Lugares

Fin del camino

“Se acabaron las palabras. Se rompieron los espejos desangrando la verdad. Algo se quebró dentro de mi y no hay vuelta atrás. Yo me iré. En el último minuto todo puede suceder. Decir adiós antes de que se aproxime el final. Yo me iré. Hoy palpita extraño mi corazón. Y decir adiós antes de que se aproxime…”

Es hora de cerrar los ojos. ¿Para siempre?


Ojos en las paredes

La tarde va cayendo y con ella las sombras, que cubren un paisaje pueblerino adormecido en el ancla del tiempo. Esta aldea es especial: desde la plaza se ve la iglesia; y desde la iglesia, el pueblo entero. Ambos, a distintos niveles, son microuniversos paralelos. La plaza, redonda y coqueta, en el centro de la poca acción cotidiana, como un agujero de arena y adoquines adonde convergen vidas, cotilleos y sueños. La Iglesia, arriba del todo, contemplando la villa, sus habitantes y sus diversas creencias. Y, desde esta privilegiada altura, me siento como un depredador atrapando almas en fotografías indiscretas. Veo palomas en los tejados, niños con bicicletas, viejas con el típico luto en sus trapos negros. Surgen encuadres, siluetas y experimentos, y al final una simple calle empedrada es el escenario perfecto. Está vacío, y lo ha estado durante mucho tiempo, pero de repente bajan tres personas y todo es perfecto: la luz de la tarde crea un ambiente de luces y sombras, de contrastes entre las blancas y viejas paredes encaladas, el camino oscuro de los adoquines y los abrigos oscuros de los caminantes. Los tejados, arriba del todo, son como el techo de la calle, y las ventanas y balcones parecen ojos acechando a nuestros protagonistas. Siempre hay ojos mirando; detrás de las ventanas o en el objetivo de un fotógrafo escondido sobre un mirador a decenas de metros. Siempre hay alguien mirando. Siempre he tenido esa sensación caminando por cualquier calle de cualquier pueblo o ciudad: alguien, siempre, me está mirando. El desorden de los edificios, que parecen apiñarse sin sentido ni planificación, como un conjunto amorfo de vidas ocultas tras paredes centenarias, parece abrirse al paso de los caminantes. Es como si las paredes se retiraran y la acera se convirtiera en una alfombra roja para guiarles. Detrás del soportal que conduce a la plaza, una mesa parece esperarles. Si se sentarán o no sólo lo sé yo. Y, lo crean o no, también forma parte de esta fotografía.


Pensar en blanco y negro

En los albores de la Fotografía, el blanco y negro era una limitación. Hoy, en pleno Siglo XXI, es una opción. Y, sin duda, un arte. Y de hecho siempre lo ha sido. Aunque algunas fotografías son magníficas con el colorido que las modernas técnicas nos proporcionan, nada ha podido acabar con las imágenes en blanco y negro. Y no es una casualidad. Hay fotografías que precisan plasmar los vivos colores que nos ofrece el paisaje que tenemos delante. Pero hay otras ocasiones que piden a gritos la riqueza tonal de la escala de grises. Es el fotógrafo quien debe saber elegir entre una u otra opción, cada una de ellas necesaria para cada momento.
El color afecta también a la exposición y al carácter cromático de la instantánea, y en muchas ocasiones desluce (aunque parezca contradictorio) imágenes cargadas de fuerza y expresión, distrayendo la mirada con colores superfluos. Por eso cuando elegimos el blanco y negro lo hacemos convencidos. Con esta opción, la composición toma el protagonismo. Los tonos y las formas se revelan en toda su magnificencia, y las texturas se enriquecen. Desposeídos del color, el contraste se agudiza y permite que las imágenes “cobren vida”, sean casi “táctiles”. Esta Puerta del Sol toledana parece querer salirse de la pantalla. Casi sentimos la rugosidad de las piedras en primer plano y los relieves del arco al fondo. La sensación de profundidad se amplía. Como decía Ansel Adams, experto fotógrafo que sacó el máximo partido a esta técnica en el Siglo XX, todo depende de la habilidad de quien toma la fotografía, de su capacidad de “visualizar” en blanco y negro. Porque en la Fotografía (casi) nada es casual.


