Imagen fantasma
El romper de las olas contra la solitaria playa competía en intensidad con la fuerza del viento del Atlántico. Cada atisbo de realidad parecía querer desaparecer con cada brillo del horizonte, como una fuente de oro, derramando litros y litros de luz. La tarde era tan clara que se veía al ocaso llover literalmente sobre el mar. Todo se antojaba tan mágico que estaba claro que en cualquier momento me iba a despertar. Y justo entonces las nubes comenzaron a llegar para llenar un lienzo azul que fue difuminándose poco a poco con blancos y grises, casi tan lentamente como el sol dejándose caer, con nubes errantes que de su caminar me hipnoticé. E hipnotizado me olvidé del tiempo que pasé esperando en la orilla, escuchando viento y marea, respirando la calima y el aroma a salitre. Recibí el golpe de la realidad brillante, fruto de una imaginación tan rica que fue capaz de inventarlo todo, olas, playa y Atlántico, pues tan sólo estoy solo en mi cueva de grises paredes carcomida por la humedad del aire viciado que revienta mis pulmones.
Pero, sin saber cómo, al apretar el disparador en plena oscuridad, apareció esta imagen.
Danger
“El peligro no es cuestión de un par de golpes; el peligro es no saber adónde ir. El peligro es no encontrar jamás tu sitio, y sentir que ya llegaste sin salir.” Dispara el inimitable Carlos Goñi sus preciosas balas en forma de canción. Y sus disparos musicales atraviesan sin compasión mi corazón, hasta hacerlos trizas. Toda subida implica un riesgo. El peligro de ascender es el miedo a caer. ¿Cuántas veces nos quedamos en tierra arrepentidos de no dar el salto? Algunas veces las advertencias surten el efecto contrario y animan a los insensatos. Y se produce el desastre. ¿Disuadió a alguien esta señal? El tipo de arriba parece mirarme desafiante, orgulloso de su logro particular, obtenido gracias a su esfuerzo personal. Yo me quedo abajo, siempre abajo, mi lugar eternamente. Y nunca descubriré si soy precavido o cobarde. Y nunca descubriré cuál es mi lugar. Porque “correr dicen que es cosa de cobardes.”
Equilibrio
¿Cómo se hace para guardar a diario un equilibrio tan perfecto y sencillo, y regalar al mismo tiempo sonrisas tan naturales a un perfecto desconocido? Sigo buscando, aunque en el intento, y como un idiota frente a semejante demostración de talento, se me caiga al suelo la tapa del objetivo.
Devorado por la niebla
Sólo quedó la mañana acomplejada,
triste porque hoy no ha salido el sol.
Sólo quedó la puerta entornada,
y una sombra perdida dice adiós.
Fuera ya está amaneciendo,
con fuerza un sol negro,
marchitando el sueño eterno,
riéndose de mis besos.
Y vuelve la niebla a caer,
fundiendo suelo y cielo,
cubriendo con su velo mi cuerpo,
que ni mira ni deja ver
lo que oculto llevo dentro.
Aún quedan monedas que tirar a la fuente de las mentiras,
y hasta que la mar reviente contra la orilla,
seguiré riendo solo, seguiré de puntillas,
esperando que la niebla me deje de nuevo de rodillas.
La cordura de los locos
La ventana está cerrada. Quisiera abrirla y gritarle al mundo: “¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo! ¡Todavía respiro!”. Pero la luz me daña las pupilas cada vez que me acerco al marco de madera carcomido por el tiempo. Nada tiene sentido aquí dentro: el aire está corrompido, hay una humedad mortal que cala hasta los huesos, y el silencio es tan penetrante que los tímpanos revientan sin concesión. No es el miedo a morir lo que me impide luchar, sino la creencia de no tener derecho a hacerlo. No es la soledad lo que me asusta, sino arrastrar a mi acompañante a esta habitación con puertas sin pomo, con marcos sin fotos, con la cordura de los locos. Y quedarnos aquí los dos atrapados, mirando cómo la vieja ventana se va pudriendo mientras también lo hace su corazón contaminado por el mío. Jugué sucio: no la advertí que debía mantenerme fuera del alcance de sus besos.
