Henri Cartier-Bresson

¿Cómo calcular justo el momento en el que un ciclista va a quedar enmarcado en una escalera de caracol y el adoquinado de una solitaria calle? Con intuición y algo de magia. Eso es el “instante decisivo” del que tanto se habla en fotografía: toda imagen que se precie tiene su momento perfecto; un segundo antes o después y nada sería lo mismo. Esa era a filosofía de Henri, un genio convertido en leyenda tras su muerte en 2004, que muchos aún seguimos con devoción.

Henri estudió y practicó pintura en sus inicios, pero desde que publicó su primera fotografía quedó enganchado a su droga. Fundó la más prestigiosa agencia de fotografía de la historia junto a varios colegas (Magnum) y se dedicó a viajar y vivir de su pasión. En su obra, principalmente humanista, nos aguardan la sátira, la ironía y las sorpresas de sus famosos instantes decisivos, que más bien son “momentos a hurtadillas”, capturas de un cazador de situaciones cotidianas. A la izquierda, una elegante mujer obvia su periódico de la mañana para fijarse (seguramente escandalizada) en la “descarada” joven que despreocupada muestra sus piernas. Menos afable es la guerra; estuvo en la civil española, aunque se le recuerda más por sus retratos a famosos.

Como si renegara finalmente de la fotografía, en 1970 (con 62 años) abandonaría dicho arte (aunque curiosamente él nunca lo consideró tal) para dedicarse exclusivamente al dibujo. En 2004 falleció a los 95 años. En su legado encontramos un gran puñado joyas imprescindibles para entender la Fotografía. Y es que su nombre estará siempre ligado a su inseparable Leica.

Con ella captó historias como la de arriba (“La confidente de la Gestapo”): tras las II Guerra Mundial, los prisioneros de guerra regresaron a casa en Alemania, donde se produjeron “informaciones”, es decir: reuniones en las que se destapaba de qué bando había estado cada vecino. Los prisioneros, aún vestidos como tales, descubrían a sus delatores. La enérgica y expresiva señora de la derecha acaba de descubrir que la mujer cabizbaja de la izquierda (que parece asumir pusilánime la reacción de su víctima) le delató a la Gestapo. Todos miran como si fuera una escena de una película o teatro al aire libre; pero todo es real: la confusión, el odio, el rencor e incluso el arrepentimiento. La composición es perfecta, y el instante decisivo, de nuevo, está presente más que nunca.

 

Para muchos, él sigue siendo una leyenda que ha inspirado nuestra propia obra.

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