Reflexión sobre la fidelidad

Todo era casi igual: el viento soplando incesante, en su interminable viaje que nunca tiene destino, que nunca tiene descanso, que nunca tiene sentido; la tierra que pisaba, tan estéril y seca que no dejaba violarse por vegetación alguna; incluso las nubes, después de cuatro décadas, parecían los mismos algodones esponjosos e inmaculadamente blancos, como si fueran un lienzo pintado a mano que quedó fijado por siempre sobre un horizonte tan lejano como su infancia.
Y allí arriba, en el vulnerable sueño de quien tiene los ojos despiertos, comprendió lo que había perdido al ver el paisaje de su niñez intacto, casi primigenio, casi como imaginaba en sus sueños. Comprendió que había sido vencido por el paso de los días, silenciosos, que crearon una montaña a su espalda que pesaba unas mil toneladas. Comprendió que cielo y tierra estaban más cerca en ese pequeño trozo de mundo. Comprendió que los brazos de madera por los que jugaba a trepar unos metros antes de caer al suelo, aprendiendo una de las principales lecciones de la vida sin darse cuenta, seguían ahí, aunque ahora quietos, ahora mudos, ahora muertos.
Y comprendió finalmente que él era quien había incumplido la promesa de ser amigos eternos. Y quizá por eso los molinos quedaron quietos, mudos y muertos. Pero fieles hasta el infierno.


La fuente que recuperó sus cabezas

Normalmente son las malas noticias las que monopolizan los titulares. Normalmente nos gusta quejarnos por cualquier motivo, y a buen seguro es un sano y necesario ejercicio para reivindicar lo que creemos justo. Pero también es justo reconocer algo bueno, por aparentemente nimio que sea. Y como en esta y en otras “aventuras” nos empecinamos en denunciar las agresiones ecológicas o contra el patrimonio de nuestras ciudades, es de recibido quitarnos el sombrero ante ciertas actuaciones. Esta es una de ellas, pues aunque no sea nueva es relativamente reciente.
La Fuente del cisne o de las cabezas está situada en el Jardín del Príncipe de Aranjuez. Hacía más de ciento cincuenta años que desaparecieron los elementos que daban nombre al conjunto: las ocho cabezas que, yaciendo en el suelo, escupían agua hacia el centro de la fuente. La obra se realizó durante el reinado de Carlos IV y se restauró por orden de Fernando VII. En ella vemos a dos tritones (figuras mitológicas formadas por niños con colas de pescado) sujetando a un cisne que escupe agua. Desgraciadamente, y hasta su reciente restauración en 2009, las cabezas que estaban en los bordes del baso desaparecieron, y sólo quedaron los agujeros donde estaban colocadas. Pero paseando por el  jardín hoy podemos comprobar cómo las cabezas han regresado a su terrenal ubicación, y forman una extraña, original y atrayente imagen. Cuando están apagadas parecen querer gritar algo al viento, quizá dando las gracias por su resurrección del olvido.
Como curiosidad, la rehabilitación ha implicado cortar el acceso a la fuente, y ahora sólo se puede rodear sin acceder directamente a ella. ¿El motivo? Estamos tan poco civilizados que dejarnos acceder a un monumento con unos elementos histórico-artísticos tan al alcance de nuestras necias manos sería un peligro para la integridad de las esculturas. Es así de triste. Es así de cierto. Paradójicamente quedan sin uso los bancos y las papeleras que quedaron atrapados dentro del recinto ahora vedado. Al menos desde detrás de los setos (o “búnibos”, como dicen por aquí) podemos contemplar la fuente con las cabezas ya en su sitio, como si estuviéramos detrás de las barreras, pero no por estar en peligro, sino por ser nosotros el peligro mismo.
Ojalá no volvamos a “perder la cabeza.”


Estampas de invierno (3)


San Carlos del Valle

El viajero que camina con los ojos abiertos nunca dejará de sorprenderse. Y así, tras descubrir villas y ciudades magnificadas y soberbias, llega al sureste de la provincia de Ciudad Real, en pleno Campo de Montiel, y atraviesa viejas carreteras cuyo asfalto podría catalogarse como monumento histórico. Es la única manera de llegar a lugares adonde nadie iría, si no fuera atraído por las maravillas que le han contado otros viajeros que, como él, se aventuraron por tierras infinitas y secas. Y, de una u otra manera, nunca se defrauda.