Y del techo siguen lloviendo escombros que reposan sobre el quicio de la ventana, rompiendo la simetría del cuadrado perfecto de luces y sombras que formaba. Alguien, desde fuera, llama con aldabones de ignorancia. Y, al abrir la puerta, las paredes se desmoronaron sobre nosotros. Y sólo quedó en pie la vieja ventana y una foto gastada en la que aparece una figura movida queriendo decir nada.
Fin del camino
“Se acabaron las palabras. Se rompieron los espejos desangrando la verdad. Algo se quebró dentro de mi y no hay vuelta atrás. Yo me iré. En el último minuto todo puede suceder. Decir adiós antes de que se aproxime el final. Yo me iré. Hoy palpita extraño mi corazón. Y decir adiós antes de que se aproxime…”
Es hora de cerrar los ojos. ¿Para siempre?
Los deseos tirados en la cuneta
Me sorprende el ocaso como cada tarde desnudo de pensamientos. Indefenso y tiritando vuelvo a la realidad apartando el visor de mis ojos; como una bofetada violenta, mi retina se contrae. Llevo tanto tiempo mirando a través de estos cristales que todo depende del color de la realidad que me mira. Y pese a todo prefiero seguir apuntando con mi cámara; me hace menos daño. Aunque todo sea mentira. Como mi vida.
Los últimos pájaros buscan su nido por intuición; la oscuridad ha ganado la partida, como cada tarde, y el sol cae a plomo. El crujir de la tierra debajo de mis pies me reconforta. Mis zapatos están blancos, cubiertos por una pátina de polvo y estrellas. El polvo es real; las estrellas, espejismos. La vegetación se apiña en las márgenes del camino, respetándolo, como si fuera un ser vivo, como si fuera una serpiente infinita sin cola ni cabeza. El campo huele a sequía; el reseco valle bañado por el cadáver del Tajo despliega sus colores ante mí que, como un intruso, voy abandonándolo lentamente, recorriendo el viejo camino de vuelta a casa. Recorriendo la serpiente sin cascabel pero cargada de veneno en forma de melancolía que, sorbo a sorbo, bebo pusilánime.
¿Quién fue el primero que cogió este atajo? ¿Quién dijo: “Necesito aquí mismo una senda que me lleve a mi destino”? ¿Quién horadó en la tierra muescas para ir socavando el terreno y dominarlo para su propio provecho? Cada curva, cada repecho, cada recta conservada durante siglos… Son arterias de piedras que dan vida a pueblos, cortijos y caseríos. Me imagino cuántas historias guardan estas cunetas, cuantos viajes olvidados, cuantos secretos dormidos tirados en mitad de ninguna parte, como nubes anaranjadas que vienen y van lamidas por el sol crepuscular. Como los estúpidos deseos de este triste fotógrafo que, completamente confundido, se hace invisible y reza a sus dioses paganos para que le lleven lejos, muy lejos, adonde nadie llega y donde nadie labró ningún camino. Porque allí, seguro, cerrará boca y corazón, dejará de soñar despierto y, quizá así, descanse en paz.
Y será sólo el estúpido recuerdo de mil deseos tirados en la cuneta de un camino perdido.
Nueva vida
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¿Cómo puede algo tan “feo” ser tan hermoso? Hoy mi princesa ha salvado una vida; y ahora forma parte de la nuestra. Se busca nombre.
Bienvenido, valiente.
La voz de Eco
Soy como Eco, repitiendo eternamente sus palabras, buscando una respuesta que nunca llegará; buscando mi propia voz que nunca escucharé. Soy como Eco, escondida en cuevas perdidas, viendo su silueta reflejarse en el limpio espejo de las aguas del estanque, queriendo apartar sus ojos de su propia imagen. Pero no puedo, y avergonzada me escondo en bosques verdes, por entre troncos altos y esbeltos, admirando la soberbia belleza de quien tuvo y nunca tendrá, porque de parsimonia se ahoga entre la indiferencia de un pedestal demasiado alto, demasiado frío, demasiado irreal.
