómo administrar el patrimonio igual que ha hecho Almagro.
La Iglesia de San Blas (anteriormente conocida como ermita del Salvador, hasta el siglo XVIII) vigilará nuestro coche. Aquí lo dejamos, en una extraña convergencia de calles y señales que a alguien que vive en una ciudad de plano cruadricular le cuesta entender. No hay que andar mucho para contemplar el primer punto de interés de nuestra ruta: el Teatro Hospital de San Juan, del siglo XVIII. En realidad sólo queda la enfermería y la nave de la iglesia, pero su restauración le ha devuelto esplendor y funcionalidad (con toques modernistas).
Aledaño se sitúa el “Espacio de arte contemporáneo”, donde se celebran exposiciones relacionadas con el arte contemporáneo, especialmente teatrales. Subimos la calle de San Agustín y nos llama poderosamente la atención el intenso color rojo del neoclásico teatro municipal, de 1860 (rehabilitado en 1988). Su interior con forma elíptica permite una acústica perfecta, mientras a la entrada nos esperan diversos bustos.
La primavera acaba de estallar, pero el frío no se ha ido del todo. Es la época en la que cada uno no sabe muy bien qué ponerse: los más atrevidos van en manga corta, mientras los más frioleros siguen con el abrigo puesto. Las terrazas comienzan a querer invadir las calles, aunque las más solitarias del casco histórico parecen desiertos. La tranquilidad se apodera de nosotros y abandonamos la enfermiza manía y costumbre aprendida en la ciudad de caminar con prisas, aunque no lleguemos tarde a ninguna parte. Aquí no hay sitio para el ajetreo; caminamos solos, a penas sorprendidos por algún anciano lugareño que nunca nos negará un amable saludo, aunque sea la primera vez que nos vea. Esa experiencia en la vida se concentra en el museo del encaje (inaugurado en 2004), donde nos encontraremos obras textiles dignas de museo. Pero no es necesario entrar en uno para contemplar este tradicional arte del encaje; por las calles nos topamos con numerosas mujeres practicando esta bella tradición que aquí ha sobrevivido a las técnicas más avanzadas.
Pero no es lugar exclusivo para viejos esta bella ciudad monumental; la juventud se concentra en la plaza mayor, verdadera joya de la ciudad, verdadera sorpresa para el viajero: como si hubieran desecado el llamado “Mar de Castilla”, los ventanales de estilo portuario sobre soportales irregulares parecen querer engañarnos, haciéndonos creer que estamos en un pueblo costero.
Conserva su espíritu de plaza de armas, aunque con el tiempo los dueños de las casas situadas encima de los soportales fueron cerrando las terrazas hasta reconvertir el estilo al actual. En la actualidad podemos comer o tomarnos algo tranquilamente, pues dichas casas ahora son restaurantes y bares, y así podemos asomarnos a esas históricas ventanas mientras abajo sigue desarrollándose el teatro de la vida, ajeno a nosotros.
Las columnas toscanas irregulares, igual que las vigas de madera travesañas, dan un aire extraño al conjunto, con fachadas torcidas y suaves curvas, por lo que la planta de la plaza no es realmente rectangular. A ambos lados, dos callejones de visita obligada: el Toril y el Villar. Simple pero bella arquitectura popular.
Y, cómo no, el corral de comedias, cuya entrada está justo aquí. Por tres euros, podemos acceder a él con un pequeño panfleto en la mano y el préstamo de un útil “teléfono” que nos explica los detalles y curiosidades de tan único lugar. Fue en 1628 cuando abrió sus puertas por primera vez, alternando el uso de corral de comedias con el de mesón. El museo nacional (título otorgado en 1955) estuvo en el olvido demasiado tiempo, amenazado con desaparecer devorado por el tiempo.Pero su redescubrimiento fue un empecinamiento del pueblo, que lo sacó del olvido y lo devolvió a la vida tras una profunda rehabilitación ajustada al aspecto original del siglo XVII. Gracias a los vecinos, hoy todo el mundo puede disfrutar de esta auténtica joya. Pisar el suelo donde artistas desaparecidos hace siglos divirtieron al pueblo y donde la sociedad de la época se reunía para disfrutar con el arte es extraño. Nos invade una sensación de haber atravesado las leyes físicas establecidas para viajar en el tiempo. Un convento, una iglesia, una catedral… son edificios que siempre nos llamarán la atención y disfrutaremos por su arte arquitectónico, pero estar en el último y original corral de comedias que existe es diferente; sólo Almagro lo posee. Somos privilegiados de estar hoy aquí. Resuenan las voces de dos jóvenes actores que ensayan ajenos a nuestra presencia. Excepto el escenario, todo está vacío; somos los únicos turistas que esta tarde recorren las galerías y plantas (tres) de este teatro. Las butacas parecen espectadores silenciosos que respetan los ensayos sin rechistar. Nos movenos con cautela, atención y respeto. La madera es el material preferido aquí, mayoritariamente pintado de un característico tomo burdeos. Dentro de unas horas, todo esto estará lleno de gente que, igual que antaño, volverá a disfrutar de la magia del teatro, gracias a los múltiples, importantes e internacionales festivales que aquí se celebran. Pero nosotros nos vamos ya, dejando a los actores trabajando sus diálogos para lograr el mejor de los aplausos posibles.