Llegando al pequeño pueblo de San Carlos del Valle, la extraña, original y característica silueta de su iglesia se recorta en el cielo y crea una inédita sensación, como si esa construcción estuviera fuera de lugar, fuera de espacio, fuera de tiempo. La Plaza Roja rusa queda demasiado lejos, piensa el viajero, hasta que entra en las solitarias calles de San Carlos del Valle y descubre que está ante uno de los mejores exponentes del barroco final de la provincia: la Iglesia del Cristo del Valle. Este “Bien de interés cultural” con categoría de “Monumento” (1993) preside una de las plazas más hermosas de toda Castilla-La Mancha.

Rodeado de otras ilustres villas, como Manzanares, Valdepeñas, Villanueva de los Infantes o Villahermosa, San Carlos del Valle suele pasar desapercibida en las guías turísticas. No tiene grandes accesos ni ofrece las posibilidades de ocio propias de una ciudad. Pero sus mil doscientos habitantes a buen seguro se saben orgullosos de su pequeño pero importante patrimonio arquitectónico. El constante flujo de peregrinos para rogar al Cristo del Valle animaron a la Corona a construir, en el Siglo XVI, una ermita levantada sobre la antigua de Santa Elena, para darles cobijo. Es la versión oficial, pero más de una fuente cree que la intención verdadera era crear una construcción emblemática para la Corona Española, para demostrar su poderío. Sería una de las explicaciones para justificar la abundante presencia de símbolos cultos y paganos (o populares) mezclados en la decoración de la nueva iglesia, como las cuatro figuras grotescas que sorprenden al observador, custodiando las cuatro esquinas de la cúpula, debajo de las cuatro torres (abajo a la derecha, una de ellas).

Para cuando la obra de la nueva iglesia hubo finalizado (durante el reinado de Felipe V), la población estable aumentó tanto que se precisó una reordenación del casco urbano. Pablo de Olavide la realizó ya durante el mandato de Carlos III, dando forma a un plano rectangular u ortogonal que hoy rige las calles de la pequeña población. Y es que Carlos III quiso repoblar la zona con campesinos, y el trazado rectilíneo de los caminos de los campos de labranza dio origen al trazado de sus calles, con dos partes diferenciadas atravesadas por la calle principal (hoy carretera CR-644). Esta reordenación asumió el fuerte papel del atrio de la iglesia, adosada a ésta, que se convirtió en la Plaza Mayor de la localidad, y constituye una de las más hermosas y pintorescas de toda la comunidad, sin nada que envidiar a otras famosas como Villanueva de los Infantes o Almagro.

Las plazas mayores manchegas tienen su propia personalidad: no son grandes monumentos soberbios, sobrios o impresionantes en sí mismos; son pequeños lugares donde la población se reúne día a día, dándole vida y asumiendo otros papeles populares de vez en cuando, como corrales de comedias, plazas de toros, mercados y demás atractivos ociosos y funcionales. La arquitectura popular de La Mancha tiende a usar maderas y piedras de forma hábil y decorativa al mismo tiempo, algo que quizá en aquélla época no parecía reseñable, pero cuya conservación hoy en día supone el último reducto de una arquitectura ya en desuso, que alegra la vista de los paseantes y supone un gozo en su contemplación.

La Plaza Mayor de San Carlos del Valle sorprende por su excelente conservación, su estructura de columnas toscanas sosteniendo galerías de dinteles, zapas y balaustres de madera. Al fondo de la plaza, presidiéndola, el Ayuntamiento, diferente al resto de la plaza (ver fotografía superior), con balcón corrido voladizo sobre ménsulas de madera.

No es población de paso; las carreteras principales ni siquiera están cerca. Si alguien va a San Carlos del Valle lo hace convencido. Quizá por eso no existe sobreexplotación, ni turística ni urbanística, y por eso aún se conserva el aroma a historia, a pueblo anclado en sus propias tradiciones, y los tractores, los perros despreocupados y algún que otro vecino solitario son los únicos personajes que nos encontramos. La visita es sencilla, pequeña pero enriquecedora; como el propio San Carlos del Valle, que dejamos atrás rumbo a nuestro próximo destino. Por el retrovisor se va desdibujando la silueta de la Iglesia del Cristo del Valle, estampada contra un cielo gris invernal del que empiezan a descolgarse las primeras gotas.