Y le abandono antes de que su caída mortal levante un estruendo en el bosque, resquebraje su cuerpo de mármol en mil pedazos y se hunda en el estanque medio vacío de agua, pero lleno de orgullo mortal. Yo seguiré repitiendo las últimas palabras del viento, pero buscaré otra boca que invente lo que mi boca pronuncie, y eternamente me miraré en su espejo, donde será mi propio reflejo el que contemple.
Puede que yo nunca tenga mi propia voz, pero al menos no estoy muerto.
Manzanares, cruce de caminos
La Mancha forjó pueblos empedrados, resecos por el implacable sol, peinados por los vientos de la llanura y anclados en el tiempo por sus costumbres y regios edificios. Manzanares es encrucijada de caminos, y lo fue incluso antes de que naciera, cuando las calzadas romanas atravesaban sus tierras y, más tarde, cuando la Mesta lo usaba para el pasto de su ganado. Hoy Manzanares sigue siendo un cruce de caminos importante en la “Llanura manchega” o “Mancha baja”. No nos cansamos de caminar por las tierras y pueblos de La Mancha, y hoy toca detenernos en Manzanares.
Ojos en las paredes
La tarde va cayendo y con ella las sombras, que cubren un paisaje pueblerino adormecido en el ancla del tiempo. Esta aldea es especial: desde la plaza se ve la iglesia; y desde la iglesia, el pueblo entero. Ambos, a distintos niveles, son microuniversos paralelos. La plaza, redonda y coqueta, en el centro de la poca acción cotidiana, como un agujero de arena y adoquines adonde convergen vidas, cotilleos y sueños. La Iglesia, arriba del todo, contemplando la villa, sus habitantes y sus diversas creencias. Y, desde esta privilegiada altura, me siento como un depredador atrapando almas en fotografías indiscretas. Veo palomas en los tejados, niños con bicicletas, viejas con el típico luto en sus trapos negros. Surgen encuadres, siluetas y experimentos, y al final una simple calle empedrada es el escenario perfecto. Está vacío, y lo ha estado durante mucho tiempo, pero de repente bajan tres personas y todo es perfecto: la luz de la tarde crea un ambiente de luces y sombras, de contrastes entre las blancas y viejas paredes encaladas, el camino oscuro de los adoquines y los abrigos oscuros de los caminantes. Los tejados, arriba del todo, son como el techo de la calle, y las ventanas y balcones parecen ojos acechando a nuestros protagonistas. Siempre hay ojos mirando; detrás de las ventanas o en el objetivo de un fotógrafo escondido sobre un mirador a decenas de metros. Siempre hay alguien mirando. Siempre he tenido esa sensación caminando por cualquier calle de cualquier pueblo o ciudad: alguien, siempre, me está mirando. El desorden de los edificios, que parecen apiñarse sin sentido ni planificación, como un conjunto amorfo de vidas ocultas tras paredes centenarias, parece abrirse al paso de los caminantes. Es como si las paredes se retiraran y la acera se convirtiera en una alfombra roja para guiarles. Detrás del soportal que conduce a la plaza, una mesa parece esperarles. Si se sentarán o no sólo lo sé yo. Y, lo crean o no, también forma parte de esta fotografía.