Al fondo de la plaza, opuesto al Ayuntamiento, está el Museo nacional del Teatro. En su interior, joyas del género en sus más variadas formas: pinturas, escenografías, esculturas, fotografías, trajes, programas, etc.
Algo más terrenal encontramos en la cercana calle del Gran Maestre, donde las tiendas de comestibles abundan, y no podían faltar ni las típicas flores de Castilla-La Mancha (“hojaldroso” postre de toda la comunidad) ni las archifamosas berenjenas. Pero hay más: mermeladas, vinos, cavas… todo artesanal. Y todo de la comarca. Lo mejor para preparar algunos regalos, reponer fuerzas y continuar, pues aún hay mucho que ver.
Siguiendo la calle del Gran Maestre, llegamos a la Parroquia de San Bartolomé (antiguo colegio de la Compañía de Jesús), fundada en 1602 por Felipe II. Seguimos nuestra caminata recorriendo toda la calle, ahora renombrada a Calle San Bartolomé, hasta llegar a la Ronda de Santo Domingo, donde nos topamos con la Antigua
Aún hay más lugares interesantes por ver, como el museo etnográfico o la Iglesia Madre de Dios, pero el tiempo apremia. Regresamos al coche conversando plácidamente en este ocaso primaveral inolvidable. Nuestros pasos resuenan por entre los coquetos balcones que nos miran, y por un momento nos creemos actores sin guión ni papel que improvisan rumbo al siguiente destino. ¿Nos acompañas?
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![_DSC0100 [La Retina] Espectaculares vistas desde el Cerro Calderico](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/05/dsc0100-la-retina.jpg?w=950)

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![_DSC0097 [La Retina] Corral de comedias de Almagro](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/dsc0097-la-retina.jpg?w=577&h=400)
![_DSC0021 [La Retina] Iglesia de San Juan](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/dsc0021-la-retina.jpg?w=166&h=235)
![_DSC0022 [La Retina] Teatro Hospital de San Juan](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/dsc0022-la-retina.jpg?w=300&h=200)
![_DSC0027 [La Retina] Teatro municipal](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/dsc0027-la-retina.jpg?w=200&h=300)
![_DSC00440001 [La Retina] Plaza mayor](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/dsc00440001-la-retina.jpg?w=571&h=377)
![_DSC00290001 [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/dsc00290001-la-retina.jpg?w=588&h=379)
![Almagro panorámica [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/almagro-panoramica-la-retina.jpg?w=950)
![_DSC00370001_1 [La Retina] Soportales de la Plaza Mayor](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/dsc00370001_1-la-retina.jpg?w=286&h=426)
![_DSC0076 [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/dsc0076-la-retina.jpg?w=592&h=395)
![_DSC0075 [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/dsc0075-la-retina.jpg?w=310&h=463)
![_DSC0089 [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/dsc0089-la-retina.jpg?w=278&h=395)
![_DSC0078 [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/dsc0078-la-retina.jpg?w=281&h=394)
![_DSC0079 [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/dsc0079-la-retina.jpg?w=540&h=374)

![_DSC00560001 [La Retina] Antigua Universidad](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/dsc00560001-la-retina.jpg?w=950)
![_DSC00610001 [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/dsc00610001-la-retina.jpg?w=950)
![_DSC00600001 [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/dsc00600001-la-retina.jpg?w=950)
![Iglesia [La Retina]](http://laretinadecristal.files.wordpress.com/2010/03/iglesia-la-retina.jpg?w=950)