Localización en Google Maps 

[Texto y fotografías: La Retina de Cristal]
[Información para la elaboración de los textos: folletos editados por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Información aportada por la oficina de turismo de Manzanares. Web oficial "Turismo Castilla-La Mancha". SIGPAC.]


Simplemente, Ruidera

“Aguas que de su acostarse sobre el lecho de calizas que lamen y disuelven extraen un encarchado azul en el que merece la pena que nuestros ojos beban.  Aguazales que se descuelgan con rumores inconfundibles que hermanan a un conjunto único entre las muchas hermosuras de Castilla-La Mancha. Las Lagunas de Ruidera deben ser consideradas como el enclave de mayor hermosura de toda la Mancha. El único lugar donde los ojos se manchan de frescura, los oídos se llenan del rumor que dio nombre al paraje y el espíritu descansa de tanto trasiego y de tanto ruido sin claridad alguna que lo respalde para darle unos mínimos de sentido a la vida.”
Joaquín Araújo (naturista), 1997.

“Cualquier persona que se acerque por primera vez al Parque Natural de las Lagunas de Ruidera quedará sorprendida por la caprichosa formación geológica, la gran superficie arbolada y la enorme masa de agua embalsada.”
Mauricio Velayos (C.S.I.C. Real Jardín Botánico), 1996.

“El cielo, en los días limpios, refleja su azul en las lagunas; si pasan nubes por la bóveda celeste, las nubes corren por la tresura de las aguas. (…) Imagen, Cervantes; imagen, las Lagunas de Ruidera; imágenes, nosotros mismos que vemos las imágenes. Y esta es la suprema lección que nos ofrece el terso y límpido cristal de las bellas lagunas, lección que es un ensueño, al igual que todo lo que imaginaba Don Quijote.”
Azorín, 1930.

“En la planicie manchega (…) encuéntrase la famosa aldea de Ruidera que, si bien por su actual pequeñez (…) persiste desconocida, por sus insuperables bellezas y su ancestral significación histórica constituye uno de los lugares más interesantes y sugeridores de nuestra madre Patria.”
Ángel Dotor (viajero y periodista), 1926.

“Es uno de esos parajes de abrumadora fortaleza, orgulloso de su capacidad de seducción. Uno de esos panoramas inolvidables, demasiado vastos para que sean recogidos por el arte, que caben en los ojos, pero no en el pecho. Vegas cubiertas de espesos carrizales; montañas sucediéndose en ondulaciones; lagunas inmensas de una transparencia infinita, verdes, bien verdes.”
Eugenio Noel (viajero y escritor). Principios del siglo XX.

“Los caprichos de la hidrología han dibujado en el corazón de La Mancha uno de los paisajes más insólitos de la geografía española: las Lagunas de Ruidera. Un rosario de quince lagunas como manantiales que se suceden, celebradas por numerosos visitantes, científicos, estudiosos, artistas…”
Rafael Ceballos Cepeda (periodista), 1990.


“Si tú, apasionado lector, hubieras conocido la magnificencia ecológica, la maravillosidad natural de las Lagunas, donde cada orilla, cada camino, cada senda, cada otero y cada cerro son un paseo de melancolía; si hubieras visto este sitio antes de las invasiones de gente de tan mala guisa, donde quiera que ahora estuvieras sería el escenario de tus sueños y recuerdos como lo es de los míos.”
Salvador Jiménez Ramírez (escritor, investigador e historiador), 1994.

“Allí donde, salga el sol, llueva o granice, siempre se oye la maravillosa orquesta de la naturaleza; donde el verde es el color preferido en tres estaciones, y en otoño todo se tiñe del marrón pardo de una alfombra de hojas secas, mojadas o crujientes; donde las lagunas, rebosantes o agonizantes, siempre muestran colores y reflejos maravillosos y mágicos, ayudadas por los rayos del astro rey; donde se respira el delicioso olor de la Naturaleza, de la humedad, del romero, de la hierbabuena, del tomillo y de la vida; donde la vista es algo más que un sentido; es un placer.   Allí donde cada día acaba con un espectáculo de luz solar, cada noche empieza con el frescor de la oscuridad y termina con el silencio roto sólo por los habitantes salvajes de este pequeño paraíso. Ruidera, más que un parque, el paraíso de los sentidos.”
Héctor Campos, 2000

“¡Oh lloroso Guadiana, y vosotras sin dicha hijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las que lloraron vuestros hermosos ojos!”, Miguel de Cervantes.