Compañeros
Les debía algo. Les debía algo porque cuando salieron a tomar las calles de mi ciudad no pude acudir a la cita. Quería ir, pero me fue imposible. ¿Qué mejor que resarcirme de la mayor manera posible? Así que ahí estuve (ahí estuvimos) con ellos. Soportando el insufrible calor en el sobresaturado tren, los apretones y empujones, las carreras y escapadas… Y aunque en realidad no vivamos su calvario en primera persona, por un día fuimos compañeros de trabajo, de calle y de cánticos. Nosotros fuimos Unilever por una vez, pero no será la última. Luchamos por sus puestos de trabajo, por los nuestros, por los que no lo tienen e incluso por los que no estuvieron y les echamos en falta. La palabra “compañero” es demasiado grande para entenderla si no se vive desde dentro. Quizá por eso no todos salieron a la calle ni cerraron sus comercios. En mi ciudad, tampoco: los establecimientos donde compramos a diario, los puestos del mercado, las tiendas “de toda la vida”… estaban casi todas abiertas. Quizá a ellos esta “contra reforma” no les afectara tanto como a los obreros, pero necesitábamos su apoyo. Y no lo tuvimos. Luego nos pedirán apoyo al pequeño comercio. No se lo negaremos, porque no somos rencorosos, y porque creemos en ellos y sabemos que son necesarios para la sociedad (igual que nosotros). Seremos, como siempre y para siempre, “sus” clientes. Pero que nunca, jamás, se atrevan a llamarnos amigos o “compañeros”. Perdonamos, pero no olvidamos.
Esta va por vosotros, COMPAÑEROS.
Facebook de apoyo a los trabajadores de Unilever Aranjuez: “Unilever quiere trabajo”
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El injusto momento
Jamás entenderé ese injusto momento en que una persona se convierte en recuerdo. Sobre todo si llega demasiado pronto.
Hoy nada tiene sentido.
Hasta siempre, Adeli.
Pescando fotos
Dicen que quien va a pescar lo último que quiere es un pez. Nunca he pescado. Y aunque siempre me ha llamado la atención esta actividad, el hecho de atrapar animales vivos por simple placer (aunque luego se devuelvan sanos y salvo al agua) siempre me echa para atrás. Pero la actividad en sí resulta cuanto menos llamativa: horas en una barca, en una orilla, en una margen de un río solitario, en silencio. Los pescadores lanzan su anzuelo al agua y esperan que alguna presa inocente pique. No van a por ella, esperan a que ella venga. Mi cámara y yo también nos agazapamos, nos camuflamos, en silencio, esperamos y esperamos, y muchas veces también dejamos que sean las presas las que aparezcan. Me doy cuenta de que, en realidad, nuestras actividades tienen bastantes puntos en común: se precisa paciencia, mucho tiempo y la predisposición a saber que no todos los días llevaremos algo interesante a casa.
Esta tarde de llovizna sobre la laguna he visto a varios pescadores con menor y mayor fortuna. Uno tira constantemente el anzuelo al agua, rompiendo su superficie en mil cristales, buscando un mejor sitio donde buscar presas. Yo he hecho lo mismo a la caza de encuadres diferentes, originales, interesantes… Cuando recojo mis bártulos para regresar al coche que me lleve a casa, una barca con tres jóvenes pescadores a bordo se desliza sobre la calmada laguna. Las diminutas gotas de lluvia parecen mosquitos sobre la superficie lacustre, como pequeñas bombas que estallan dejando puntos claros, acrecentados por esta tarde oscura de nubes sin sol. La estela de la barca me llama la atención, como un cohete que surca el agua con elegancia. Les disparo una y otra vez, buscando el mejor encuadre, pero tal es el silencio que reina en el ambiente que el ruido del obturador de mi cámara les alerta. Me han visto. El del centro deja de remar y avisa a sus compañeros, que se giran. Me saludan y, sonrientes, me enseñan su captura.
Sin saberlo, han sido predadores y presa al mismo tiempo. Sonrío y vuelvo a casa limpiando la lente de mi cámara, como un anzuelo que esta vez ha funcionado.
Somos agua
Hoy es el día mundial del agua. En el fondo nunca me ha gustado este tipo de celebraciones, porque parece que el resto del año se olvida todo, o que no hay que luchar por las causas más que un día al año. Nuestra memoria es cada vez más débil, y lo que hoy vemos en la televisión lo olvidamos no mañana, sino al próximo corte publicitario. Aun así, esto de celebrar el día mundial de algo sirve, al menos, para recordar a las nuevas generaciones los problemas del mundo, y que luego cada uno busque, se informe e interese (maravilloso sería que se implicara también). Sea como sea, seguimos anclados en nuestra comodidad cotidiana vestida de progresistas de salón: todos nos declaramos sensibilizados con la naturaleza, pero luego nuestras acciones no lo demuestran.
Hace muy poco subieron la tasa de recogida de basuras en una ciudad cercana a la mía. Un familiar que allí vive, (completa y lógicamente indignado por la subida brutal de la cuota, en más del 200%) me manifestó su enfado, que comprendí y compartí. Pero mi sorpresa y alarma crecieron cuando me dijo que iba a abandonar la separación y el reciclaje de sus residuos hogareños como forma de protesta. No me lo podía creer. Pensé, quizá, que sólo se trataba de la rabieta ocasional de un ciudadano concreto. Pero pasados los días he escuchado a varios amigos y conocidos más asegurar que pretenden realizar la misma protesta inútil, estúpida y egoísta: no reciclar.
Y eso me hizo preguntarme: ¿a quién pretendemos engañar? ¿Ha servido de algo tanta campaña de concienciación medioambiental? Algo ha fracasado cuando creemos que al no reciclar vamos a cabrear o a molestar a la administración, cuando en realidad lo que estamos haciendo es tirarnos piedras contra nuestro propio tejado, hipotecando el futuro de nuestros hijos y legando un mundo de desperdicios esparcidos por un planeta demasiado especial como para tratarlo como un vertedero. Ensuciar, maltratar, matar nuestro planeta no es una forma de protesta; es un suicidio. Pero somos tan ignorantes que no nos damos aún cuenta. Ninguna tasa de basuras justifica nuestro desdén a la hora de reciclar. No tenemos cinco años. Los enfados los resolvemos en las urnas, en las manifestaciones, en las quejas formales administrativas… Pero no cubriendo nuestro propio planeta de mierda. Todavía no nos hemos enterado de que es nuestra casa y que, por muy grande que parezca, sólo tiene un enorme salón que todos compartimos. Y, tarde o temprano, respiraremos el mismo aire, beberemos la misma agua y pisaremos la misma tierra.
Por alguna extraña razón mi vida ha girado principalmente alrededor de dos paraísos donde el agua juega un papel importante: uno, natural (las Lagunas de Ruidera); otro, artificial (Aranjuez, mi ciudad natal). En ambos casos, la convivencia del Hombre con la Naturaleza ha sido crucial. En el primero, no hacía falta la presencia humana: los lagos escalonados más maravillosos del planeta construyeron un entramado de cascadas, ríos, cuevas y emisarios subterráneos que ha sobrevivido por sí mismo; llegó el Hombre, y todo se estropeó. En Aranjuez fuimos nosotros lo que inventamos un edén de jardines, fuentes, cauces, caceras, bosques y rías. En ambos lugares, pese a todo, aún escucho el murmullo del agua queriendo levantar la voz por encima de celebraciones y “días mundiales”, diciéndonos con el simple rumor de las gotas deslizándose por las piedras que ambos estamos hechos de lo mismo, aunque nosotros nos hayamos empeñado en vestirnos a la moda y correr más deprisa. Antaño aprendíamos a nadar en los ríos; hoy los destrozamos en nombre del progreso. De vez en cuando deberíamos pararnos para asomarnos a las aguas que nos acompañan en el camino y preguntarnos qué vemos reflejado. Si el reflejo es limpio, claro y brillante, podremos estar orgullosos. Si es sucio, turbio y translúcido… eso mismo es lo que somos.
Es curioso que mientras redactaba esta entrada, el corrector ortográfico saltaba como esa alarma irritante en forma de subrayado rojo, asegurándome que las palabras “concienciación” y “sensibilización” no existían. Compruebo en la RAE que efectivamente forman parte de nuestro léxico, pero me voy a dormir preguntándome si realmente forman parte de nuestras vidas.