Setas imposibles

Cuando el arquitecto alemán Jürgen Mayer diseñó su proyecto para la plaza de la Encarnación de Sevilla no tuvo en cuenta un pequeño detalle: era irrealizable. Sus “setas” gigantes de metal, sin un sistema de anclajes apropiado, no eran un problema sobre el papel. Pero en la realidad pesarían demasiado y supondrían un evidente peligro para la población. A pesar de todo el consistorio sevillano siguió adelante con el proyecto tras cambiar la estructura metálica por paneles de madera. La oficialmente llamada Metropol Parasol es una estructura que finalmente se inauguró este año, seis después del inicio de sus obras y cuatro después de la fecha prevista de conclusión. Uno podría desvariar con aquello de lo maravilloso que supone concluir sueños imposibles, el empeño por lograr nuestras metas a toda costa… pero el problema es que para que estas “setas imposibles” vieran la luz se inyectaron ochenta y seis millones de euros de los contribuyentes, treinta y seis más de los presupuestados inicialmente, para un proyecto que ya de por sí era el más caro de los presentados al Ayuntamiento. Eso nos hace pensar que no es la estética de un proyecto lo que debería despertar nuestro ojo más crítico (también pasó con el Guggenehim bilbaíno o la propia Plaza de España sevillana, proyectos que a largo plazo han demostrado el acierto arquitectónico de sus autores), sino la ligereza de nuestros gobernantes para gastar nuestro dinero en proyectos insuficientemente estudiados. Porque si nosotros nos equivocamos pagamos nuestros errores; pero los suyos los pagamos entre todos. Y es bastante humillante que luego digan que derrochamos y abusamos de la sanidad pública por gusto para cobrarnos algo que llaman “copago” pero que en realidad es un “repago”. ¿Quién es realmente el que derrocha el dinero público? ¿Quién engaña a quién y tergiversa la verdad? ¿Cuántos miles de millones públicos han sido malgastados en proyectos imposibles por alcaldes con delirios de grandeza? ¿Valen lo mismo unas “setas imposibles” levantadas por un alcalde cabezón (sea del signo que sea) que un Paracetamol recetado de más?


Hoy es el recuerdo de mañana

De pequeños llegábamos a Madrid en tren, y ya desde ese primer momento todo era mágico: la estación de Atocha, como una inmensa boca que se traga al viajero, daba la bienvenida a nuestros entonces ojos de niños con una grandiosidad agigantada por nuestras pequeñas existencias en modestos núcleos urbanos no demasiado habitados. Y los ojos se nos llenaban de los colores de la capital; los oídos, de las melodías de los villancicos de los escaparates; las fosas nasales, del extraño aroma de Madrid, mezcla de contaminación, castañas asadas y el perfume de las tiendas más prestigiosas de Preciados. Pero era en la Plaza Mayor donde todo cobraba un significado mágico: los puestos cochambrosos se llenaban de belenes, luces no demasiado sofisticadas, muñecos de trapo, juguetes de plástico y demás sorpresas inesperadas para nuestras almas rurales. Ese lugar era mágico. Sin duda.
Hoy vuelvo a la Plaza Mayor y puedo respirar el mismo ambiente, a pesar de todo, a pesar de la crisis, de las malas noticias, de mis problemas, de mis años acumulados en la nuca… Son mis mismos ojos y la misma plaza. Pero demasiados años después. Y justo cuando creo despertar y darme cuenta de que realmente nada es lo mismo, la cara iluminada de un infante pasmado, con la boca abierta y los ojos brillantes, señalando a su madre una inmensa noria de mil destellos, me hace pensar que hoy es el recuerdo que tendrá mañana. Hoy es su infancia, la que relatará a sus hijos, a sus nietos… Y si es así, si hoy es el recuerdo mágico de un niño, no puede ser tan malo. ¿Verdad?