Amotinarse
Da igual que celebremos un golpe de Estado encubierto que falsamente se recuerda como un motín popular. Da igual que lo celebremos en septiembre cuando en realidad ocurrió en marzo. Da igual que supusiera la usurpación del trono por parte de un déspota como lo fue Fernando VII. En realidad da igual todo cuando al menos, cuatro años después, la primera constitución de España se redactó y aprobó. Y, aunque completamente imperfecta, al menos tenia el espíritu más liberal de su tiempo. Todo eso ocurrió en los meses de marzo de 1808 y 1812, respectivamente. Curiosamente, ambos acontecimientos tuvieron lugar entre los días 17 y 19. Hoy, doscientos años después, los vecinos de Aranjuez salimos a “amotinarnos” en las fiestas locales con antorchas, ataviados con ropas de la época, rememorando aquellos altercados en los que Godoy fue vapuleado y apaleado sin miramientos. Es curioso que conmemoremos unos hechos tan dramáticos, violentos y en absoluto democráticos como algo positivo. Pero en realidad sabemos que lo que queremos reivindicar es el poder del pueblo para unirse en los momentos difíciles. Y aunque el mal llamado Motín de Aranjuez no es algo de lo que enorgullecerse en realidad, de una u otra manera nosotros, el pueblo, seguimos tomando las calles, aunque esta vez afortunadamente de forma pacífica, racional e independiente, como por ejemplo, para manifestarnos en contra de un sistema electoral injusto, para mostrar nuestra repulsa ante la violencia machista, solidarizarnos con las víctimas de algún desastre natural o defender nuestros derechos laborales ganados durante décadas de esfuerzos. Y cuanto más pidan que nos estemos calladitos, que nos quedemos en casa sin protestar, que nos apretemos el cinturón mientras ellos usan tirantes, que no armemos jaleo y que mantengamos las formas frente a Europa, con más ganas tomaremos las calles, gritaremos más alto, haremos más ruido y más nos rebelaremos. Porque el poder no está sólo en las urnas un día cada cuatro años, sino en el pueblo cada vez que amanece.
Huele a motín; quizá sea porque hoy es 18 de marzo.
Mis intentos de color
Y de repente suena una melodía. Y de repente todo se para. Y de repente esta extraña, fría, solitaria y silenciosa madrugada se llena de guitarras melosas, de letras oníricas, de rítmicas percusiones. Y retrocedo en el tiempo. Hace tanto que no escuchaba esta canción que creía que había desaparecido: “Y dormíamos tan juntos que amanecíamos siameses. Y medíamos el tiempo en latidos.” El tiempo, siempre el tiempo. Es como el oxígeno: nos da la vida al mismo tiempo que nos la va quitando.
Maga es un grupo sevillano (un trío, exactamente) que “descubrí” hace una década. Y una década después, tras conocerles en persona, además sé que no sólo son geniales como músicos, sino accesibles como artistas. Musicalmente, Maga anda por su propio mundo de melodías casi infantiles, de nanas ruidosas, de letras deliciosas, cargadas de tantas metáforas que cada oyente descubre su propia historia, siempre diferente. “Voy nadando a mariposa entre tus manos.” Ruidos que se confunden con percusiones, voces que nunca ganarán ningún concurso de insulsos cantantes… pero una personalidad única. No es de extrañar que les consideraran los “Radiohead españoles”; sin duda, un auténtico honor. Y si a alguien desagradan, con la misma falta de prejuicios, ellos contestarán con una canción, más alta, más extraña, menos comercial, menos preestablecida. Y seguirán en su propio mundo, dando vueltas sobre el nuestro, sin saber si mirar arriba o abajo, pero con la firme convicción de ser auténticos, siempre auténticos. Una cualidad muy infravalorada en la frívola industria discográfica.
A estas altas horas de la madrugada, el turno de noche me hace preguntarme si aún lo es o si ya debo darle los buenos días al tipo que me observará al otro lado del espejo cuando me lave los dientes antes de irme a dormir. Miro el reloj; las manecillas parecen querer formar la V de la victoria, pero la pequeña señala al seis y rompe la coreografía. Un amigo me escribe y me asegura que soy el centinela de Aranjuez, que lo “cuida” cuando todos duermen. Yo sólo puedo responder con una canción de Maga: “Sólo soy un bicho de cristal; sólo soy de luz piramidal que se pierde cuando no se mueve, y se siente un pez luna en tu interior. Sólo soy de cera y de papel; sólo soy lo que no quiero ser. Y no entiendo cómo es que el tiempo va tejiendo mis intentos de color.”