Lo que me dejé en Oporto

Aún recuerdo el caluroso día de verano donde mi futuro pudo ser y no fue. Donde me lo jugué todo a una carta marcada y contando con un tiempo que no tenía. Aquel día tardó tanto en llegar que cuando llegó lo hizo demasiado pronto. Y me pilló fuera de casa. Y aunque dejé las luces encendidas, estaba a demasiados kilómetros como para coger el tren a tiempo, y lo perdí por dormir poco y mal. Y al regresar a casa, con todo jugado y perdido, el mar siguió rugiendo en Oporto, donde sonó la primera y única llamada que seguirá repicando en el tiempo de mi pensamiento, como un fantasma susurrando al oído: “Lo tuviste y lo perdiste”. Porque el problema no es mojarse; el problema es ahogarse.


Escenario sin novela

…Y cuando alzó los ojos y vio aquella niebla comprobó que se había convertido en el personaje de una novela en blanco y negro que nadie nunca jamás escribió, ni nadie nunca jamás leerá.


Sierra de Segura

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El “Hayedo de tejera negra”


Viva el País Vasco / Gora Euskadi

El camino empieza ahora.


La esperanza del bien sobre nuestras paredes

Nos han puesto a prueba desde el principio, desde los cimientos. Y cuanto más resistimos, más aprietan. Y cuanto más sobrevivimos, más atacan. Y cuanto más luchamos, más hieren. Pero son tres años y mil deseos cumplidos; demasiado tarde para dar marcha atrás. Demasiado tarde para desistir. Somos cabezones; ¿qué le vamos a hacer? Por más que la tierra se empeñe en temblar y las parades en abrirse, no llegará el día en que nuestra base sucumba engullida por la tierra sin que antes lo demos todo… menos la vida.  No hay nada que demostrar; no hay nada de lo que presumir; no es un capricho… Es sólo para comprobar que las mentiras, los engaños y toda la maldad de las peores personas que no se merecen el aire que desperdician sus pulmones no pueden ganarle a la inocencia. Sólo es eso; nada más. Y a cada zarpazo, tras cada caída, después de todas las trampas, salimos con vida, con los pasos más firmes, la cabeza más alta y los cimientos más fuertes. Lo importante es lo que se siente al mirar al espejo. ¿Qué verán ellos?


30

Hoy no hay ganas de foto.


Islas Cíes

“Vivimos en una montaña, justo en el borde. Hay una preciosa vista desde lo alto. Cada mañana me levanto para tirar pequeñas cosas y ver cómo se estrellan. Y vuelvo a casa antes de que despiertes, Así me siento más feliz, por estar a salvo y a tu lado. Temprano empiezo el día de la misma manera. Imagino cómo sonaría mi cuerpo al caer, y pienso si mis ojos estarían cerrados o abiertos. Y así me siento más feliz, por estar a salvo y a tu lado.”

Björk. La voz más increíble.


Construye tu ciudad

Joel no quería pasar cinco años de su vida en ese pueblo de mala muerte. Maldecía cada día por gastarlo en aquellas callejuelas aburridas, solitarias y perdidas de la mano de dios. Y ponía de manifiesto su descontento tanto como podía. Siempre. Con todos. Un día tras otro, y otro, y otro. 
Una fría tarde de invierno, cuando Joel por fin se marchó de aquella triste villa, no pudo evitar que una lágrima resbalara por su mejilla. Pero no era nostalgia, ni empatía por los amigos que dejaba atrás, sino arrepentimiento por no haber contribuido ni siquiera mínimamente a la historia cotidiana del lugar que le había acogido durante aquel período de su vida. Tardó demasiado en comprender que las ciudades no las hacen las calles, sino sus habitantes. Porque lo realmente importante no es el tiempo que se pasa en un lugar, sino lo que se hace en él durante ese tiempo. Y si algo es aburrido, triste o monótono, antes deberíamos preguntarnos si lo somos nosotros mismos y si hemos hecho algo para cambiarlo.


El fin del mundo

Contigo, hasta Finisterre.


Arrugas en la pared


¡Qué cruz!

“Señor, dame paciencia para aguantar a tanto idiota.”

Y, como soy ateo, dios me mandó una cruz.

“¡Ay! Qué cruz!”


Braga


Adiós, julio