Y la foto salió en blanco y negro.
Buenas ¿noches?
El peor ciego no es el que no quiere ver
Suena mi viejo piano de pared. Suena mi viejo corazón que toca techo. Suenan a la vez, y a la vez que suenan salen estrellas en el fondo del espejo. Cada punto de luz que brilla, cada viaje por el cielo, cada lágrima de luz que tiñe nuestros sueños. (Nunca) es demasiado tarde para aprender; (nunca) es demasiado pronto para morir. Y sigo caminando sin destino ni sentido. Suena mi vieja guitarra sin cuerdas. Creo que están oxidadas en el cajón. Anoche olvidé sacar la basura. Y ha cobrado vida. Y se sienta frente a mí. Y cree que es hora de sacarme a la calle. Y pienso quién tiene razón de los dos.
Suena mi viejo acordeón sin aire en sus pulmones llenos de agujeros. Suena el silencio en la casa vacía de sonidos, pero llena de aire. Y mientras todo suena me asomo a la ventana. La ciudad ya duerme, todo está en calma. Pego la frente al frío cristal y mi vaho empaña la realidad. Suena el reloj de pared, sin agujas ni péndulo, y sé que es hora de irse a dormir. Pero baja una estrella por la calle desierta, dejando su estela sobre el asfalto… Y comprendo que el peor ciego no es el que no quiere mirar, sino el que no deja ver a los demás.
Cierro la persiana y, para el mundo, ya he dejado de existir.
Pensar en blanco y negro
En los albores de la Fotografía, el blanco y negro era una limitación. Hoy, en pleno Siglo XXI, es una opción. Y, sin duda, un arte. Y de hecho siempre lo ha sido. Aunque algunas fotografías son magníficas con el colorido que las modernas técnicas nos proporcionan, nada ha podido acabar con las imágenes en blanco y negro. Y no es una casualidad. Hay fotografías que precisan plasmar los vivos colores que nos ofrece el paisaje que tenemos delante. Pero hay otras ocasiones que piden a gritos la riqueza tonal de la escala de grises. Es el fotógrafo quien debe saber elegir entre una u otra opción, cada una de ellas necesaria para cada momento.
El color afecta también a la exposición y al carácter cromático de la instantánea, y en muchas ocasiones desluce (aunque parezca contradictorio) imágenes cargadas de fuerza y expresión, distrayendo la mirada con colores superfluos. Por eso cuando elegimos el blanco y negro lo hacemos convencidos. Con esta opción, la composición toma el protagonismo. Los tonos y las formas se revelan en toda su magnificencia, y las texturas se enriquecen. Desposeídos del color, el contraste se agudiza y permite que las imágenes “cobren vida”, sean casi “táctiles”. Esta Puerta del Sol toledana parece querer salirse de la pantalla. Casi sentimos la rugosidad de las piedras en primer plano y los relieves del arco al fondo. La sensación de profundidad se amplía. Como decía Ansel Adams, experto fotógrafo que sacó el máximo partido a esta técnica en el Siglo XX, todo depende de la habilidad de quien toma la fotografía, de su capacidad de “visualizar” en blanco y negro. Porque en la Fotografía (casi) nada es casual.
Arde el mar

Cada vez que el sol se estrellaba contra el mar, ella creía que una gran nube de vapor se alzaría sobre el cielo hasta evaporar el océano y dejarlo seco. Pero nunca ocurrió. Se sentaba sobre el acantilado a presenciar con precaución para avisar a sus abuelos, pero el sol siempre respetó el mar, y al día siguiente ambos volvían a amanecer, cada uno por su lado, sin molestarse. Ella creía que era porque siempre se sentaba ahí a ver atardecer. El sol no se atrevía a quemar el mar porque ella estaba vigilándolo, protegiéndolo, cuidándolo. Y cuando anochecía y escuchaba a sus abuelos llamarla para cenar, la pequeña se levantaba orgullosa, bien erguida, cabeza alta y pecho ancho, y daba la espalda al ocaso, ya consumido en colores morados oscuros debajo de la línea acuosa del horizonte salado. Si; una vez más, había acabado con aquella bola de fuego hasta extinguirla por completo. Sí; una vez más, había salvado al mar de la evaporación mortal que sólo su imaginación podía prever un día tras otro.
Pero un día la pequeña cayó enferma. Y, a su corta edad, a buen seguro era la primera vez que fue consciente de que tenía fiebre. Y sus abuelos no la dejaron salir de la cama. Aquella tarde, pese a los sudores fríos y al terrible cansancio que sólo los virus pueden proporcionar a las siempre hiperactivas mentes y cuerpos de los niños, la pequeña suplicó para que la dejaran salir sólo un momento al acantilado. Pero lógicamente nadie la dejó, por muchas súplicas que hiciera (nunca lloró, pues ella no dejaba entrever su fragilidad de esa infantil manera ni loca). Y, entre caldos y paños mojados, cuando se asomó a la ventana y vio que el resplandor del día ya no cubría el cielo, creyó que su mar había desaparecido por completo engullido sin piedad por el sol que, aprovechándose de su ausencia, se había precipitado sin piedad sobre las indefensas olas. Y de tristeza se durmió.
Al la mañana siguiente, al despertar y ver el día colarse por la ventana de madera, maldijo sus rayos hasta apretar los dientes con fuerza y hacerse daño. Pero la fiebre había remitido y la dejaron salir fuera. Temblorosa y conteniendo a duras penas las odiosas lágrimas, se asomó al acantilado, desde donde esperaba contemplar un espectáculo dantesco de desecación y vacío. Pero en lugar de eso vio que su mar seguía ahí, como siempre, rugiendo contra la costa, reflejando los rayos del sol con belleza y placidez.
Confusa, la pequeña se sentó en su piedra gris frente al acantilado y se miró sus menudas manos, todavía lisas, todavía suaves. Alzó su pequeña cabeza, con la coqueta y castaña melena al viento, revoltosa bailando con el olor a salitre del aire. Miró al horizonte limpio y claro, los ojos bien abiertos y una mueca grave en los labios, y lanzó al viento con voz tímida pero bien alta:
-Así me gusta, que os llevéis bien cuando yo no estoy.
Aquél día, la pequeña se hizo mayor. Y el mar volvió a arder.
Quién se asomó al balcón
A veces las imágenes parecen esconderse a nuestro paso. El fotógrafo gusta de la soledad, de la tranquilidad, del lento sosiego propio del cazador que acecha sin ser visto. La Fotografía no es afición de multitudes ni para compartir, excepto con otros fotógrafos con igual gusto por la tranquilidad. Pero las mejores imágenes, con frecuencia, aparecen por sorpresa y en soledad. Porque sólo así todos nuestros sentidos son efectivamente nuestros. Y así nos mimetizamos con el entorno hasta formar parte de él para, desde dentro, disparar raudos.
Pero otras veces el fotógrafo regresa a casa con las manos vacías, como el cazador que no vio presa alguna, o dicha presa no mereció la pena. Y los fatuos disparos no aportaron nada interesante. Sin pretenciosidad alguna, rara vez me pasó. Pero hoy he tenido esa sensación, tras caminar dos horas en busca de esa presa que no apareció. Y al regresar a casa me sentí vacío, raro, extraño; sé que no se trata de una decepción, pues es imposible conseguir algo interesante en todas las salidas. Pero parece como si se me quedara pequeño el escenario de mis cacerías. Y necesito salir para visitar otros lugares, más lejanos, y sentirme otra vez un cazador descubriendo nuevos territorios que estimulen mi olfato.
Por eso hoy sólo me queda contemplar este balcón a contraluz pensando en cuantas personas, a lo largo de los siglos, se asomaron a él preguntándose dónde estaba el escenario de sus propias vidas. ¿Lejos o cerca?





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